El rastro de la fama · Itziar Aguirre

"La crisis económica está fomentando las vocaciones agropecuarias"

  • Cree que la agricultura ecológica puede ser, más que un mero sistema de producción de alimentos, una herramienta de transformación social y de mejora medioambiental del planeta.

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-El premio Pulitzer Jared Diamond afirma que todos los males de la humanidad comenzaron con la agricultura: las jerarquías, la desigualdad, la superpoblación, la guerra, la monogamia...

-Es una idea claramente provocadora. Está claro que la actividad agrícola es inherente a la organización social y que no se pueden dar procesos de concentración de población sin una agricultura que garantice la alimentación. Sin embargo, hoy en día sigue siendo una de las actividades económicas más denostadas y no somos conscientes de su importancia. Podemos prescindir de todo menos de la agricultura, porque hay que comer.

-¿Cree que la actividad agrícola no cotiza?

-Hay una auténtica depreciación de la valoración que la sociedad tiene de la actividad agrícola. Espero que en el siglo XXI sepamos darle la vuelta a esta percepción.

-¿Cuándo llega a la agricultura ecológica?

-En mi época estudiantil, en la segunda mitad de los años ochenta, cuando la agricultura ecológica no estaba aún regulada en España pero ya se empezaba a hablar de ella. En la Escuela nos organizábamos para ir a visitar a los cuatro locos que habían empezado a ponerla en práctica. Aunque todos los que nos hemos dedicado a esto hemos sido muy autodidactas, he tenido dos referencias científicas muy claras: Stephen Gliessman, en California, un personaje auténticamente entrañable; y Miguel Ángel Alitieri.

-¿Qué es exactamente la agricultura ecológica?

-Es la agricultura lógica. Lo que se debería hacer.

-Pero más allá del eslogan...

-Es una manera de gestionar la producción agrícola que sólo tiene autorizada como medio de producción aquello que es reconocido por el medio natural. Es decir, todo aquello que se sintetiza en un laboratorio está prohibido. Esto es lo que dice la normativa pero, normalmente, las personas que nos dedicamos a la agricultura ecológica también la entendemos como una forma de reorganizar el sistema agroalimentario de otra manera más justa.

-La gente cree que es una cuestión de cuatro hippies.

-Bueno, yo soy profesora universitaria con formación científica y no me considero hippie. Siempre hemos hecho frente a esta afirmación y la realidad ha cambiado.

-Hay críticos que dicen que la agricultura ecológica es un factor más de desigualdad, un lujo y una moda que sólo pueden pagar los ricos.

-¿Por qué sale más cara la agricultura ecológica? Porque la agricultura convencional está subvencionada. La contaminación medioambiental por culpa de los fertilizantes, los problemas de salud que provocan los pesticidas etcétera, son gastos ocultos de la agricultura convencional que no recaen sobre el alimento, sino sobre los impuestos de todos los ciudadanos. Si tanto los precios de los productos ecológicos como los convencionales tuvieran que reflejar los costes reales que provocan, sin ningún lugar a dudas la agricultura ecológica sería la más barata.

-Eso está muy bien, pero el PVP es muy importante a la hora de elegir un producto.

-Un trabajo de investigación que realizamos en 2012 sobre los precios de los alimentos en Sevilla desvela que comprar en una cooperativa de consumo de productos ecológicos es más barato que comprar en una gran superficie. Sin embargo, es más caro que comprar en un pequeño comercio de la zona más desfavorecida, como Aznalcóllar.

-¿Y energéticamente?

-La agricultura ecológica consume un cuarenta por ciento menos de energía que la convencional. Con la perspectiva actual de declive del petróleo es insensato que sigamos apostando por la producción convencional... Con estos precios de los combustibles, los alimentos sólo pueden seguir subiendo... Para evitar este problema se está obligando a los agricultores a estrechar su margen de beneficios cada vez más, y se les está llevando a la ruina.

