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Rafael Sanchez Saus

El IVA y otras carcomas

MI admirado Enrique García-Máiquez recurría ayer en estas páginas a Millôr Fernandes y a Chesterton para unir su voz a las muchas que se alzan ante el expolio democráticamente bendecido en que ha degenerado la fiscalidad en España, ahora con un pretexto y antes con otros. Pero en esta galería internacional de enemigos del fisco depredador no podemos olvidarnos del alemán Ernst Jünger, el creador de arquetipos como el Emboscado y el Anarca que parecen pensados para estos tiempos de latrocinio impune. En algún lugar escribió que la mejor garantía de la libertad no eran leyes abstractas sino un hombre en la puerta de su casa, con un hacha y rodeado de sus hijos, a la espera del recaudador.

Aclaradas las cosas, podemos, si os place, hablar del IVA, ese robo multiplicado con el que se afrenta a todo el que desempeña alguna actividad o contrata un servicio en beneficio propio o ajeno, ese papel secante de la economía en sus fuentes, ese brutal grillete en los tobillos de los que hoy llamamos emprendedores y que, tras musitar compungidos una sola vez "con IVA, por favor", se ven reducidos a la condición de siervos alimentadores de un monstruo voraz y omnipresente. Dice el ministro Montoro que si todos pagaran, el IVA no tendría que subir de nuevo, pero la experiencia universal demuestra algo muy distinto, que la satisfacción general de un impuesto injusto no hace más que animar a la creación del siguiente. Alguien debiera recordar a nuestros jerifaltes de Bruselas, de Madrid y de Sevilla que la inmensa mayoría de las revueltas, motines y revoluciones que en el mundo han sido no han tenido como espoleta una inconcreta y genérica injusticia social, sino una vuelta de tuerca ya insufrible en la fiscalidad.

Tenemos lo que nos merecemos, también en esto. Durante décadas hemos admitido la justicia intrínseca de todo género de atentados contra la propiedad y los derechos de la gente sobre lo que es suyo. Si un ayuntamiento puede negarle a un hombre la simple posibilidad de construirse una casa en sus tierras para dar techo a su familia, ¿podemos admirarnos de que nos roben a la luz del día para mantener a la inmensa caterva de los que acampan en los aledaños del estado clientelar?

"En los sitios donde lo que se pretende es atacar la propiedad en cuanto idea, la consecuencia necesaria será la esclavitud". Este pensamiento de Jünger precisa, a su vez, de amos sin rostro concreto y reconocible. De la carcoma invisible que roe y convierte en polvo el fruto de un trabajo que ya no es sino insensatez.

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