La esquina

El silencio de los sindicatos

LO más llamativo de esta crisis no es que el Gobierno la llame desaceleración y el gobernador del Banco de España ajuste. Lo más espectacular no es la subida incesante del petróleo y los alimentos, el acelerón del euríbor de las hipotecas o las grúas de la construcción muertas de risa (más bien, de tristeza). Lo más estruendoso no es que los camioneros colapsen el país, vacíen de mercancías los supermercados y llenen de pánico las cabezas de la gente.

No. Lo realmente llamativo, espectacular y estruendoso es el silencio de los corderos, de los corderos sindicales que hace bien poco eran lobos. España vive la peor crisis en treinta años, mucho peor que la de los noventa, los más altos índices relativos de paro, la carestía más elevada, el empobrecimiento de más intensidad y rapidez en décadas y, mientras tanto, las organizaciones sindicales que han de velar por los más débiles, por los parados, los trabajadores precarios, los mileuristas, las viudas que consumen sus recursos del mes mucho antes de que acabe el mes, los jubilados a los que se les dice ya abiertamente que las pensiones peligran... en la luna. O en Babia, si lo prefieren, que es más exótico como distracción.

¿Cómo han llegado las centrales sindicales a caer tan bajo? Como dijo el otro: degenerando. Aquellas organizaciones entusiastas e idealistas que encabezaron la lucha contra la dictadura, cuyos líderes se exponían a perder el trabajo o algo más que el trabajo por defender a los obreros y organizaban huelgas en condiciones heroicas, ahora son enormes maquinarias de poder, pendientes de sus clientelas, atentas a estar representadas en todas las instituciones, financiadas por los presupuestos del Estado y sumisas firmantes de una paz social permanente a la que llaman concertación, de donde salen los recursos para sus liberados, formación, estructuras y hasta vacaciones. Por pura herencia digamos genética se domestican mejor con la izquierda en el poder: a Felipe González le montaron una huelga general por la imprescindible reconversión industrial y a Aznar por querer cortar -excediéndose- los abusos en el desempleo agrario, pero frente a Zapatero, con una situación económica y social mucho peor, no mueven un músculo. Quizás ya no tienen músculo.

Por supuesto que la vida no era como nos habían dicho que era ni como la habíamos soñado. Desde luego que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Claro que el sistema lo digiere todo y asimila lo que se le ponga por delante. Pero nunca podíamos pensar que los sindicatos se desnaturalizaran tanto y tan pronto, que se volvieran tan conservadores, que se integraran en el engranaje capitalista con una fruición tal que ya no protestan ni para disimular. El país va mal y los ex lobos sindicales callan como corderos.

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