Opinión

Manuel Barea / Mbarea@grupojoly.com

Punset es más 'freak'

EDUARDO Punset, Redes y sus invitados son bastante más freaks que cualquier maniobra de poderío y negocio televisivo amparada en la llamada industria del entretenimiento que confunde lo raro con la mera parodia. Por lo demás, ésta, la parodia, ha llegado a una suerte de cinta de moebius sin principio ni fin en la parrilla, con sus integrantes inmersos en un homenaje caníbal en el que se devoran, se regurgitan unos a otros, se retroalimentan, recocinan los desperdicios y vuelven a empezar. Un programa sobre la copla lo pueden presentar una modelo de Botero o una de Modigliani, da igual, es lo mismo. Tal vez se crea eso, está muy extendido: que la fiesta antropófaga en que se ha convertido la programación y cualquier plato que salga de ella, primero novedoso pero incluido enseguida en un menú económico para el que no hay antiácido posible, es lo bizarro. Pero no, no es eso.

Es lo que va a ocurrir -está pasando, lo estás viendo- con el asunto Chiquilicuatre. Ya empacha. Ya han empezado a distribuir cantidades industriales de chiquichiqui. Y la noche de Eurovisión puede acabar como Michel Piccoli en La gran comilona. Ya tenemos frikada hasta en la sopa.

Sí, he dicho frikada, no freak. En algún punto de nuestra sociedad teledirigida la palabra freak ha sufrido una prostitución semántica. Y no es lo que creemos. Esa otra cosa, la frikada, amamantada por la Gran Madre Tele, sirve lo mismo para un descosido que para un roto, y esa etiqueta se la hemos zurcido a los amigos con mote de la hija -y a ella- del famoso matador que murió en el baño (la hija, no el torero), al hijo de la folclórica y otro torero (yerno del anterior, el de la hija que murió en el baño) muerto en el ruedo, cuya provinciana dipsomanía (la del hijo), parece que interesa un huevo, a los entrevistados de Quintero, a Quintero mismo, a la caterva de majarones que popularizó Sardá y a la pandilla de julandras que son tomates, riñones y criadillas televisivas.

Pero freaks son Punset y sus invitados hablando al horario que lo hacen del cerebro del bebé, de cuando inventamos la muerte o de qué es la risa. Compare y haga la prueba: en su bar de cada mañana, el del café -o el del copazo, so dipsómano-, imagine a los parroquianos hablando de Chiquilicuatre o conversando sobre las mitocondrias. ¿Qué considerará más extraño? ¿A quiénes más raros? Si es lo segundo querrá pedir asilo político en Corea del Norte, y allí no consienten ni a freaks ni a frikis. Tranquilo, no tenga miedo, ocurrirá lo primero. Disfrute con el chiquichiqui, cuya letra se cambiará para no mentar al Rey. Y participe en la charleta de la barra, participe buen hombre. Y la noche de Eurovisión, vote. Y no se atragante, pedazo de friki.

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