-Muchos colectivos defensores del tercer mundo aseguran que el proteccionismo de la agricultura europea impide el desarrollo de los países más pobres.

-Esa idea hay que revisarla, porque del tercer mundo importamos, sobre todo, monocultivos: té, café, soja, maíz... Es decir traemos productos cuya forma de producción en los países de origen generan importantes desigualdades. Si no existiesen estos monocultivos, estas naciones subdesarrolladas podrían dedicar una mayor superficie agraria a producir una diversidad que garantizaría la adecuada alimentación de sus poblaciones. Es importante relocalizar los sistemas agroalimentarios, es la clave del futuro. No perdamos de vista, insisto, que el petróleo se acaba y su precio, dentro de diez años, no va a permitir este intercambio masivo de alimentos.

-¿La agricultura ecológica puede ser, por tanto, una herramienta para mejorar el mundo en que vivimos?

-Yo he viajado mucho por el tercer mundo y he llegado a la conclusión de que, para acabar con el hambre, el camino más acertado es potenciar las técnicas y la organización económica de la agricultura ecológica, algo que puede parecer una barbaridad para los agrónomos productivistas.

-¿En qué basa esta convicción?

-La agricultura convencional está monetarizada y se necesita, por tanto, dinero para acceder a semillas, fertilizantes, abonos, etcétera. Para los habitantes del primer mundo esto no es un problema excesivo, pero sí para los 1.000 millones de personas que viven bajo el umbral de la pobreza. Un sistema de producción de alimentos que excluye a 1.000 millones de personas no me resulta defendible. Creer que, por ejemplo, los agricultores del Cuerno de Oro pueden comprar fertilizantes y pesticidas de las multinacionales europeas y americanas es, sencillamente, no ser conscientes de la realidad. ¿Cómo podemos abaratar esta producción? Pues una clave estaría en hacer todo lo contrario de lo que hace la agricultura convencional, que concentra todos los medios de producción en unas corporaciones empresariales que, como es lógico, ponen los precios que quieren. Hay, por tanto, que descentralizar los medios de producción para que éstos sean asequibles para los agricultores del tercer mundo.

-Antes habló de relocalizar la agricultura. Es decir, de volver a un sistema de intercambios regionalizado y no globalizado, propio del Antiguo Régimen.

-Dicho así puede parecer algo peyorativo.

-Por mi parte no...

-En cualquier caso, la relocalización de los mercados es una idea absolutamente moderna. Una de las críticas que recibimos las personas que nos dedicamos a la agricultura ecológica es que proponemos una vuelta a la Edad Media, algo que me hierve la sangre, porque es exactamente lo contrario: es una mirada hacia adelante con mucho respeto al conocimiento tradicional. El desprecio que ha habido por las técnicas tradicionales no ha sido una opción positiva. Ahora hay un movimiento muy potente de recuperación, por ejemplo, de variedades de semillas tradicionales que se habían perdido y del fomento de la biodiversidad en el campo.

-Este tipo de agricultura también está muy relacionada con una forma de gastronomía que hace hincapié en la calidad de los alimentos y en el que sean de temporada.

-Por supuesto. No perdamos de vista que los alimentos de temporada son con los que nuestro cuerpo ha coevolucionado durante miles de años. El que la naranja -rica en vitamina c y buena para los resfriados- se produzca durante una determinada época no es una casualidad, sino que responde a una coevolución.

-¿Usted no come tomates en invierno?

-No. He aprendido que eso no es lo que necesita mi cuerpo. Mis ensaladas de invierno no llevan tomates y las de verano no llevan lechuga. En cualquier época del año, en las cooperativas sevillanas de agricultura ecológica hay una gran variedad de fruta y verdura para comprar. En invierno, que es la época de menor abastecimiento, hay por lo menos treinta variedades de verduras. Esto, además, es mucho más divertido y genera mucha más diversidad en la cocina.

-Lo cierto, guste o no, es que la agricultura ecológica es un sector que avanza.

