Entrevista Yolanda Pantin | Escritora "Ninguna forma de poder es compatible con la poesía"

  • La autora venezolana, ganadora del Premio Lorca, habla sobre la situación pandémica en su país, la fuerza del lenguaje, su conexión con Federico y su visión trágica de la vida

La poeta Yolanda Pantin (Caracas, 1954), en una imagen de archivo La poeta Yolanda Pantin (Caracas, 1954), en una imagen de archivo

La poeta Yolanda Pantin (Caracas, 1954), en una imagen de archivo / Casa de América

Un padre lee a sus hijos versos de Rubén Darío. Esa imagen, clavada en su memoria para siempre, inaugura el largo idilio de Yolanda Pantin (Caracas, 1954) con la poesía. "Mi papá no es un hombre de letras, ni un erudito, pero sí un hombre cultivado, muy curioso y amante de la literatura. Cuando éramos pequeños él nos recitaba los poemas de Rubén Darío. Crecí con esa fascinación. Mi padre era muy bello físicamente. Ese hombre tan bello recitando esos poemas tan extraordinarios. Fue un enamoramiento. Sigo adorando a mi padre, que sigue vivo junto a mi madre amada", relata la escritora venezolana. La autora atiende a este periódico desde su casa de Caracas después de anunciarse su nombramiento como ganadora del Premio de Poesía Federico García Lorca-Ciudad de Granada. La designación le pilla por sorpresa, recién despertada con un café en la mano. "Ha sido una noticia que no esperaba en absoluto porque no tuve conocimiento de que alguien me había postulado. No podía respirar de la emoción. Todavía no he podido asimilar la noticia", reconoce.

La poeta une en su obra "la tradición neovanguardista de la poesía latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX con temáticas coloquiales y domésticas, centradas fundamentalmente en la vida de las mujeres, en sus sentimientos y circunstancias", señala Álvaro Salvador. Los críticos destacan su gran sentido del ritmo y la musicalidad de las palabras; la variedad de registros; su autenticidad, su falta absoluta de solemnidad y su perspicaz ironía. Su periplo literario arranca con Casa o lobo (1981) donde trabaja con el universo de la infancia en Turmero (una despedida del mundo rural y la incómoda bienvenida del mundo urbano). Desde entonces, la editora ha publicado literatura gótica, onírica, infantil, teatral y de ensayo. Pantin es, en palabras del editor Manuel Borrás (Pre-Textos), "una de las mejores poetas vivas de Latinoamérica". Sus más de 40 años de carrera la avalan junto a numerosos galardones, entre ellos el Premio Casa de América.

-Primera pregunta obligada. ¿Cómo ha pasado estos meses de pandemia en Venezuela?

-Nosotros estamos en cuarentena oficial desde el mes de marzo. Es una situación angustiosa porque las cifras del Gobierno son muy opacas. El sistema público sanitario del país está colapsado. Los servicios médicos del sistema privado son altísimos. Vivimos una situación realmente complicada. Mi familia y yo estamos bien. Doy gracias. Nos hemos cuidado mucho. Aquí todo el mundo en Caracas anda en mascarillas. Aquí nadie sale sin su mascarilla. Estamos un poco en las manos de dios.

-El jurado la ha premiado por haber desarrollado un "largo y profundo viaje por los distintos recursos del discurso poético". ¿Qué placer halla en el lenguaje y en su exploración?

-Mi viaje ha sido de exploración interior, buscando lenguaje y palabras que puedan comunicar un cierto estado, un pensamiento, una percepción, una intuición. Eso ha significado para mí ese trabajo porque yo creo profundamente en lo que arrastra el lenguaje, en la fuerza del lenguaje, en lo que las palabras dicen sin que todavía nosotros sepamos que quieren decir. Eso ha sido mi trabajo.

-También han dicho que "retrata las sinuosidades y penumbras de la condición humana a través de infinitos registros". ¿Qué se puede decir con la poesía que no alcanza con la literatura infantil o el teatro?

-Con la poesía se puede decir lo que no se sabe. Lo que tú no sabes y lo que nadie sabe. Esa es la fuerza que tiene la poesía.

-También lo que a veces no sabemos nombrar o no podemos verbalizar.

-También. Lo innombrable. Lo que no sabemos y lo que no podemos decir porque no nos alcanzan las palabras. Por ahí anda la poesía.

