la tribuna

Manuel Ruiz Zamora

Mitología griega

SI hay algo que le debemos al estado de inquietud que se ha generado por la posible salida de Grecia del euro, ha sido, sin duda, poner de manifiesto hasta qué punto los delirios mitológicos pueden distorsionar el sentido de la realidad de algunos analistas. ¿Cómo podría subsistir Europa, se nos ha dicho, sin el país en donde nacieron la mayoría de las ideas que nos definen como eterna posibilidad de destino en lo universal? La política, el pensamiento racional, el concepto mismo de democracia: ¿no son, en definitiva, aportaciones helénicas?

La prensa del mundo entero se ha llenado de encendidos ditirambos sobre un sueño que ya no existe. Se ha hablado del rapto de Europa, de cantos de sirenas pervirtiendo los oídos del noble Odiseo; se han evocado los trabajos de Hércules, el caballo de Troya, Aquiles y Orestes. Los pobres griegos, que ya en sus épocas de máximo esplendor exhibieron una incapacidad para el acuerdo tan sólo comparable a la que siguen demostrando hoy día, han sido presentados como víctimas propiciatorias de la codicia neoliberal, simbolizada por una Angela Merkel en el papel estelar de despiadada Clitemnestra.

El amor que le profesamos a Grecia nos pervierte la mirada. Como si los ojos de Gorgona nos paralizaran, procuramos entretenernos con el baile que las sombras mitológicas proyectan sobre las paredes de la caverna mediática. Esa superstición romántica que afirma la existencia de una especie de esencia nacional que se perpetúa a través de los tiempos es uno de los lastres más pesados con los que ha de bregar la inteligencia a la hora de comprender la realidad efectiva de un determinado pueblo. En cierta forma nos está pasando a nosotros mismos: en vez de adoptar una actitud inteligentemente autocrítica con respecto a los excesos de nuestro pasado más reciente, hemos venido a coquetear de nuevo con los rescoldos de aquel pesimismo noventayochista según el cual estamos indefectiblemente condenados a la tragedia. Un buen pretexto, en cualquier caso, para ahorrarnos el arduo trabajo del concepto.

En nuestra tenebrosa infancia tardofranquista, la mera mención de Grecia suponía una ventana abierta al ensueño de una sociedad libre y luminosa en la que cada ciudadano estaba investido del derecho sacrosanto a expresar sus opiniones. Nos enamoramos hasta tal punto de su historia, de sus poetas, de su pensamiento que, cuando salíamos a la calle, nuestra triste realidad judeocristiana nos parecía, por contraste, insípida y chabacana. Grecia ha sido siempre un paradigma ilusorio del entendimiento. Esa es, básicamente, su herencia. Pero esa Grecia ideal, iniciática, imprescindible, la Grecia de Homero y de Tucídides, de Sócrates y de Pericles, ya sólo existe en nuestros recuerdos, que es donde permanecen aquellas realidades que se han ganado el derecho a lo eterno. Y se da, además, la paradoja de que esa Grecia, probablemente inexistente, que encontrábamos en los libros de texto era, en gran parte, una invención de los románticos alemanes del siglo XIX, aquellos escuálidos antepasados de Angela Merkel.

Y, sin embargo, Europa le debe a Grecia mucho menos de lo que se dice. Le debemos mucho más al republicanismo romano y al humanismo cristiano, aunque a muchos les cueste aceptarlo, que a esa Grecia genial y políticamente desastrosa a la que ya los romanos tuvieron que rescatar de sus propias desavenencias internas. Las referencias históricas de los grandes líderes de las revoluciones americanas y francesas no vinieron nunca de la Grecia clásica, sino de la consistencia jurídica de la república romana. Si los Estados Unidos, por ejemplo, en vez de adoptar el modelo romano hubieran optado por el griego aún serían un archipiélago de estados independientes en guerra constante de unos contra otros. Nuestras democracias, afortunadamente, tienen poco que ver con el modelo asambleario ateniense.

Por eso, uno puede comprender la preocupación puramente pragmática por las disfuncionalidades económicas y organizativas que se derivarían de la salida de Grecia del euro, pero toda esa metafísica alrededor de una serie de afinidades sentimentales, por más legítimas y respetables que puedan ser, no parece una metodología demasiado rigurosa para enfrentarse al desastre de este fantasma hamletiano al que llamamos Europa. Convertida poco menos que en símbolo de resistencia por esa ética de la irresponsabilidad que caracteriza a los antisistema, Grecia languidece transformada en una trágica paradoja de sí misma: el lugar que le descubrió al mundo el pensamiento racional, ha terminado convertida en un parque temático en donde el mito se blinda contra la razón para intentar obtener algunos réditos. En cualquier caso, y como diría el poeta, no debemos afligirnos: la belleza de la Grecia que alimentó nuestro ideales vivirá siempre en el recuerdo, pero ahora lo importante es qué va a pasar con esa realidad, tal vez no menos mitológica, que llamamos euro.

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