Julia Gutiérrez Caba | Actriz

"Al cine no le he hecho mucha falta, pero no le guardo rencor"

  • El Festival de Málaga rinde homenaje a la intérprete, miembro de una reconocida saga de artistas y rostro esencial del cine, el teatro y la televisión, con la Biznaga Ciudad del Paraíso

Julia Gutiérrez Caba (Madrid, 1932), asomada a la terraza del hotel en el que se celebró esta entrevista. Julia Gutiérrez Caba (Madrid, 1932), asomada a la terraza del hotel en el que se celebró esta entrevista.

Julia Gutiérrez Caba (Madrid, 1932), asomada a la terraza del hotel en el que se celebró esta entrevista. / Javier Albiñana (Málaga)

Pocos intérpretes han contribuido a hacer del cine, el teatro y la televisión un verdadero patrimonio cultural en España con la fidelidad de Julia Gutiérrez Caba (Madrid, 1932), musa de Juan Antonio Bardem y de Miguel Mihura, ganadora del Goya en 2000 por su trabajo en You’re the one de José Luis Garci y tremendamente popular gracias a su trabajo en televisión. Ahora, el Festival de Málaga le rinde homenaje con la Biznaga Ciudad del Paraíso en reconocimiento a su contribución al cine.

-¿La ha tratado bien el cine?

-No. Pero tampoco diría que me ha tratado mal. Más bien diría que no me ha dado suficientes oportunidades. Aunque también es cierto que, dado que lo he hecho principalmente es teatro, puntualmente he tenido que rechazar algunas ofertas. Pero no siempre ha sido así, que conste: ha habido periodos en que pude haber hecho mucho cine y no lo hice. Y hubo personajes que pude haber interpretado y tampoco lo hice. Porque así lo decidieron los directores.

-Eso, a pesar de haber debutado con Juan Antonio Bardem en A las cinco de la tarde en el 60.

-Bardem es el director que más presente tengo, sin duda, aunque sea porque es con quien más trabajé. Y pude haber trabajado más si la censura no hubiera prohibido un guion que escribió después de Nunca pasa nada, para una película distribuida en tres episodios en la que yo iba a protagonizar uno de los tres junto a Antonio Casas, que también estuvo en Nunca pasa nada. Pero la censura lo impidió, no hubo manera. Y lo lamenté enormemente. Ya había hecho dos películas con Bardem y me apetecía mucho seguir trabajando con él. No sólo era un director formidable, era un ser excepcional y muy cultivado. Se manejaba en cualquier sitio y en cualquier idioma, ya fuera en el Festival de Venecia o donde tuviese que ir, con mucha soltura. Daba gusto oírle. Era un compañero ideal. Invertía parte de su talento en generar un buen ambiente de trabajo. Fui amiga suya, y de sus hijos, a los que veo aún.

-¿Ha encontrado explicación al escaso apego que el cine ha mostrado por usted?

-Seguramente no hice falta a los directores. Tan fácil como eso. Así como el teatro me ha llamado siempre, en el cine me han llamado mucho menos. Y ya está. Pero no guardo rencor, que conste. El teatro y la televisión, a la que me he podido dedicar también durante muchos años, me han dado numerosas oportunidades y siempre he contado con eso. Siempre he amado el cine, pero más el que veía que el que interpretaba.

-En el teatro, de hecho, llegó usted a ser la actriz predilecta de Miguel Mihura.

