Vivienda

Rafael / Lucas / Doctor Arquitecto Y Director Del Máster Universitario En Jefatura De Obra De Dolmen Consulting Inmobiliario (*)

La marginación de la arquitectura

La falta de mantenimiento, la adición de elementos extraños y las reformas individuales descoordinadas convierten el orden de la arquitectura en un paisaje marginal

LOS edificios nacen ya mayores. No son como los seres vivos que han de crecer y desarrollarse para luego envejecer más o menos lentamente. Recién terminados, incluso antes de que se inauguren y funcionen, ya empiezan a deteriorarse. Los embates del clima en todos sus aspectos, el vandalismo de los seres humanos, las plantas y animales, el uso y, en definitiva, el devenir del tiempo los ajan hasta arruinarlos, integrando sus restos en la naturaleza de la que surgieron. Bien lo sabían los milenarios faraones, que habían visto cómo desaparecían edificios aparentemente indestructibles levantados por sus antepasados. Lucharon contra ello con voluntad de permanecer, construyendo titánicos templos de piedra e inmensas pirámides, cuyas sombras de lo que fueron nos maravillan hoy.

El cuidado permanente de los edificios ha de ser una ocupación de todos, de forma que ese proceso de deterioro que inevitablemente se desarrolla con él sea lo más suave posible. La arquitectura popular, quizás por la modestia o mala calidad de sus materiales, ha sido siempre un ejemplo de esta preocupación por mantener los edificios en buen estado; encalando, dando bajeras, pintando, sustituyendo elementos o reparando tejados. Conviene recordar que el mantenimiento de la casa popular había superado ampliamente los aspectos estrictamente técnicos para convertirse en cultura y convivencia social; la casa blanqueada normalmente en primavera era y es todavía en los pueblos un signo de sociabilidad, respeto y orden.

El desarrollo de la vivienda colectiva y la utilización masiva de nuevos y sin lugar a dudas mejores materiales han permitido que florezca el mito de la indestructibilidad de la arquitectura actual. Liberada ficticiamente del yugo del mantenimiento, los propietarios pensaron que la arquitectura contemporánea sobreviviría sola. Pronto vimos con asombro que, si no se actuaba sobre ella, obras maestras de la arquitectura moderna como la Ville Savoy de Le Corbusier, por ejemplo, se desmoronarían. En otros casos, los edificios que eran inaccesibles al mantenimiento, imposibles de arreglar o mejorar, han desaparecido o han sido deformados por intervenciones de todo tipo y devorados por la marginalidad son irreconocibles hoy.

Anclados en este pensamiento y en una economía desarrollista, al menos durante 50 años la cultura del mantenimiento se había perdido practicando lo que en términos técnicos se denomina mantenimiento correctivo, es decir, actuar cuando ya se ha producido la avería o daño. Es en 1991 cuando la Dirección General de Arquitectura y Vivienda de la Consejería de Obras Públicas y Transportes de la Junta de Andalucía edita el Manual general para el uso, mantenimiento y conservación de edificios destinados a viviendas, que recoge el decreto y las instrucciones prácticas que obligan a mantener los edificios a propietarios y comunidades y cuando también grupos de promotores y arquitectos aislados incluyen en el proyecto sistemas y soluciones constructivas sostenibles, es decir, registrables, accesibles y fácilmente sustituibles, accediendo de lleno con ello a la nueva visión de la sostenibilidad en la edificación.

Empieza a avanzar desde entonces una cultura en la que los promotores, propietarios, arquitectos, constructores y jueces ya no piensan que los edificios son indestructibles y que todas las patologías son debidas a errores de proyecto o engaños, sino que los edificios se dilatan y retraen, se mojan y secan, hielan y desgastan, les atacan los animales, las plantas y los hongos. Los materiales con el tiempo se meteorizan o cambian, las pinturas pierden los pigmentos y los hierros se oxidan en un proceso tan natural como la vida misma, que fluye y nos hace a nosotros más viejos cada día a pesar de los sistemas de renovación de que nos dotó la naturaleza y que los edificios no tienen. Están todos convencidos de que hay que prever, adelantarse y luchar para que los edificios se mantengan como nuevos e incluso mejoren con el tiempo, ideal que es alcanzable con la aplicación de procesos actuales de mejora continua.

En todo caso, el mantenimiento debe considerarse como un primer escalón en la sostenibilidad de los edificios en la que deben estar implicados los arquitectos con diseños en los que sólo un estudio muy profundo y detallado del edificio proponga soluciones duraderas y ordenadas, que probablemente por si solas ya serán bellas, y los propietarios con el uso adecuado del mismo y la ejecución de los programas de mantenimiento establecidos.

Con ser importante lo expuesto, no es el único problema que tenemos que solucionar para mantener una arquitectura digna y no marginal. Nos referimos a otro tipo de ética de conservación de los edificios, cuyos propietarios no respetan la estética unitaria del proyecto arquitectónico, añadiendo todo tipo de elementos que como insectos afean sus fachadas. Equipos de aire acondicionado, antenas parabólicas, cubiertas de fibrocemento, cierres, bombonas de butano en balcones, conductos de humos y un sinfín de rótulos, cables eléctricos, telefónicos, conductos de gas, en resumen, tristes aditamentos y pústulas que hacen de arquitecturas sociales, sencillas y bellas por su orden y armonía feos barrios marginales.

Una tercera marginalización de la arquitectura social más difícil aún de resolver es la que se deriva del choque cultural existente entre el proyecto arquitectónico y las aspiraciones estéticas de los usuarios que intervienen de forma individual con su impronta personal modificando ventanas, añadiendo rejas de diseño inadecuado o descoordinado con los demás vecinos, cerrando balcones, colocando zócalos y encintados en un batiburrillo de formas inadecuadas a las que se añaden trozos de fachadas pintados de otro color, toldos y aditamentos varios.

Como el refrán que dice que "el rostro es el espejo del alma", la arquitectura ha sido siempre y es sin lugar a dudas uno de los más claros espejos en los que se refleja la sociedad que la habita. La imagen de abandono derivada de la falta de mantenimiento, la adición de equipos y elementos extraños y las intervenciones individualistas y descoordinadas transforman lo que era una arquitectura y una ciudad estéticamente ordenada transmisora de valores ciudadanos en un paisaje marginal, roto, muy próximo al Tercer Mundo del que paradójicamente queremos salir y al que nos aproxima; la falta de formación, pereza, incapacidad de objetivación de problemas y diálogo, así como un individualismo feroz unido a la falta de confianza y delegación en los profesionales.

Considero necesaria una reflexión sobre la gestión del mantenimiento y conservación de edificios entre los arquitectos, aparejadores, promotores y, sobre todo, usuarios para llegar a soluciones que permitan evitar esta marginalización del paisaje urbano. Nuestros hijos podrán heredar así entornos ordenados y con calidad urbana. Creo que puede ayudar a crear una cultura ciudadana capaz de resolver, de forma ordenada, legítimas aspiraciones individuales en materia de vivienda, en el entorno del consenso y del diálogo, que como siempre redundaría en la calidad de vida y en la dignidad como seres humanos.

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