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Las Claves

De España, a Trump sólo le interesan las bases

En las relaciones con EEUU desde mitad del siglo XX ha habido tiranteces, especialmente con Zapatero y Sánchez

Dos militares acceden a la base militar de Rota.
Eduardo Briones / EP

El problema para los sucesivos gobiernos españoles es que el interés de EEUU por nuestro país es muy limitado: las bases. A lo largo de los años mostró interés al proceso de Transición, considerado un hito en el mundo por la firmeza y rapidez con el que se produjo el tránsito de una dictadura a una democracia. También se ha producido crecimiento en la colaboración económica y empresarial, y mucho tiempo después en la Defensa, desde que España se integró en la OTAN y era ya miembro de la UE cuando ésta pisaba con fuerza en el escenario internacional. Pero, que no se equivoque nadie, como no se equivocaron los jefes de Gobierno que se habían tomado la molestia de estudiar el comportamiento de EEUU respecto a España. Sólo le interesaban las bases de Rota y Morón.

En pleno aislacionismo internacional de España durante la dictadura franquista –sólo formamos parte de la ONU desde 1955– se abrió un capítulo importantísimo cuando llegó Dwight Eisenhower a la Casa Blanca. El nuevo presidente inició unas tibias relaciones con España, casi de tanteo, hasta que se produjo el gran acontecimiento de la política exterior de Franco: la visita de Eisenhower en 1955, que aterrizó en Torrejón con el dictador a pie de la escalerilla y un millón de madrileños en las calles –según las manipuladas cifras oficiales– aclamándolo.

La visita pretendía ratificar el pacto de Madrid firmado seis años antes, por el que EEUU construía cinco bases “de utilización conjunta” en territorio español, que con los años se quedaron en dos, Morón y Rota. La primera aérea y la segunda naval. En el Pacto se recogían las contraprestaciones de tipo económico y técnico que recibiría España.

Controlar el Mediterráneo

EEUU sabía lo que hacía: un país empobrecido y aislado como un apestado estaría abierto a un acuerdo tan importante con la que en aquel momento era la principal potencia mundial. Para la Casa Blanca y sus jefes militares tan obsesionados con la guerra fría, la rivalidad con la Unión Soviética, contar con bases en Rota y Morón suponía controlar la entrada del Mediterráneo y tener cercanía para sus buques y aviones militares con el continente africano. Las bases serían utilizadas para repostar sus aparatos, facilitar su mantenimiento permanente y tenerlas como punto de entrada y de salida de aviones y buques que operaran en el Mediterráneo, el Golfo y Atlántico.

A lo largo de los años, las dos bases han sido claves para todas las guerras, intervenciones militares y contiendas menores que se han producido en tan amplia zona. De utilización conjunta, la realidad era que ese uso lo acaparaba casi en su totalidad EEUU. En cuanto a las relaciones entre los dos gobiernos ha habido choques muy notables.

En esas relaciones han sido claves primero don Juan Carlos y Felipe VI después. Ambos han recibido y visitado a los presidentes sucesivos y en varias ocasiones han limado asperezas entre los dos gobiernos, sobre todo en tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez. No ocurrió lo mismo con Felipe González, sin duda el mandatario español con más conocimiento e incluso experiencia en política internacional cuando llegó a la Moncloa.

Coincidió con Ronald Reagan, pero el comportamiento de ambos fue de absoluto respeto, y su trato con George Bush padre fue impecable por encima de las discrepancias. Tanto es así que cuando González perdió las elecciones en el año 96 contra Aznar recibió una invitación del presidente de EEUU que ponía a su disposición, y la de su familia, su residencia particular de verano para que descansara después de los años turbulentos como jefe de Gobierno. Felipe lo agradeció pero no hizo uso de ella.

Aznar pasará a la historia como el presidente español que mantuvo mejores relaciones con EEUU, y su cercanía con Georges Bush hijo marcó su política exterior y en cierto sentido también su mandato presidencial, muy contaminado por la guerra del Golfo. De hecho, su apoyo marcó la trayectoria de Mariano Rajoy, candidato del PP a las elecciones siguientes, que contra todo pronóstico ganó Zapatero debido a que tres días antes hubo el brutal atentado de Atocha.

