X años del vertido de boliden

Las cincuenta horas que salvaron Doñana

  • Tres responsables del operativo improvisado para detener el vertido tóxico el 25 de abril de 1998 relatan la reacción que permitió frenar la riada tóxica que cubrió 50 kilómetros del Guadiamar.

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Tres de los responsables del improvisado operativo que logró detener en cincuenta horas el vertido tóxico que el 25 de abril de 1998 asoló 50 kilómetros del cauce del río Guadiamar han relatado a Efe sus recuerdos sobre aquellos momentos cruciales que permitieron salvar el Parque Nacional de Doñana.

Luis García Garrido era viceconsejero de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía en 1998; Javier Cobos, director del Parque Natural de Doñana, y Miguel Ferrer, responsable de la Estación Biológica de Doñana (CSIC), y los tres destacaron por su liderazgo institucional, conservacionista y científico.

Coordinaron a decenas de personas que, entre la desolación y la improvisación, trabajaron desde la mañana del sábado 25 de abril hasta el mediodía del lunes 27 para frenar la riada tóxica de seis millones de metros cúbicos de residuos de la mina de Aznalcóllar que arrasó más de 6.000 hectáreas en 50 kilómetros del cauce del Guadiamar, principal afluente de Doñana.

Diez años después, reivindican el acierto de las medidas que adoptaron "entre muchas incertidumbres y alguna deslealtad" para preservar uno de los espacios protegidos más importantes de Europa y que hoy repetirían ante un siniestro similar.

García Garrido y Cobos eluden valorar los graves desencuentros iniciales entre la Junta y el Gobierno central sobre la responsabilidad del vertido y la falta de cooperación que reinó en las horas cruciales tras la riada tóxica.

Pero reivindican el "liderazgo" que asumió la Junta y su "gran capacidad de reacción" ante un siniestro de proporciones desconocidas y para el que el Gobierno central no prestó "una sola pala o un operario".

Ferrer sí censura el "enrocamiento" de los responsables del Ministerio de Medio Ambiente y del Parque Nacional de Doñana y denuncia que sus críticas le han acarreado muchos perjuicios.

Ninguno de los tres fue el primero que conoció la rotura de la balsa de la mina de Aznalcóllar, ocurrida en la madrugada del sábado víspera de la Feria de Abril, pero sí fueron de los primeros responsables que llegaron a la zona afectaba.

A Cobos le despertó a las 05.30 horas del sábado una llamada del delegado en Sevilla de la Consejería de Medio Ambiente, Jesús Nieto, y al amanecer estaba en Aznalcázar, municipio desde el que se divisa el Guadiamar y donde vio cómo "un río de agua negra" cruzaba el cauce, de un kilómetro de ancho.

Poco después tomó una decisión menor, pero estratégica: comprar un cargador de teléfono móvil que garantizó las comunicaciones durante las horas cruciales posteriores al vertido.

Tras comprobar cómo, aunque los lodos tóxicos se frenaban en el Vado del Río Quema, una lámina de aguas ácidas continuaba hacia el Parque Nacional de Doñana, decidió levantar un muro con las tres únicas tres máquinas, dos de ellas privadas, que logró reunir y sellar los canales de la margen izquierda del Guadiamar que riegan los arrozales, labor que encabezó el gerente de los arroceros, Manuel Cano.

Mientras, los operarios del Parque Nacional de Doñana levantaron un muro paralelo al Guadiamar para que no entrasen las aguas tóxicas en el espacio protegido, sin prestar ninguna colaboración exterior.

En este primer muro, levantado en la Vuelta de la Arena, se dejaron libres sendos márgenes para evacuar lo que se presumía iba a ser una violenta riada, recomendación de la Confederación del Guadalquivir de la que García Garrido confiesa estar arrepentido.

Al entonces viceconsejero de Medio Ambiente le avisaron del siniestro el sábado por la mañana en Cádiz, y por la tarde ya estaba en la zona afectada; "fue como entrar en un agujero negro, porque no salí de allí hasta el lunes de madrugada", ironiza.

Miguel Ferrer fue alertado del siniestro cuando estaba en una celebración familiar a la prometió volver en unas horas "y tardé quince días".

Los tres mantienen grabada la imagen de aquella riada de barro que marcaba de negro el cauce del Guadiamar y la de miles de cangrejos y de peces que saltaban del agua al cauce buscando oxígeno y huyendo de las aguas ácidas.

También recuerdan escenas surrealistas, como la de dos ecologistas que llegaron a la marisma vestidos de largo porque habían sido avisados en plena boda, y valoran el trabajo de los guardas que nunca preguntaron por su horario ni por sus honorarios.

Antes de que amaneciera el domingo, el vertido rebasó el primer muro, momento que Cobos recuerda como el más amargo, porque también se derrumbó su ánimo.

Horas después, comenzó a levantarse un segundo muro aguas abajo, en el Lucio del Cangrejo, en el límite del Parque Nacional de Doñana, que resistió hasta la mañana del lunes, cuando llegó una caravana de maquinaria pesada.

"Fue cómo cuando en las películas del Oeste, los que resisten el ataque de los indios y están al límite, ven cómo llega el Séptimo de Caballería", evoca Ferrer.

Doñana se había salvado.

Tras estas cincuenta horas críticas, las discrepancias políticas se remansaron, al igual que las aguas ácidas, y Junta y Gobierno emprendieron la mayor operación de descontaminación y restauración hidrológica conocida en Europa.

García Garrido recuerda como uno de los pocos momentos de alegría en aquellas horas cuando escuchó a un científico decir: "Esto tiene arreglo"; para Cobos, el primer momento de alegría fue cuando vio todo el cauce del Guadiamar ocupado "por un ejército de hombres y de máquinas trabajando".

"Pensábamos que la solución idónea era retirar todos los lodos contaminados y limpiar la zona, pero nos parecía una labor inabarcable e imposible", recuerda.

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