Principio quiere la Feria

PERO no se piense, con el proverbio del título, que acudir a la Feria sea algo arduo de hacer, o una empresa difícil cuyo término no se ve. Qué va. Principio quiere la Feria porque reclama con el tejemaneje y la expectativa de las vísperas. Algunos de esos comienzos resultan consabidos, que el pescaíto y el alumbrao son introito mayor de la liturgia de la Feria. Pero otros más sencillos y domésticos, más hechos al rito de la preparación y, si quieren, hasta al exorno de la indumentaria, también se suceden a poco que el incienso se hace clavel y la penitencia quiebra ante la fuerza de los pecados -más veniales que capitales- con las tentaciones del real. Porque si San Juan Pablo II -cuesta acostumbrarse al tratamiento de santo- advirtió que el Infierno no es un lugar definido, sino un abrumante estado del alma, la Feria refuta, pero con dispensa jocosa, esa alta exégesis. Que el Infierno tiene su calle, de ensordecedores tormentos, si bien los pecados están repartidos por un callejero efímero donde no es que toda debilidad tenga asiento, sino que las cosas se disponen de modo que no quepan actos de contrición y, si acaso, se formule algún propósito de enmienda, al cabo arrinconado como esas buenas -no lo serán tanto- intenciones con que damos por estrenar los ciclo del tiempo. En fin, que por eso mismo -por los anticipos que dan principio, estímulo y predisposición-, las telas y las pruebas del traje de flamenca, las horas de gimnasio y las largas caminatas para no romper las costuras, o el ponerse al sol para que la piel se libre de las mangas del invierno, son un modo de principiar la Feria con el que tal vez quepa un regocijo, íntimo y particular, antes que la fiesta campe a sus anchas e imponga sus formas y maneras. No seguiré más sin mentar a la bruja del tren, ya que bien me reprende cuando no le otorgo el protagonismo con que cobrarse quiere los conjuros para procurarme la inspiración. Dice ella que menos celebración de los principios y más bulla continua en el real, casi lamentándose de la oportunidad perdida con el puente, para que no solo la Feria fuera de abril, que eso a la bruja no le descoloca, sino por la expectativa de lleno en el real con la celebración festiva del viernes en los madriles. Porque esta fiesta, aunque procure excusa y munición para los tópicos, también es buena prueba para cerciorar que existen universales disposiciones a la alegría, a la expansión del ánimo, que la crisis -a ver, bruja, qué conjuro la destroza- achica tanto en el gozo de las vísperas como en la plenitud de los días mayores.

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