Ojo de pez

pablo / bujalance

El prototipo

EL otro día fui a ver en el Festival de Málaga Toro, la nueva película de Kike Maíllo, un thriller protagonizado por Mario Casas, Luis Tosar y José Sacristán, rodado en su mayor parte en el litoral de Málaga y Almería, con persecuciones, peleítas, torturas, coches guapos, dinero a mansalva y mucha mala leche. Afirmaba Maíllo que había querido llenar la película del espíritu del sur, así que abundan imágenes religiosas, símiles taurinos facilones y bandas sonoras hechas a base de rasgueos flamencos para refuerzo de los momentos más trágicos. Me llamó la atención el hecho de que algunos personajes hablaran un acento, digamos, conscientemente andaluz, y que estos personajes estuviesen vinculados a tres órdenes bien concretos: la superstición (echadora de cartas incluida), la fe en las tallas como mecanismo de ascenso social y el servicio doméstico u hostelero, con un perfil bajo, de vasallaje chungo y espalda torcida ante los señoritos. Éstos, los que partían el bacalao, los que sabían de qué iba la cosa y se ocupaban de los asuntos serios, se comunicaban, qué duda cabe, en perfecto castellano, por más que tampoco se les entendiera mucho dada la lamentable dicción de buena parte del reparto. Y claro, ante cosas así sale uno del cine indignado, ya están éstos otra vez poniéndonos de pobrecitos a cuenta del atavismo. Puñeta.

Después uno vuelve a casa, le da por poner la televisión, se asoma al canal autonómico y, bueno, no hay más remedio que admitir que el peor enemigo juega en casa. Ahí está, exactamente, la proyección del habla andaluza como gracieta, como chiste malo, como baile en la feria, como reunión de amiguetes en torno a una Virgen o una capea en una finca. Y que conste que no hay ningún problema con esto: cada cual es mayorcito para decir lo que quiera, como quiera, respecto a lo que quiera. El problema es que desde Andalucía se ha hecho el juego demasiado fácil a este vínculo entre el atraso vernáculo y la expresión verbal característica de la comunidad. Y esto ha sido así porque no se han ofrecido alternativas; es decir, no se ha divulgado lo suficiente la idea de que el habla andaluza (caigámonos del guindo) es absolutamente válida para decir cualquier cosa, también la más elevada, cualquier aspecto literario o filosófico, científico o artístico. Este trabajo, que antaño asumieran otros, ahora parece no ser del gusto de nadie. Y así nos luce el pelo.

Algo tiene que ver la emigración de una compañía teatral andaluza y en andaluz como La Zaranda a Madrid con la promulgación del prototipo andaluz como tonto gracioso desde los medios de aquí. Y que dure.

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