La ciudad y los días

Carlos Colón

Cardos de dolor y de gloria

EL Miércoles Santo, cuando lo vimos sobre su paso, parecía que el canasto que le tallaron Francisco Antonio Gijón y Bernardo Simón de Pineda hubiera trepado hasta enroscarse en torno al cuerpo del Señor como la corona con forma de serpiente en torno a su cabeza. Si la serpiente representa el pecado que le atormentó hace dos mil años, y el dolor del mundo que le sigue atormentando hoy, ¿qué representan estos bordados que parecen brotar del paso buscando su cuerpo para ceñirlo como una corona de hirientes cardos? En primer lugar lo que el cardo representa en la simbología cristiana: el sufrimiento asumido por amor. Por eso las dos túnicas más antiguas que se conservan del Señor son las que, con tanta sabiduría teológica como conocimiento de lo que su imagen representa, le bordaron Teresa del Castillo en 1854, con hojas de acanto y ramas que se entrelazan formando coronas de espinas, y las Antúnez, con cardos, en 1881. Acanto, cardos y espinas representan el sufrimiento del hombre; el oro en el que están bordados, la grandeza de Dios. El sentido de estas túnicas era litúrgico y simbólico: representar la presencia personal de Dios en el mundo uniendo los contrarios de hombre y Dios, sufriente y victorioso, reo y juez, condenado a muerte y garante de la vida eterna.

En el caso del Gran Poder -la más abrumadora, honda, radical y conmovedora representación de la unión de la humanidad de Dios y la divinidad de Jesús de todo el arte cristiano-, la túnica bordada parecía completar el soneto de Miguel Hernández que para mí es su mejor retrato escrito: "Umbrío por la pena, casi bruno, / porque la pena tizna cuando estalla /donde yo no me hallo no se halla / hombre más apenado que ninguno… / Cardos y penas llevo por corona, / cardos y penas siembran sus leopardos / y no me dejan bueno hueso alguno. / No podrá con la pena mi persona / rodeada de penas y cardos…". Que la pena tizna cuando estalla ya lo sabíamos mirándole a la cara. Lo que ignorábamos, hasta verlo con la túnica de los cardos sobre su paso, era hasta qué punto su indefensa ternura, su tormento y su cansancio se harían aún más visibles cuando los cardos atormentaran su cuerpo hasta no dejarle bueno hueso alguno. Rodeado de penas y cardos, parecía no poder con la cruz ni con la pena su persona.

Así se le vio en su templo y en la Madrugada por las calles de Sevilla; así se le verá hoy y mañana presidiendo su Basílica desde el presbiterio. Tenía a Moisés esculpido en una de las cartelas de su paso y ahora tiene el fuego de Elías abrasándole el cuerpo: hemos visto al Señor transfigurado por el dolor y la gloria.

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