Bodas de oro con cura y fotógrafo

  • Alumnos de los Maristas que terminaron el Bachillerato en el curso 61-62 se reunieron en emotivo vaivén de vivencias

Aquel curso saliente 61-62 fue el de la riada del Tamarguillo. Ha llovido mucho desde entonces. Salieron en el año 62, hicieron recuento de asistentes en el restaurante Río Grande y eran 62. Antiguos alumnos de los Hermanos Maristas celebraban sus bodas de oro, y en aquella promoción había dos oficios fundamentales para casarse de nuevo: un cura, Gonzalo Flor, que ofició la ceremonia religiosa, y un fotógrafo, Emilio Sáenz, que los inmortalizó en el patio del colegio. "Es muy importante que todo el mundo mire al objetivo". Faltaba la novia. ¿O era la memoria, esa chica esquiva y caprichosa?

La foto, con la cámara de Sáenz, la hizo Manuel Gómez Cid, director del colegio San Fernando Hermanos Maristas. A sus 43 años, podría ser perfectamente el hijo de los que por exigencias de este hermoso guión se convirtieron en sus alumnos. Gonzalo Flor leyó los nombres de los 23 compañeros de promoción fallecidos. "Son muchos, es verdad".

Pidió voluntarios para intervenir en la ceremonia. Salieron dos, como los hermanos pescadores que paseaban junto al lago de Galilea en la lectura evangélica. Primero lo hizo José Luis Ferrero Hormigo, notario, y después Fernando Benot, que trabajó en la agencia de viajes de El Corte Inglés. Fue Benot quien avisó a Manuel Ramón Alarcón, en la actualidad miembro del Tribunal Supremo y que tuvo sus veleidades maristas-leninistas.

"En Sevilla había tres colegios punteros", dice Alarcón, "los Jesuitas, los Maristas y el Claret. El de los Maristas era el más democrático, el más de clase media, por eso nos llamábamos hermanos". Agnóstico confeso, por nada del mundo se iba a perder "la misa del amigo Gonzalo". Cura que es párroco de Coca de la Piñera y recientemente coordinó el Congreso Bíblico Internacional.

La algarabía de abrigos y chaquetas sorprendió a algunos de los 1.245 alumnos que tiene el colegio. Un curso de segundo de ESO estaba en el laboratorio del Aula de Tecnología. "Nos daban mucho la lata con el latín y el griego", dice Abilio Caetano, que con los maristas recibió una buena formación para después irse a París a hacer Ingeniería de Metalurgia. Allí vivió el mayo francés. Marcelino Champagnat, fundador de la orden, era beato cuando estos chicos estudiaban y ya es santo. Nació en 1789, el año de la Revolución Francesa. Abilio, que ahora se entretiene con sus cuatro nietos y estudia Psicología, se emocionó al reconocer rostros de aquel pasado ya remoto.

"La Religión no era una María", dice Luis Pastor, reputado cardiólogo. Por eso Gonzalo Flor sabe tanto del Antiguo y del Nuevo Testamento. Pastor vivía en la calle Montecarmelo "y aquí veníamos a jugar al fútbol, porque era un descampado". Hasta 1969 no se produjo el traslado.

Algunos se incorporan por los pelos a la foto de grupo que el director del colegio hace con la cámara de Emilio Sáenz. Su hermano Joaquín, el pintor, estudió en los Escolapios. "¿Dónde está el Frente de Juventudes?", pregunta uno de ellos. La mañana, que empezó con lluvia, terminó abriendo. De aquella promoción vino de Madrid Antón Vázquez, que ha sido meteorólogo en el aeropuerto de Barajas. Una promoción con mucha enjundia, por sus méritos y los de su estirpe: allí estaban Antonio del Valle, médico, hermano del que fuera alcalde de Sevilla; o José Luis Aguilar Piñal, químico, director hasta su jubilación del Laboratorio Municipal y hermano del historiador.

Hacían piña de maristas Antonio Vallejo, que trabajó en la telefónica, y José Ignacio Llorente de la Torre. La promoción de séptimo de bachillerato de aquel curso 61-62 que se dispersó en diversos frentes. En las bodas de oro del Concilio Vaticano II, el compañero de aula Gonzalo Flor, hoy arcipreste, les dio la bendición.

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