-En España, que es el primer país de Europa en el sector, ocupa ya un millón ochocientas mil hectáreas. Por su parte, Andalucía supone el cincuenta y cinco por ciento de la producción nacional, con casi 900.000 hectáreas. En Los Pedroches ha habido épocas en las que el noventa por ciento del olivar ha sido ecológico. Cada vez hay un mayor interés científico en las universidades...

-¿Y cómo le va a la agricultura ecológica con la crisis?

-El sector es el único de la agricultura que ha crecido de forma continuada desde que está regulado. Sólo a partir de 2011 se ha estabilizado, pero en ningún caso ha disminuido, lo que en estos tiempos es todo un éxito. Pero lo que está creciendo claramente es la producción fuera del sistema de control oficial. Mucha gente que viene de los tajos de la construcción ha vuelto al campo y está cultivando las tierras de sus padres y abuelos. Sevilla es un ejemplo claro de cómo están creciendo estas huertas familiares y todo el grupo de consumo que se desarrolla alrededor de las mismas.

-Es cierto que también hay un redescubrimiento del campo y de la agricultura como ocio y estilo de vida. Ahí están la vuelta al pueblo, los huertos urbanos... Es una auténtica moda social.

-Es una vuelta de fin de semana, poco profesional. Yo, que convivo con jóvenes cercanos al sector agrario, puedo decir que no hay una especial vocación, pero sí es verdad que en los últimos años está creciendo el interés y que la crisis económica está fomentando las vocaciones agropecuarias.

-¿Hay mucho fraude en la agricultura ecológica?

-Hay que tener en cuenta que es un sistema de calidad y que añade nuevos sistemas de control. Es decir, que los productos de este sector tienen los mismos controles que todos los alimentos más otros específicos de agricultura ecológica. Hay fraude como en todos los sectores, pero mucho menos de lo que se dice.

-Antes comentaba que España es el país europeo que produce más agricultura ecológica, pero ¿cómo andamos de comercialización?

-Andamos fatal. Esta es la gran batalla que aún le queda pendiente a la agricultura ecológica en España, pero especialmente en Andalucía. Somos el país que más produce de Europa y, sin embargo, ocupamos el puesto 15 en consumo. Hay que mejorar mucho nuestros canales de comercialización, decidir si queremos centrarnos en los comercios especializados o, por contra, optar por la convivencia en grandes superficies con alimentos convencionales. Personalmente soy más partidaria de la primera fórmula. También se pueden mezclar ambas fórmulas.

-¿Tenemos que prepararnos para una crisis alimentaria?

-Entre 2008 y 2012 hemos sufrido tres crisis agroalimentarias, con grandes subidas de precios. Esto no es una hipótesis, sino una realidad. ¿Por qué ocurre? Por tres razones: la subida del petróleo, lo que encarece mucho el transporte; por la gran superficie que se está destinando a la producción de agrocombustibles, dejando de alimentar personas para alimentar coches; y por el cultivo de transgénicos, que está muy centrado en tres productos que no se usan para la alimentación humana: el algodón, la soja y el maíz.

-Ha pronunciado una palabra tabú en el ecologismo: transgénicos.

-Los transgénicos son una herramienta que sirve para construir un sistema agroaliementario concentrado en muy pocas empresas. Aproximadamente el noventa por ciento de los transgénicos los produce una sola empresa y el cien por cien entre cinco empresas. Si pensamos que esto es bueno, adelante. Las empresas fabrican los transgénicos necesarios para ganar más dinero, pero no los que se necesitan en Tanzania para comer mejor. Además, estas semillas no se pueden autoreproducir y, por lo tanto, el agricultor tiene que comprarlas todos los años, sin poder destinar a la siembra una parte de su producción. Para colmo, estas semillas necesitan unos fertilizantes y fitosanitarios que sólo fabrica la misma empresa... Esto sin hablar de los problemas de salud. No necesitamos los transgénicos para nada, sólo para que una serie de empresas ganen más dinero.

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