Desde mi córner

Luis Carlos Peris

Demasiados los errores humanos

HAY que poner pies en pared. No puede ser que el arbitraje tenga tanta incidencia en nuestro fútbol y mejor pensar que se trata sólo de errores humanos y nunca inducidos por el mandarinato vigente. Pero es que esos errores humanos suelen ser tan groseros, tan frecuentes y decisivos que no resultan mínimamente aceptables. Lo último ha sido la forma en que el Sevilla vio cómo se le iba un tren, quizá el último, con destino Europa.

En tiempos del imperio y cuando José Plaza era el mandarín absoluto de la cosa había gente que esperaba a rellenar la quiniela hasta saber quiénes dirigirían los partidos. Era un tiempo de halcones y palomas. Los primeros eran ideales para jugar fuera; los segundos, para asegurar los puntos de casa. Un ejemplo gráfico era que con Borrás del Barrio era prácticamente imposible ganar de viajero, mientras que con Guruceta sí que aumentaban las posibilidades de triunfo.

Afortunadamente, esos modos pasaron, el arbitraje fue ganando credibilidad y hasta nuestros colegiados adquirieron prestigio internacional. Todo tiene fecha de caducidad y en este curso que vivimos están aflorando unos errores tan inconcebibles como que saque de banda el infractor y la jugada acabe en gol, o que un equipo de Primera haya sido castigado con dos penaltis que ocurrieron fuera del área, o que la mano de Mario preceda al gol de Falcao que derrotó al Sevilla.

Tiene razón el Sevilla en clamar contra la actuación de un árbitro al que le vino el partido como un par de tallas por encima. El equipo de Unai, que lucha ahora en un estado de ansiedad hijo de no haber hecho a tiempo los deberes, hizo merecimientos más que sobrados para hacerse con los tres puntos y poder seguir soñando con Europa. No lo consiguió en gran parte por un formidable Courtois y, sobre todo, porque el juez prevaricó no sancionando un lance ante sus narices.

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