Crítica

Manuel j. Lombardo

'Vergüenza': Manual del perfecto miserable

Cualquier sitcom española palidece ante la realidad miserable y esperpéntica de Vergüe+nza, la nueva apuesta cómica de Movistar+, cocinada desde hace nueve años, rodada en escenarios reales, protagonizada por dos estupendos Javier Gutiérrez y Malena Alterio y presentada en sociedad en el Festival de San Sebastián, que prolonga el camino de renovación del género sembrado aquí por otras series como El fin de la comedia, con Ignatius Farray, o Qué fue de Jorge Sanz, de David Trueba.

La nueva comedia televisiva por entregas de la plataforma de pago asume así un marco, un tono y un enfoque que distan mucho de las series generalistas de marca blanca, ancladas en viejas inercias que, si bien han espantado el funesto fantasma de las risas enlatadas, siguen prisioneras del sainete costumbrista, el cuñadismo de salón, el cartón piedra y el exceso caricaturesco como molde para el entretenimiento familiar.

Pero los tiempos han cambiado y la comedia (o eso que ahora llaman post-humor) tiene ya otros públicos más exigentes y transversales, capaces de asimilar propuestas que, como ésta, ponen al espectador al borde del estupor y el (auto)reconocimiento en su versión más miserable, políticamente incorrecta y vergonzosa. Porque la serie pergeñada a cuatro manos por Juan Cavestany (Gente en sitios, El señor, Esa sensación) y Álvaro Fernández-Armero (Todo es mentira, Nada en la nevera, Las ovejas no pierden el tren) apunta precisamente a la materialización especular de ese bochorno y esa vergüenza (propia y ajena) que derivan de la observación y la escucha de un personaje tan orgulloso como patético, el fotógrafo de bodas y comuniones con ínfulas de artista que encarna Javier Gutiérrez, en su escalada de verbalización de lo que nunca debe ser verbalizado o en su no menos irrefrenable tendencia a meter la pata en cada una de las situaciones de su vida cotidiana junto a su pareja, con la que planea una familia para desgracia de sus suegros (Miguel Rellán y Lola Casamayor).

El anti-humor de Vergüenza funciona así como una inteligente y despiadada deformación del costumbrismo ibérico sobre la clase media empobrecida, acomplejada y prisionera de las apariencias en una España de barrio residencial low-cost cuya crisis se nos antoja mucho más profunda (y digna de psicoanálisis) que la meramente económica, que también está ahí, qué duda cabe, como trasfondo sociopolítico de la función.

Mirar de reojo las tetas de la suegra en una comida familiar, incordiar al vecino en pleno velatorio, confundir la gordura con embarazo, dar la nota cateta en una cata de vinos, presumir de inglés nefasto en una clase de conversación, humillar al compañero de trabajo (estupendo también Vito Sanz como contrapunto de miserias), hacer comentarios racistas y homófobos delante de un negro o un homosexual, autoinvitarse a la casa de unos desconocidos, reventar las reuniones de la comunidad de vecinos o imaginar que las novias y las esposas ajenas flirtean con uno son algunas de las muchas situaciones incómodas que Cavestany y Fernández-Armero desarrollan in crescendo como auténticas bombas de relojería cómica, haciendo que al espectador se le congele la sonrisa llevándolo al límite de la paciencia y el asombro.

En su depurada estructura episódica, que funciona perfectamente a nivel interno y también en el arco global del relato, Vergüenza hace decir y hacer a sus personajes lo que se piensa pero nunca se dice y hace, trasladando los códigos de comportamiento del ámbito privado al ámbito de lo público, dinamitando todas esas mínimas normas de respeto, cortesía y sociabilidad que permiten la convivencia. Y sin embargo, he ahí el gran milagro de la serie, consigue que acabemos simpatizando in extremis con este tipo tan patético y miserable. Nadie es (tan) imperfecto.

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