Plaza nueva

Luis Carlos Peris

Académico y torero eterno

CUANDO la semana esté llegando a las tablas y la ciudad de Sevilla se esté preparando para su gran acontecimiento lúdico, el torero por antonomasia de Sevilla embocará la puerta de la gloria que supone entrar en una real academia. Nada menos que en la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría tomará asiento el toreo. Toreo con mayúsculas, ese que salía de las muñecas de Curro Romero y que bajaba directamente desde el corazón para que el toreo fuese arte. Arte grandioso que el tiempo va enriqueciendo así que vamos alejándonos de aquel último día en que apareció como especie de dios laico en público para sembrar de arte una plaza de toros. Y es que ha sido tan puro cuanto hizo en sus tardes de gloria que ahora le llueven los reconocimientos, cada día más, y hasta recibe el honor de ser considerado académico de Bellas Artes, ¿de qué otra materia iba a serlo?

Coincide esta entrada por la puerta grande de la cultura con los días señalaítos en que hay toros en su plaza, en ese bastidor de albero donde fue bordando el toreo mediante verónicas de alhelí y muletazos eternos. Son éstos los días en que él aparecía tras una hibernación secreta entre el calor de su legión de partidarios para hacer de la calle Iris algo parecido a una alfombra roja sentimental. Era una alfombra como la de los Óscar, escaparate para el dios laico de turno, pero en este caso era una pasarela en la que se desataba un sentimiento como no hubo igual en la historia del toreo, el del amor de un pueblo a uno de sus hijos preferidos, más preclaros, más humildes y, a la misma vez, más brillantes. Era una relación de amor que ni siquiera se interrumpía en aquellas tardes negras de almohadillas que volaban sin que acertase a darle una siquiera.

Se fue de puntillas en una recoleta plaza de carros y en estos siete años largos se ha ido multiplicando el reconocimiento como en progresión geométrica, como si aquellas verónicas al toro de Tassara hubiesen sido cincuenta en vez de cinco, como si la profusión de orejas de los urquijos hubiesen sumado ochenta y no ocho, como si aquel muletazo que ni soñado puede mejorarse todavía no lo hubiese rematado con el de pecho. Las cosas son así y no cabe la menor duda de que Curro Romero fue tocado por un ángel para que los públicos lo esperasen por mucho que él apenas diese pie a la esperanza. Pero es que ese hilo de esperanza cosía una esperanza tan hermosa que bien merecía la pena tantos días de espera. Y ahora, cuando lo que más anhela es ver crecer la hierba en su retiro del Aljarafe, los reconocimientos se multiplican y en estos días señalaítos en que ya no es posible otra Puerta del Príncipe, resulta que encuentra otra puerta para la gloria.

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