-Así es. Cuando hice la primera obra de Mihura estaba en la compañía del Teatro Infanta Isabel. Todavía hacía papeles pequeñitos, aunque tenía la oportunidad de aprender de grandes actores que trabajaron también allí, como Mariano Asquerino. En aquella obra hice de hecho un papel muy pequeño, pero a Mihura le gustó y se fijó en mí. Así que poco a poco fui haciendo papeles más relevantes a la vez que crecía mi amistad con él. Era un hombre excepcional, desde luego. Para los jovencitos que leíamos La Codorniz su humor casi nos servía de alimento, así que imagínate lo que significa actuar en una de sus obras. A partir de entonces, cada vez que Mihura, a quien por cierto le gustaban mucho las mujeres, escribía una obra para el Teatro Infanta Isabel, reservaba un papel para mí, y un papel cada vez mejor. En Carlota ya tuve un personaje mucho más interesante, que gustó mucho al público. Hasta que se dio cuenta de que me llamaban poco para el cine y decidió echarme una mano escribiendo una obra para mí, que fue Las entretenidas, que me permitió pasar al Teatro de la Comedia como primera actriz. Siempre tuve muy buena relación con él, hablábamos por teléfono, cenábamos juntos, conversábamos sobre nuestras cosas. Mantuvimos la amistad hasta que él murió, demasiado pronto.

"Nunca pensé que el Goya fuese a traerme más películas como protagonista. Y el tiempo me dio la razón"

-¿Cómo recuerda usted hoy la tristeza y la nostalgia con la que murió Mihura? ¿Hasta qué punto se sentía un incomprendido?

-Poco antes de morir me confesó que atravesaba una época de desconcierto. Recuerdo que me contó que le habían nombrado catedrático de la Lengua y que lo que más le fastidiaba era tener que ir con frac. Esto no deja de ser una anécdota muy propia de Mihura, pero lo cierto es que al final no llegó a tomar posesión del cargo por otros motivos. Llegó un momento en que no sabía de qué hablar. A la gente joven nos gustaba mucho su humor tan singular, que aprovechaba para hablar de muchas cosas; y su lenguaje, único y tan rico. Pero la gente mayor protestaba. Mucha gente decía sentirse ofendida por lo que escribía. Si a Mihura le daba por citar en una obra a los peritos agrícolas, salían los peritos agrícolas a quejarse. Y pocos días antes de morir me comentaba esto, que no sabía de qué escribir. Se sentía un poco fuera de sitio.

-Por aquella época estrenó también el histórico montaje de A Electra le sienta bien el luto, de Eugene O’Neill, con Nuria Espert. ¿Estaba el público de la España de mediados de los 60 preparado para un órdago semejante?

-Pues todavía no sé si lo estaba, pero desde luego fue para mí una suerte enorme trabajar con Nuria, con la que comparto aún una gran amistad. Es una mujer de mucho talento que ha significado mucho para el teatro español. En aquella obra estaba también Alfredo Alcón, y fíjate que Nuria y él hacían de mis hijos, aunque yo soy sólo unos cuantos años mayor que Nuria. Pero guardo un recuerdo precioso de aquella obra, que además dirigió José Luis Alonso. Respecto a tu pregunta, es verdad que se trataba de un espectáculo tal vez difícil de digerir para aquella época: nuestra versión duraba tres horas, y eso que la original duraba seis, todo en una tensión constante para el público. Pero fue una experiencia maravillosa e inolvidable formar parte de aquello.

-¿Alguna vez creyó, después de que la llamara José Luis Garci para hacer La herida luminosa después de dos décadas sin hacer cine, que había llegado la hora de tomarse la revancha?

-No, no lo pensé porque soy bastante realista. Disfruté mucho el Goya por You’re the one, desde luego. Pero no pensé que aquello fuera a reportar otra película de protagonista después, con un personaje tan interesante. Dos años antes hice con Mario Camus El color de las nubes, y también estuve nominada al Goya. Pero nunca asocié ese éxito a la posibilidad de seguir haciendo películas después como protagonista. Comprendí que, sencillamente, eso no iba a pasar, y el tiempo me dio la razón. Sin embargo, ¿sabes?, a veces miro atrás, recuerdo que he hecho unas cuarenta películas y considero que algunas han sido interesantes. Pienso en Tiempo de amor, de Julio Diamante, que es una película muy bonita aunque nadie se acuerde de ella. Y Julio es encantador tanto como director como en el trato personal. También estaba muy bien Un millón en la basura, de José María Forqué, con quien también trabajé en Usted puede ser un asesino. No he hecho muchas películas, pero al menos hay cuatro o cinco que no estaban mal. Y seguro que me dejo alguna.

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