La tribuna

Luis Felipe Ragel

Pleito contra el hijo

MUCHOS creen que el deber de mantener a los hijos finaliza cuando éstos alcanzan la mayoría de edad, pero no es así exactamente. Esta obligación es incuestionable durante la minoría de edad, pero puede prolongarse algunos años en todos aquellos casos en que los hijos necesitan completar su formación. El hijo, que ha dejado de ser un adolescente emocional, continúa siendo un adolescente patrimonial y necesita la ayuda económica de sus padres. Es mayor de edad, puede votar en las elecciones y firmar cualquier contrato, pero sigue comiendo y vistiéndose con los medios que le facilitan sus padres. También es libre para marcharse de casa y vivir independientemente.

Pero esta obligación de los padres ya no es incuestionable. Si el hijo se dedica al dolce far niente en lugar de completar su formación, los progenitores pueden pedir que se ponga fin a su obligación de mantenimiento. Lo mismo sucede cuando el hijo comienza a ganar dinero suficiente para vivir por su cuenta.

No vamos a referirnos a los hijos que permanecen en el hogar de sus padres cuando éstos permanecen unidos. En la mayoría de los casos son los mismos progenitores los que tratan de conservar a su lado a sus hijos mayores todo el tiempo que sea posible.

Nos referiremos a un caso típicamente masculino. Aunque la ley es opaca y no castiga directamente al varón, lo cierto es que en el 90% de los supuestos los hijos de cónyuges separados o divorciados se quedan a vivir con la madre y el padre tiene que pagar todos los meses una cantidad para el sustento de su descendencia. Esa pensión no es vitalicia y, tarde o temprano, tendrá que dejar de pagarse. Y aquí se produce la situación que me lleva a escribir estas líneas.

Cuando el Estado afronta la manutención de los jóvenes huérfanos que no obtienen ingresos por su trabajo, se desentiende de la suerte económica de los pensionistas cuando cumplen los 24 años de edad porque es razonable suponer que a esa edad han culminado su formación y están en condiciones para incorporarse al mundo laboral. Ya son capaces de ganarse el pan, aunque sea en un puesto de trabajo de inferior nivel al que aspiran.

Por el contrario, cuando el padre trata de poner fin al pago de la pensión de su hijo, la ley le obliga a demandar judicialmente a la madre, pues se da por entendido que el hijo mayor de edad no sabrá defenderse adecuadamente. ¿Es mayor o no lo es?

La necesidad de instar un pleito contra el hijo, aunque a través de persona interpuesta, es una declaración de guerra que surtirá unos efectos irreversibles, porque estropeará las relaciones que eran cordiales o deteriorará aún más las relaciones que ya eran malas. Los contendientes tendrá que abonar los cuantiosos gastos del procedimiento y, en muchos casos, el padre se verá obligado a contratar detectives privados para investigar los actos de sus hijos y averiguar si trabajan por cuenta ajena o si se dedican a vivir la vida como la simpática cigarra de la fábula de La Fontaine, que son los supuestos que ponen fin al pago de la pensión. Y en muchas ocasiones se toparán con la muralla troyana de un juez extremadamente comprensivo con la situación de los hijos, que los tratará como si continuaran siendo menores de edad y obligará al padre a seguir pagando la pensión hasta que los hijos encuentren algún trabajo, fijo por supuesto. Y así, se ha dado el caso en que un juez razonable obligó al padre demandante a seguir manteniendo a un hijo de 27 años, que todavía estaba cursando el cuarto curso de la Licenciatura de Derecho.

Este nefasto procedimiento puede sustituirse por un límite temporal que ponga fin a la obligación de mantener a los hijos. En definitiva, se trata de aplicar la misma regla que ya viene utilizando el Estado cuando le toca a él mantener al joven en cuestión; si se supone que ya está formado a los 24 años cuando se paga con dinero público también debe estimarse lo mismo cuando paga el padre. Con esta justa medida se evitaría tener que pasar por el calvario de tener que demandar al propio hijo, hacerle gastar un dinero que necesita para mantenerse y deteriorar las relaciones paternofiliales.

Pero nos tememos que esta medida tardará muchos años en llegar. Sin ir más lejos, en el programa electoral del partido que ha ganado las últimas elecciones generales no hay la más mínima alusión a este problema, que "sólo" sufren varios millones de varones españoles. Es como si se hubiera inventado una nueva maldición bíblica: "Tendrás una mejor posición en el mundo económico, pero lo pagarás con creces llevando sobre tu espalda todo el peso del fracaso familiar."

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