Tribuna Económica

gumersindo / Ruiz

Ellos y nosotros

TODA la gente como nosotros somos "nosotros", y todos los demás son "ellos", decía Rudyard Kipling. No me gustan los referéndums porque son excluyentes, y las soluciones a los problemas complejos como los que se plantean a los votantes difícilmente se resuelven con un "sí" o "no", con un poco más de la mitad que gana frente a un poco menos que pierde. El referéndum ha abierto un conflicto de unas dimensiones que no estamos en condiciones de valorar, dentro y fuera de Gran Bretaña, pero sigue dejando en las manos del Gobierno de turno formalizar acuerdos comerciales, de defensa, política exterior, circulación de personas, capitales, regulación financiera, y mil asuntos más, sin que los votantes puedan decidir ahora sobre esas cuestiones concretas.

En España, distinguir entre "nosotros" y "ellos" se vuelve complicado al haber cuatro polos, con más o menos número de votantes, pero también con diferente capacidad de atracción para formar un gobierno; coaliciones que resultan imposibles con un quinto elemento que es el nacionalismo y su referéndum. No creo que sea una buena idea hacer coaliciones que dejen fuera a millones de votantes porque esto es lo que ha ocurrido cuando alguien ha tenido una ligera mayoría absoluta, y ya vemos adonde ha llevado en Gran Bretaña y en España. Poco conocemos de lo que se hace en Europa, a dónde va la Unión y cuáles son las sensibilidades de los que la gobiernan, y dudamos también de que vivan la misma realidad que unos y otros vivimos. Hay muy poca democracia en Europa, las políticas se sienten como ajenas, y lo que es peor, doblegadas a intereses de unos pocos "ellos"; no es extraño que se propague la vuelta a la responsabilidad y decisiones de las naciones que es donde nos seguimos reconociendo.

Es impresionante la descripción que hace una persona tan conservadora como John Kay, en su libro El dinero de otros, de la ciudad de Londres, y los efectos nocivos sobre el país del precio desmesurado de la vivienda, el transporte y la calidad de vida, la presencia de oligarcas de países corruptos que viven y negocian en ella, y la actividad financiera especulativa que realizan mayoritariamente entidades extranjeras. Poco repercute todo ello, más allá de la ciudad, en el producto interior neto de los nativos ingleses. En Londres han votado por mantener una situación que pasa por la conexión europea; pero el argumento de los mercados financieros de unos, no vale para muchos otros que identifican la Unión Europea con una economía financiera que les es ajena. En España tampoco han valido de mucho para el voto de los "otros" las monsergas sobre la incertidumbre y las inversiones, que no se han visto en forma de inversiones productivas, sino en compras y recompras de empresas y activos financieros, que no suponen empleos de calidad ni recaudación sustancial de impuestos. Se abre ahora un tiempo donde sólo cabe la ingenuidad de la confianza; como dice Chris Patten tras hacer una revisión desoladora del mundo, y al que cito libremente: "Si no somos capaces en política de cierta racionalidad y creatividad en las soluciones, generosidad y amabilidad hacia los otros, como abuelo me pregunto, ¿cuál es la alternativa?".

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