La ciudad y los días

Carlos Colón

El error original

SIEMPRE he intuido que muchos de los peores errores que cometemos en esta vida tienen su origen en el error primero -el error original podría llamarse- de creer que los Reyes Magos no existen. No hay forma más desoladoramente eficaz de despedirse de lo mejor de la infancia para entrar en lo peor de la adolescencia, asegurando así que después se transitará a lo más desagradable de la juventud para embarrancar en lo más mortecino de la madurez hasta hundirse, por fin, en la muerte en vida de una vejez amargada, que hacerlo con el paso cambiado de creer que los Reyes Magos son una ilusión y, por lo tanto, una mentira. De ahí a creerse que sólo lo malo, oscuro, sórdido, doloroso, desabrido o amargo es lo real, y que todo lo bueno, luminoso, limpio, gozoso o amable es engaño, sólo media un paso.

A quien no se le explica bien que los Reyes Magos no son un simpático engaño o una tierna mentira se le equivoca, haciéndole creer que la palabra ilusión sólo tiene una acepción ("concepto, imagen o representación sin verdadera realidad"), cuando en realidad tiene dos más: "esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo" y "viva complacencia en una persona, una cosa, una tarea, etc.". Es triste pensar que haya quien crea que toda ilusión es engaño, en vez de esforzarse por hacerla real; y quien no se complazca en las personas, las cosas y las tareas gozándolas, queriéndolas, dándose a ellas.

Debería ser tan fácil explicar a nuestros hijos, cuando empiezan a creer que los Reyes Magos no existen, que nada es más real que el amor que sentimos por ellos y que Reyes Magos es uno de los nombres más hermosos que este amor tiene. Debería ser tan fácil para los creyentes explicarles que los Reyes Magos existieron realmente, como se cuenta en el Evangelio de Mateo -el más antiguo, escrito para las primeras comunidades judeocristianas sólo unos 50 años después de la resurrección del Señor-; que cuando llegaron al portal "vieron al niño con su madre María y, postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes"; y que en nombre de ellos se continúa la tradición de los presentes a los niños como aprendizaje de lo que será su vida cristiana adulta: ser las manos de Dios actuando en el mundo como testimonio de su existencia. Debería ser tan fácil para los padres no creyentes explicarles que son un símbolo -que es la representación sensible de una realidad, no una mentira- del amor que les tienen… Deberían ser tan fáciles estos trabajos de amor, que se me escapa por qué hay tantos desdichados que van por la vida creyendo que los Reyes Magos no existen.

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