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pilar larrondo

Mi vaso de agua

Las competiciones están en todas partes. En cualquier ámbito de la vida dos (o más) sujetos luchan por ver quién es más, quién tiene más o quién sabe más. La familia no iba a ser menos. Entre la prole -sobre todo cuando los niños son pequeños- es habitual preguntar de vez en cuando a cuál de los hermanos quieren más papá y mamá. "Qué dedo me corto que no me duela", la respuesta universal de todo padre que se precie y que tú no alcanzas a comprender hasta que no le llegas, por lo menos, a ser la mitad de ellos. Tan salomónicos en sus discursos, nunca se llegan a plantear la pregunta a la inversa. ¿A quién querrán más, a mamá o a papá? Nosotros, tan políticamente correctos, tal vez no sabríamos responder (si es que pudiera haber veredicto alguno).

Ella, la reina de las casa, suele llevarse la mayoría de los elogios. Desde que llegaste a su vida -quizás por aquello de que tu primera morada fue su abultada tripa- se convirtió en una especie de faro de guía. Colocada en un altar del que no hay Dios que la baje -que me perdone el Santísimo- mamá parece ser la que se lleve todos los afectos filiales por goleada. Pero luego lo ves a él, en un injusto segundo plano por aportar tu otra mitad y no albergarte en sus entrañas.

Él, que te sostuvo en sus brazos cuando desprendías tu primer y pestilente olor, que te arrulló hasta el amanecer a sabiendas de que no eran sus brazos los que tú añorabas (mami, siempre mami). Él, que ya peina canas -y las luce orgulloso- no ha dejado ni un segundo de estar ahí, sin hacer ruido. Superman ante tus ojos, aunque vulnerable ante la vida; cascarrabias en las regañinas, muy tierno cuando cree que no lo miran; la sabiduría hecha persona que en silencio tira de Wikipedia cuando tus dudas se escapan a su conocimiento. Saco sobre el que golpear cuando la vida se tuerce, diana a la que apuntar cuando el enfado habita en nosotros, muro contra el que darse de bruces si las opiniones no se comparten. Y a pesar de todo ahí sigue, sin hacer ruido y sin aspirar a ocupar ningún altar por no creerse merecedor. Con una eterna mueca dibujada en el rostro, abrazos fugaces, procesiones que van por dentro, el beso por las mañanas y un vaso de agua sobre la mesita de noche aunque ya no duermas en casa.

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