-El premio lleva el nombre de Federico García Lorca. ¿Está entre sus poetas favoritos?

-Este es un camino de lecturas. El poeta que está imantado por el lenguaje busca el lenguaje. Una de mis primeras lecturas fue la de García Lorca. Ese extraordinario abanico verbal de Federico. Me acuerdo que me sabía poemas suyos de memoria y se los recitaba a mis padres cuando era niña (ríe).

-En su obra también aparecen los caballos, símbolos de la muerte. ¿Hay una conexión simbólica entre ambos?

-Puede ser, pero no es consciente. Cuando uno es joven y empieza a leer, las lecturas se van solapando la una sobre la otra. Eso se confunde en un todo que termina siendo tu voz. Es probable que esos caballos sean parientes de los caballos de Federico García Lorca. Me acuerdo que cuando estuve en Córdoba pase por un restaurante que se llama Las palmeras de los caballos rojos. A mí eso me pareció impresionante. Me impactó tanto. Imagínate tú el nombre. Eso es una cosa lorquiana. No sé de dónde sale. Se me quedó como imagen muy fuerte.

-El poeta granadino y usted tienen una visión crítica de la realidad. ¿El arte debe vincularse a la realidad social y política de su tiempo?

-Es inevitable porque no estamos desvinculados de ninguna manera. Las personas que escribimos somos parte de una sociedad. Nosotros somos un tamiz por donde pasan cosas. Hay que tener cuidado con el tema político. Como con otros temas como los poemas amorosos. Uno puede resbalarse y caer en los lugares comunes, en las frases hechas. Pero es inevitable que pase. Por mi poesía ha pasado la realidad venezolana, tanto que el libro que recoge toda mi poesía, publicada por la editorial Pre-Textos, se llama País. Imagínate la fuerza que tiene el país para mí.

-La tragedia está presente en sus poemas. ¿Es imposible desvincularse de ella viviendo en un país como Venezuela, con sus conflictos y su violencia?

-Es porque yo tengo una visión trágica de la vida y una conciencia histórica desde muy niña. No lo puedo evitar independientemente de lo que pase en Venezuela hoy o mañana. Sin olvidar el destino trágico de nuestro país.

-Aún así en su obra brilla "una serena alegría", según algunos críticos.

-Se remiten a mi último libro. Ahora tengo otra mirada. Miro con atención y mucho respeto a los niños, a los animales doméstico. Dándome cuenta de una obviedad, de que la luz existe. Hay algo que se reconcilia con la vida. Yo soy una persona de fe en la vida. Tengo una visión trágica pero al mismo tiempo soy una devota de la vida.

-¿Qué le hace creer en la vida?

-Ella misma. El hecho de que me asome por esta ventana y vea una palmera iluminada. Ese tronco enorme que es puro sol. Cómo no voy a creer en la vida.

-En Veintiún caballos reflexionó sobre el poder. ¿El poder siempre acaba corrompiendo a las personas que lo ejercen?

-Bueno, dependiendo de cómo entendamos el poder. Si nos referimos al poder de transformación estamos hablando de otra cosa. El poder por ejercer el poder sobre nosotros para aplastarnos y dominarnos no puede ser si no dañino. Quien se sienta seducido por eso termina muerto. Muerto simbólicamente, con el alma seca. No pueden haber polos más opuestos que la poesía y el poder. Ninguna forma de poder es compatible con la poesía.

-Mira al mundo desde la perplejidad, la tristeza y el escepticismo. ¿Es necesaria esa mirada en los tiempos que corren de noticias falsas, espejismos y de poca verdad?

-Sí... Vivimos unos tiempos de gran incertidumbre. Yo no puedo saber lo que va a pasar mañana, no puedo saber cómo va a ser el mundo mañana, ni en mi país ni en España ni en ninguna parte del mundo. Estamos ante algo desconocido completamente. Lo que se abre es desconocido y aterrador. Soy un poco pesimista.

-Los críticos hablan de su poesía como "una poesía despojada, con una admirable economía de medios expresivos". ¿Menos es mas siempre?

-Esa ha sido mi búsqueda. Mi obsesión: tratar de que el lenguaje diga más con menos palabras. Nunca me he dejado seducir por las palabras porque me da miedo la palabrería.

-¿Los escritores deberían tenerle alergia de los adjetivos, huir de ellos?

-(Ríe). Yo la tengo. En Latinoamérica tenemos esa frase, esa mandato, muy presente.

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