la esquina

José Aguilar

Nunca pasa nada...

NO nos temblará el pulso para hacer lo que haya que hacer y cambiar lo que haya que cambiar para que sucesos tan trágicos no vuelvan a producirse". Así se manifestó la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, acerca de la macrofiesta que acabó con la vida de tres chicas madrileñas en un recinto del Ayuntamiento de la capital. Una fiesta juvenil que pretendía burlarse de la muerte -era la noche de Haloween- y se convirtió en tragedia mortal.

Qué manía la del Gobierno de pretender arreglar todos los problemas a base de cambios legislativos. No hace falta ninguna ley en este caso: habría bastado con cumplir y hacer cumplir las leyes y ordenanzas que ya existen. Porque tenemos un arsenal normativo suficiente para que estas concentraciones festivas y multitudinarias se desarrollen con normalidad. Sólo hay que tomárselas en serio, y la experiencia indica que no se toman en serio. Porque nunca pasa nada... hasta que pasa, y entonces todo es lamentación, rasgamiento de vestiduras, búsqueda de culpables y anuncio de reformas jurídicas.

Creo que nadie que conozca la realidad y observe sin prejuicios lo que pasa a su alrededor puede no saber que en estos festejos se venden más entradas de las que el aforo permite, se deja entrar a menores de edad que no están autorizados para entrar, no se cachea a los asistentes (bengalas y petardos lo acreditan), se acepta que se tomen bebidas alcohólicas, se monta un dispositivo de seguridad insuficiente o sin la profesionalidad exigida, se cierran puertas de emergencia para que no se cuelen los que no tienen entradas y, a pesar de ello, se producen momentos de barullo y confusión en los que la masa que empuja para entrar choca y atropella a los que quieren salir. Esto último parece estar en el origen de la tragedia del Madrid Arena.

Todo lo cual corresponde cumplirlo a los organizadores por encima de su interés en el máximo beneficio empresarial y corresponde vigilarlo al Ayuntamiento de Madrid y a su Policía Local. Estas responsabilidades están claras en el plano material, aunque su carácter penal o administrativo sólo podrá delimitarse cuando concluya la investigación abierta. Más difusa, pero no por ello menos visible, es la responsabilidad colectiva en la construcción de una sociedad en la que una parte significativa de la juventud no encuentra ninguna forma de divertirse que no sea la inmersión en la masa, el aturdimiento, el alcohol -más otras sustancias- y la espera de un amanecer de vómitos y pérdida del control.

Los padres, que ya han tirado la toalla, se resignan a maldormir, pendientes de la llamada fatídica que avisa del accidente de tráfico o la avalancha letal, o aliviados cuando oyen el ruido en la cerradura de la llave que se llevó el/la causante de su desvelo.

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