Tribuna Económica

Joaquín / aurioles

D eflación buena y mala

CON la deflación ocurre como con el colesterol, distinguimos entre la buena y la mala y en España estamos convencidos de que la nuestra es de la buena, lo que nos permite estar más relajados que el resto de la Europa, a pesar de que aquí el descenso de los precios está siendo más intenso y prolongado. En enero los precios cayeron, y van tres meses seguidos, un 1,6% con respecto a diciembre y un 1,3% en el acumulado anual, después de siete meses en negativo, mientras que en la Eurozona la caída ha sido la mitad (0,6%) y solo llevan dos meses en negativo.

Las adversas perspectivas de crecimiento en Europa y la controversia sobre los estímulos monetarios no convencionales, hacen que se mire de soslayo a Japón, donde la ofensiva fiscal y monetaria no consigue devolver ni el crecimiento ni la inflación. El miedo a la deflación adquiere diferentes formas. Se teme, por ejemplo, que la falta de flexibilidad impida a las empresas trasladar a costes la caída en el precio de los productos, pero sobre todo se tiene miedo a la espiral deflacionista: el consumo se desploma ante la expectativa de precios a la baja, mientras que esto siguen cayendo porque el consumo no termina de despegar. En España, sin embargo, no parece que ninguna de las dos circunstancias se esté produciendo.

Por un lado, porque la caída de los precios ha coincidido con la recuperación del consumo, que se inició en el tercer trimestre de 2013. Por otro, porque las empresas tampoco están teniendo especiales dificultades para ajustar sus costes, especialmente los laborales, tanto en términos de cantidad (plantillas y condiciones de trabajo), como de precio (salarios). Si además se tiene en cuenta la recuperación de la productividad y la fuerte caída en el precio de la energía (los carburantes acumulan más de las dos terceras partes de la caída en el IPC desde el primer dato negativo en, en julio de 2014), la impresión es que la deflación en España, no es tanto la maldición de una coyuntura adversa, como el resultado natural de una acumulación de circunstancias.

Esta tranquilizadora interpretación no permite ignorar una cierta inquietud ante el estéril esfuerzo del Banco Central Europeo para invertir la tendencia de los precios. Las actitudes más alarmistas se atreven a cuestionar la vigencia de algunos dogmas económicos del pasado siglo, como el de la relación entre el crecimiento monetario y la inflación, mientras que otros se esfuerzan por adaptar el bloque básico de análisis a unas circunstancias tan peculiares como las actuales. Un enfoque convincente es el que recuerda que los estímulos sobre la demanda no repercutirán significativamente sobre los precios mientras que el nivel de actividad se encuentre alejado de su potencial, es decir, mientras que la tasa de paro se mantenga muy por encima de la natural. Otra perspectiva enfatiza en la globalización y la movilidad del capital y en que tras una década de liquidez abundante y barata, cabe esperar convergencia en precios y costes. En una economía como la europea, con precios y salarios elevados, lo lógico es que la presión sea de corte deflacionista y añada dificultad a la intervención del BCE.

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