editorial

Condenado por prevaricar

LOS siete magistrados de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo han estado de acuerdo en condenar al también magistrado Baltasar Garzón, de la Audiencia Nacional, por un delito de prevaricación. Se trata de un delito de singular gravedad cuando lo comete un juez, autoridad más obligada que nadie a no dictar a sabiendas una resolución injusta. Es por eso por lo que la condena es especialmente elevada: once años de inhabilitación, que en el caso de Garzón suponen su apartamiento de la carrera judicial. El defensor de Baltasar Garzón estudia, con su cliente, si recurrir la sentencia ante el Tribunal Constitucional u otras instancias europeas basadas en la defensa de los derechos humanos, mientras que numerosos sectores políticos y sociales rechazan abiertamente el fallo y denuncian la supuesta injusticia cometida con el magistrado. Hay que destacar que, dentro de una trayectoria muy influida por los vaivenes políticos y por su propia personalidad, el juez ahora condenado ha tenido un especial protagonismo en la persecución de delitos de tanta proyección social como el tráfico de drogas, el terrorismo, los GAL y la corrupción política, todo lo cual explica su enorme popularidad y los respaldos internacionales que encuentra. No obstante, en el caso concreto que nos ocupa, la sentencia dictada por la Sala Penal del Supremo no deja lugar a dudas ni interpretaciones: al ordenar intervenir las conversaciones telefónicas mantenidas por varios presos imputados en el caso Gürtel con sus abogados defensores, Garzón vulneró la ley que prohíbe estas escuchas salvo en los casos de terrorismo, cometió un acto arbitrario conociendo que era una arbitrariedad y liquidó la confidencialidad sin la cual no es posible el derecho de defensa en un Estado democrático. Sólo en los regímenes totalitarios el fin justifica los medios, viene a concluir el tribunal. En la democracia no es posible. Eso lo sabe perfectamente Baltasar Garzón. Y ahí radica la razón de una dura sentencia condenatoria que le despoja de su condición de juez tras una trayectoria brillante, apasionada y polémica.

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