En una maniobra desacertada, torpe, y que fue un engaño inaceptable, Aznar hizo todo lo posible para hacer creer que el atentado era obra de ETA cuando se aceptaba ya que lo habían organizado terroristas islamistas. Temió que el resultado fuera adverso para el PP si se ligaba su apoyo a la guerra como causa del trágico suceso.

Un inapropiado “No a la guerra”

Zapatero no pudo empezar su mandato con peor pie en lo que se refiere a EEUU. Su “No a la guerra” lo llevó a que antes de que echara a andar su Gobierno, ya había anunciado la retirada inmediata de las tropas españolas en Iraq, de donde salieron con más pena que gloria y algunos gritos injustos de “cobardes”. Antes, había cometido la enorme falta de respeto de permanecer sentado en su asiento cuando, el Día de la Fiesta Nacional, pasó ante la tribuna de invitados la bandera de las barras y estrellas.

Durante todo su mandato presidencial, Zapatero hizo alarde de antipatía a EEUU, y como ocurre con frecuencia en la diplomacia, a actos de desapego de la Casa Blanca hacia los dos últimos presidentes socialistas españoles, Zapatero y Sánchez, se pasaba a escenas de supuesto acercamiento. Falsos pero necesarios. A un intento de Sánchez de que Biden lo saludara en un pasillo en la sede de la OTAN en Bruselas, el americano ni siquiera lo miró. Pero lo recibió en la Casa Blanca mucho después y se cruzaron frases de amistad y colaboración.

Rajoy no abrió brechas, se limitó a mantener las relaciones muy en la línea de otros países de la UE. Sánchez, sin embargo, hizo méritos para que Trump, en sus dos mandatos, le demostrara una inquina absoluta, al considerarlo un peligroso comunista. Sánchez respondió con la misma moneda, y en el segundo Gobierno de Trump se negó taxativamente a aceptar las exigencias económicas y de Defensa que trataba de imponer n la OTAN. Pero no le salió bien la estrategia a Sánchez, porque provocó que tanto sus colegas de la UE como de la OTAN no tardaran en marcar distancias con él por su falta de compromiso con la Defensa con mayúsculas que se vivía con la guerra de Ucrania y amenazaba seriamente a la estabilidad de Europa. También quiso diferenciarse Sánchez con Gaza, donde en su empeño de apoyar sin fisuras la causa palestina marcó tanta distancia con Israel que Borrell en sus últimas semanas de jefe de la política exterior de la UE tuvo que recordarle que los miembros de la UE están obligados a asumir determinadas decisiones aprobadas por la Comisión y el Parlamento Europeos.

Ante el ataque de EEUU e Israel a Irán, que ha provocado la muerte de Ali Jamenei, Sánchez no se ha aliado con Irán pero sí se ha desmarcado de EEUU y, sobre todo, de Israel. Ante la mayoría de los dirigentes internacionales, el español pretende tener papel propio ante una situación de emergencia máxima porque puede derivar en guerra.

A Sánchez alguien ha debido alertarlo sobre el peligro de mantener esa postura, que coloca a España fuera del mapa en el que se toman las grandes decisiones sobre política internacional, Seguridad y Defensa y, tras pronunciar un sonoro “No a la guerra” urbi et orbe que ha sido recibido en algunos despachos de poder españoles y no españoles con escándalo, por su tinte electoralista y por sus graves repercusiones políticas y económicas, ha enviado la mejor fragata de guerra española para cooperar con los buques de guerra europeos a auxiliar a Chipre, miembro de la UE bombardeado por Irán. Una rectificación en toda regla.

Sánchez se resiste a asumir que su antipatía por EEUU –propia de sus tiempos universitarios– no se puede aplicar a la política de Defensa cuando se ocupa la Presidencia de Gobierno.

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