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LISETTE OROPESA | CRÍTICA

Músicas de las dos orillas

Lisette Oropesa, entre España y Cuba.

Lisette Oropesa, entre España y Cuba. / Guillermo Mendo

Hay veces que uno tiene la sensación de que todo aquello que pueda escribir no servirá para explicar ni para dar una tímida imagen de lo que ha sucedido en el escenario. Y una de esas veces es ahora mismo ante el desafío de analizar la descomunal actuación de Lisette Oropesa en el Teatro de la Maestranza. Tendrán que pasar muchos años para que se pueda repetir una experiencia como ésta gracias a una de las voces más atractivas, bellas y bien manejadas del panorama internacional.

Patiendo de un tipología de soprano lírico-ligera en la que el registro superior se desenvuelve con rutilante brillo y una capacidad de penetración en el espacio asombrosa (ese Mi bemol en Escucha ruiseñor de Lecuona), incluso cuando son emitidos en piano (final de Flor de Yumurí), presenta sin embargo un centro bien armado, de bellas tonalidades sombreadas, unido al registro superior sin fisuras. El descenso hacia "Que a nadie se la diré" en el Polo fue impecable, perfectamente apoyado, redondo y sonoro. En materia de coloraturas hubo momentos indescriptibles, con perfectos picados, escalas y trinos, con una facilidad pasmosa para atacar los saltos interválicos de manera limpia y afinada, sin notas de apoyo ni portamenti. Remató En un país de fábula con una maravillosa messa di voce de quitar el aliento.

Todas estas cuestiones técnicas, con ser de por sí ya sobresalientes, de nada servirían sino estuvieran al servicio del fraseo y de la expresión. Y ahí es donde Oropesa desarma desde los primeros compases gracias a la seducción y delicadeza de su manera de decir, con la complicidad de ese ligero temblor de emoción en su voz. No se puede cantar de una manera más delicada, sotto voce y a flor de labios, la Asturiana o laNana de Falla. En las canciones de Rodrigo supo amoldar el sonido a una dicción siempre clara y una fraseo muy cuidado, delicado y sutil. Maravillosos por último los tres bises, sobre todo ese vals de El húsar de la guardia tan elegantemente cantado.

Fernández Aguirre volvió a ser el acompañante ideal para las voces, tal es su capacidad de empatizar y arropar. Sobresale en él la delicadeza que es capaz de extaer de un piano (incluso de los problemáticos pianos del teatro y de la orquesta) en momentos como algunas de las canciones de Falla, pero también la energía y el sentido del tempo y del rubato, como en El paño moruno o en Verano porteño o en De los álamos vengo, con articulación picada muy cuidada.

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