DE POCO UN TODO

Enrique / García-Máiquez

Del trabajo a casa

QUE la herencia de Zapatero es mala lo sabemos, y más que nos lo van a recordar. Para compensar en la medida de lo posible, no olvidemos que alguna cosa sí hizo bien su Gobierno, como la política de seguridad vial. Ese mérito lo tienen, y lo ha reconocido el ministro del Interior recientemente.

Implantaron el carné por puntos, que funciona, e hicieron acertadas campañas de concienciación ciudadana. Apenas han abusado de los anuncios tremendistas, lo que se agradece, y han demostrado que esas advertencias, por hacerse de una manera más dulce, no pierden eficacia. La última campaña, ya bajo el nuevo Gobierno, que esperemos que en esto -y sólo en esto- sea continuista, pretende evitar los accidentes que se producen yendo y viniendo del trabajo. La extraña mezcla de rutina y prisas hace que esos trayectos resulten muy peligrosos.

Podría entenderse la campaña como una tierna despedida al director general Pere Navarro, que se va de su trabajo a casa; pero todos, cuando hemos oído en la radio o por la televisión ese eslogan repetido De casa al trabajo y del trabajo a casa, hemos sentido una ternura más personal e íntima, un repiqueteo de alegría y una sensación de confortable cotidianidad. Se trata de un signo de los tiempos. Hubo campañas de seguridad en el trabajo en que la idea subliminal era: "Ya tienes bastante con tener que ganarte la vida, como para perderla, encima". Sin embargo, hoy tener una casa donde volver y un trabajo donde ir, es poder balancearse de una a otro en un feliz columpio. Y nuestro subconsciente lo reconoce y lo celebra en el anuncio. Que además es eficaz porque si tienes tanto, te conciencias y no quieres perderlo por nada del mundo en un accidente de tráfico.

Alguna vez he comentado que yo no sigo las modas, pero que éstas me persiguen implacablemente. Me pasó cuando no teníamos hijos y los dinkies (double income, no kids) arrasaban; o cuando el diastema era el último grito; o cuando el pensamiento conservador ganaba enteros en la cultura. Ahora, entre las reducciones de sueldo y las subidas de impuestos, parece que se impone la vida casera, con las indispensables salidas para el trabajo. Es la vida que yo, un punto misántropo, he soñado siempre. Lo ideal, por supuesto, sería que hubiésemos seguido practicándola por gusto los aficionados, y no todo el mundo y a la fuerza. Con todo, tampoco está mal que nos recuerden la suerte que tenemos de tener un trabajo y una casa, los que los tenemos. Son dos privilegios como una casa… o como un puesto de trabajo. Y si, de paso, nos recuerdan que hay que conducir con cuidado, pues tampoco está de más.

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