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Las osadías sobrevaloradas

EL orden, la claridad, la calma y el escape de influencias venenosas (los quejicas y los problemáticos, como dibujábamos el martes pasado) nos permiten tener bajo control el barco de nuestro día a día. En lo profesional y en lo personal. Son inevitables las tormentas, los obstáculos y por supuesto las obligaciones, que no debemos eludir ni posponer. De ahí que sea importante trazarnos siempre un camino y, si es posible, un destino concreto. Con cuanto más tiempo planifiquemos nuestra ruta, trabajando siempre más allá de lo que tengamos en primer plano, con más eficacia podremos resolver lo que tenemos bajo nuestros pies. La singladura diaria se sobrelleva con previsión, constancia y resolución, teniendo en mente nuestros objetivos. Día a día. Es duro, por supuesto, pero es la única fórmula para salir adelante sin pedir auxilio. La estabilidad, o más en concreto la normalidad, es lo que nos permite progresar (o simplemente, avanzar) sin caernos de la nave y sin hacer caer a los demás. Por eso a los políticos o a los directivos se les exige estabilidad. Personal y (sobre todo) emocional. Sólo con estabilidad se solucionan todas las alteraciones.

También en estos tiempos se ha sobrevalorado la audacia y el riesgo. La osadía pura está bien para el famoseo, pero decidir sobre la marcha requiere responsabilidad y no traicionar el rumbo de nuestro objetivo. Hacer saltar las cosas por los aires está bien en las películas y a veces, como válvula de escape mental, nos lo podemos permitir en la imaginación, pero no puede pasar de ahí.

Las decisiones graves sólo pueden tomarse con calma y reflexión. Todo lo que sea el futuro en nuestra vida (trabajo y familia) se ha de asumir con tiempo, aplazando las dudas importantes a que pasen las marejadas o los furores. Teniendo nuestro entorno bajo control podremos decidir sin caer en osadías peliculeras que no le sientan bien a la realidad.

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