Tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

Tormenta perfecta

AQUELLOS que hacían del Foro Económico Mundial la fiesta de la opulencia y la congratulación global por la larga marcha de la ruleta ganadora, ahora se muestran sin respuestas. Por eso, este año, en la montaña de Davos, no se repitió el tradicional slalom gigante del capitalismo. Mal asunto.

El descuido financiero, que está en el origen del apagón económico, cabalgó a hombros de una crisis ideológica por la que se filtraron los reductores del Estado, los mismos que ahora quieren que vuelva a su escala natural y siga haciendo sostenibles los privilegios que ensombrecen la realidad social. Aún son tímidas las reflexiones que buscan recuperar la inteligencia dialéctica de las ideas, abandonada en favor de lo políticamente correcto… Ahora, lo políticamente correcto ya no soporta otra dosis de cinismo.

En la letra pequeña de Davos se advierte el temor a los reflujos sociales de la crisis. Es difícil, en el mismo escenario y con los mismos actores, mantener el tipo y pasar de la imagen de la opulencia a la llamada al ajuste mundial. La impunidad aún preside el discurso de esta tormenta perfecta, donde el rescate de los náufragos por las patrulleras del Estado recuerda el viejo estilo del Titanic: salvemos primero al pasaje de los camarotes de lujo.

La solución que nadie encuentra, o que pocos se atreven a enunciar, va más allá del suero en vena a la gran banca… Quienes se beneficiaron de la precariedad laboral global no sólo han perdido protagonismo y prestigio, sino eficacia. Que a nadie extrañe el grito de los desheredados de la fortuna pequeña cuando la factura de la fiesta alcance, a no tardar, el estómago social.

Hace unas semanas, el joven y brillante Gidon Rachman apelaba en el Financial Times a la lógica de la supervivencia universal, que ya en el pasado siglo, tras las dos grandes guerras, alumbró esbozos de consenso a través de instituciones como Naciones Unidas, hoy claramente desfasadas. Sólo con una respuesta global, precisaba, se pueden atender los problemas globales.

Rachman hablaba de una recesión múltiple, con tres polos definidos: crisis financiera global, calentamiento global y terrorismo global… Con ser importantes estos vectores en la dinámica del sistema, la complejidad del momento descubre, sobre todo y por encima de todo, una crisis ideológica global y una crisis de liderazgo mundial. El futuro pasa seguramente por una refundación del pacto de civilización, porque sería triste aguardar a la salida del túnel para volver a ver a los Madoff camino de Wall Street en la limusina de la especulación. O dicho en clave local, ¿superar la crisis será, por ejemplo, volver al ladrillo? Algunos creen que sí…

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