La ciudad y los días

Carlos Colón

Como los cangrejos

EL Salvador. Lo primero, meter las excavadoras y quitar los adoquines. Después, ya se verá. Como los disparates que están haciendo no se los creen ni ellos, el Salvador, pese a integrarse en esa horterada que se llama La piel sensible (la cursilería moderna es aún peor que la rancia), recibirá un trato diferente al de la Alfalfa, la Pescadería o la Plaza del Pan. Y no porque cada espacio requiera un tratamiento distinto, sino porque algún jasesó les ha debido decir que se han pasado tres pueblos y dos urbanizaciones con lo que han perpetrado en esos tres espacios históricos que los ayuntamientos franquistas asfaltaron y convirtieron en garajes al aire libre (la Plaza del Pan no, en lo que su pavimento se refiere los franquistas la trataron mejor que los socialistas), y que este Ayuntamiento de progreso ha desfigurado de forma grotesca y patrimonialmente insultante.

Ya pasó esto con la Avenida, que primero iba a tener unas farolas y unos toldos modernísimos, después tuvo catenarias mezcladas con farolas fernandinas y por fin farolas fernandinas convertidas en catenarias. Eso sí: como no pusieron los horrorosos toldos, pero sí cortaron todos los árboles -incluidos los grandes y hermosos que hacían tan bellamente umbría la zona del Coliseo-, han convertido la Avenida y la Puerta de Jerez en el yunque del sol que ni los beduinos de Lawrence de Arabia se atrevían a cruzar. El otro día fui de República Argentina a la Plaza Nueva sobre las dos de la tarde y luzco un moreno de veraneo antiguo de dos meses: arrasados los jardincillos de Plaza de Cuba, desnudo el puente de San Telmo, cortados todos los árboles de la acerca del Cristina, deforestada la Puerta de Jerez y la Avenida, aquello fue una odisea beduina.

Volviendo al Salvador hay que recordar que el descubrimiento de los adoquines que este Ayuntamiento está quitando fue uno de los símbolos de la recuperación democrática del casco histórico de Sevilla y del fin de los horrores urbanísticos del franquismo. Entre los años 60 y 70 al Salvador le cortaron sus grandes árboles, lo asfaltaron, le pusieron farolas de ducha y se llevaron a Montañés frente a Correos. Con la democracia se arrancó la negra mortaja asfáltica para que resucitara el adoquinado que ahora se está quitando, volvió Montañés y se sustituyeron las farolas yé-yé. Debía ser una democracia distinta a esta, que está despilfarrando dinero público y derrochando catetería para rehacer lo que hubiera quedado de lujo con unos baratos retoques restauradores que además hubieran preservado la fisonomía de la plaza. Para atrás andamos, bajo mando de crustáceos.

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