La crónica económica

Joaquín / Aurioles

La banca no funciona

TODA crisis de confianza desemboca en una crisis de liquidez. Adagio premonitorio sobre el que especulábamos hace ahora aproximadamente un año y que, a la vista de los acontecimientos, se mantiene plenamente vigente y en forma. Hemos pasado por una crisis de demanda, que en su momento se pretendió explicar en el contexto del ciclo y de la que culpamos al agotamiento de la capacidad de endeudamiento de las familias y de las empresas y a las turbulencias financieras que nos llegaban del otro lado del Atlántico.

La escalada en el precio del petróleo y de los alimentos, junto al desplome del sector inmobiliario, nos llevó a considerar que eran las condiciones de producción las que estaban cambiando y que nos encontrábamos frente a una crisis de oferta con amenaza de estanflación. Reducir la dependencia del petróleo y dar el carpetazo a un modelo de crecimiento de base especulativa conformaban el bloque central del tratamiento recomendado para recomponer la situación.

Luego vinieron las crisis bancarias y el desconcierto de las autoridades ante la inminencia de un colapso de causas complejas de describir, pero que se resumen en la insuficiencia de los mecanismos de regulación internacional para enfrentarse a la imprudente voracidad de los especuladores y en un excesivo distanciamiento entre la economía financiera y la productiva. Al final, crisis de liquidez que los bancos centrales intentan solucionar con sistemáticas y masivas inyecciones, que supuestamente responden a la demanda de dinero de la economía, pero que sorprendentemente desaparece por algún resquicio de las operaciones de intermediación que realizan los bancos, sin llegar a las empresas y a los consumidores que la demandan.

El vicepresidente económico del Gobierno insiste en que el ahorro de los españoles no corre peligro, pero cuando uno se pregunta por los fondos que inyecta el Banco Central Europeo, no puede evitar la sospecha de que los bancos los están utilizando para desintoxicar sus balances de los activos de dudoso cobro que mantienen y para ajustar otros seguramente sobrevalorados, a la vista de la orientación bajista de algunos mercados, como el inmobiliario.

Y no es que se dude de la solvencia del sistema bancario español, sobre la que tanto insiste el Gobierno, pero es que se trata del mismo Gobierno que hace un par de meses todavía negaba la crisis y que mantiene que el próximo año creceremos un 1%. Lo peor es que para justificar la errática política informativa se argumenta que en cada momento se ha dicho lo que indicaban los datos y no las previsiones.

Esperemos que en lo que se refiere a la solvencia de los bancos se esté considerando algo más que lo que indican unos balances sospechosos de excesiva contaminación y que, en todo caso, adviertan que existe un terreno que reclama la atención urgente de las autoridades: el deficiente funcionamiento del sistema financiero. Lo peor que nos podría pasar es que empresas con capacidad para competir y con sus finanzas equilibradas se viesen arrastradas durante la crisis por la incapacidad de los bancos de atender su demanda de financiación.

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