Su propio afán

enrique / garcía-máiquez

Camareros

CON mis alumnos me llevo muy bien, pero una vez casi me comen. Les hablaba de las miradas selectivas y de la atención intermitente, y puse el ejemplo del camarero que es capaz de pasar por tu lado imperturbable, con la vista en el infinito, sin verte gesticulando, chasqueando, chistando y braceando como un náufrago. Muchos de mis alumnos habían trabajado como camareros, y no se lo tomaron como un brindis al sol. Me explicaron muy detalladamente lo exigente que es ese trabajo y su tremenda dificultad, que exige don de gentes y una gran fortaleza psíquica. Lo más difícil, el trato con los clientes, esto es, conmigo, se dejaron caer.

De entonces a aquí, las cosas se han puesto aún más complicadas para los camareros. Aunque supongo que aquellos alumnos ya trabajarán de lo que estudiaban (técnicos especialistas de radiología), no dejarán de indignarse por solidaridad, y yo con ellos. Porque, por un lado, están los que menosprecian los puestos de trabajo que se van creando porque bastantes son de camareros. Se refieren, con la buena intención que yo no le discuto a nadie, a la dureza y a la estacionalidad del trabajo, pero a menudo esos críticos sobreactúan y transmiten la idea de que se trata de un trabajo que conlleva un déficit de dignidad. Eso, además de falso, es nocivo se mire como se mire. Habría que andarse con más tiento.

Por otro lado, están los que últimamente examinan de idiomas a los camareros y se molestan muchísimo si alguno no domina, en concreto, el particular de la comarca. Es una anécdota que demuestra muy poca categoría porque, en los dos casos que han saltado a la palestra, el cliente indignado podría haberse entendido perfectamente con los camareros en cuestión hablando otra de las lenguas oficiales del Estado, ahorrándose el disgusto y ahorrándonos el bochorno. Pero se trata de usar al camarero, que está ganándose la vida, de punching-ball para las reivindicaciones nacionalistas de los susodichos.

Entran ganas de pedirles que se metan con alguien que no esté sirviéndoles, no sé, con quien vayan a firmar un contrato o al que pidan un préstamo. Sería interesante comprobar si gastan esa exigencia lingüística con los poderosos. Los camareros asumen que lo más difícil es el trato con el cliente, como me subrayaron mis alumnos. Quizá en estos casos les quepa el consuelo de que, con su paciencia, nos han recordado cómo se las gastan los nacionalismos.

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