La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Con los ojos del alma

Le pedí al Gran Poder que me diera un corazón que me permitiera verlo así, con los ojos del alma

Lunes Santo tras Lunes Santo fui aprendiendo que a las imágenes de nuestra devoción sólo se las ve en su verdad más honda con los ojos del alma. Me lo enseñó Ramón Pérez de los Santos. El ciego cuya devoción le permitió ver ya en esta vida a su Virgen de las Aguas tal y como la está viendo ahora en la eternidad. El ciego que veía a su Virgen de las Aguas como nadie la ha visto ni la verá. O, si quieren, como solo alcanzan a verla quienes han vivido una larga vida junto a Ella. En estas cosas de Dios los últimos son siempre los primeros y desde niño Ramón veía a su Virgen como un Pepe Gentil, un Chano Amador, un Luis Torres, un Manolo Toro o un Paco Santos alcanzaron a verla tras tantos y tantos años de quererla y servirla.

Serán cosas del Lunes Santo pero me acordé de Ramón cuando, desde que entró en el parque hasta Palos de la Frontera, mi Hermandad de Santa Genoveva cedió una manigueta del Cautivo a un joven invidente. Su bastón blanco en una mano y la otra cogida a la manigueta iba el joven, feliz, con un andar seguro. Y parecía que la manigueta fuera una mano que el Cautivo le tendía, tanto era el cariño y la confianza con que a ella se asía. Él vio durante ese largo trecho al Cautivo como ninguno de quienes lo acompañábamos lo veía. Con los ojos del alma.

Ayer en el último día del besamanos del Gran Poder los devotos me volvieron a dar esta lección. Exactamente a las 15:47 los jóvenes hermanos que recorren la plaza para que ninguna persona impedida o anciana tenga que hacer la larga cola llevaban a una señora muy mayor para que pasara ante el Señor. Cogida de un brazo a su hija y de otro a una de las custodias del besamanos llegó, pasito a pasito, con mucha dificultad, ante el Señor. ¡Cómo lo miraba, Dios mío, cómo lo miraba! Dame unos ojos que me permitan mirarte así, Señor del Gran Poder, rezaba yo al verla. Pero no es cuestión de ojos. Me acordé de Ramón y del joven cogido a la manigueta del Cautivo. Es cuestión de corazón. Entonces rectifiqué mi oración y le pedí al Gran Poder que me diera un corazón que me permitiera verlo así, con los ojos del alma y con el alma saliéndose por los ojos. Qué no habrá vivido esta mujer. Cuántas ausencias no habrá llorado. Qué penosas son sus limitaciones. Pero no le han cegado los ojos del alma. Tras pasar le pidió a su hija que la sentara en un banco para seguir viendo a su Señor. Casi una hora estuvo contemplándolo. Yo estaba tras ella. Aprendiendo de ella.

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