Emoción frente a domesticación
Zambra de la buena salvaje | Crítica de danza
La ficha
**** ‘Zambra de la buena salvaje’. Isabel Vázquez. Idea original, coreografía e interpretación: Isabel Vázquez. Dirección: Alberto Velasco. Dramaturgia: Ruth Rubio. Iluminación: Benito Jiménez. Vestuario: Yaiza Pinillos. Espacio Sonoro: Santi Martínez. Producción: Elena Carrascal. Lugar: Teatro Central, Sala Manuel Llanes. Fecha: Viernes 6 de marzo. Aforo: Lleno.
Hace diez años, al cumplir los 50, Isabel Vázquez, una de las mejores y más personales bailarinas de esta Comunidad, se retiró de los escenarios con su espectáculo Hora de cierre . Y no porque su deseo de bailar hubiera desaparecido sino porque, en su profesión, el sistema invisibiliza o borra de un plumazo a las mujeres mayores. Un sistema que nos tiene tan domesticados que cualquier rebelión parece destinada al fracaso.
Ahora, después de diez años en los que Vázquez no ha dejado de coreografiar y de dirigir para otros artistas, la bailarina, la gran bailarina que hay en ella ha decidido ponerse el mundo por montera y volver a los escenarios.
Para ello, para expresar con su cuerpo todo lo que bulle por su cabeza y hacerlo resonar en la cabeza de los espectadores, buscó ayuda y encontró un equipo que ha demostrado vibrar en su misma frecuencia. Ellos son Alberto Velasco en la dirección y la onubense Ruth Rubio en la dramaturgia, siempre con el apoyo de Elena Carrascal en la producción. Un equipo al que más tarde se unirían Benito Jiménez para iluminar el escenario, Yaiza Pinillos para vestirla y todos los demás que han hecho posible este Zambra de la buena salvaje, estrenado el pasado año en Madrid en Danza y que este fin de semana llega por fin al Teatro Central con las entradas agotadas.
Zambra de la buena salvaje es un espectáculo esencialmente teatral. Con muchísima danza, puesto que la mujer que lo protagoniza es bailarina, pero en él toda la danza, todo el movimiento están al servicio del recorrido que ella emprende por los entresijos de su intimidad, mezcla de memoria y de presente, para arrancarse, desde la nueva libertad que le confieren sus 60 años, todo ese cúmulo de imposiciones que, en la mayoría de los casos, logra cercenar las alas de la creatividad.
Bajo la invocación de la zambra, uno de los bailes más libres y denostados de la historia, Isabel Vázquez toma la palabra y el escenario –el lugar de todos los imposibles- para convertirse en una salvaje y sacudirse las capas de convención que se han ido acumulando sobre ella. En él se permite hablar, se permite decir no, se permite la confesión, el grito, la rebelión, la rabia, el humor… Se permite jugar a ‘Simón dice’, pasar de Pavarotti a Matt Monro o incluso tirar con estrépito de la manta, mejor dicho de la mesa familiar con el precioso mantel de los domingos para, una vez destruido todo, renacer con una nueva piel, simbolizada en un impermeable de un nada inocente color amarillo chillón.
En esa destrucción, aparentemente caótica, Isabel Vázquez logra involucrarnos a todos (sobre todo a todas) hasta compartir una emoción pocas veces presente en un espectáculo de danza sin argumento.
Es justo resaltar, sin embargo, que la salvaje del escenario es una “buena salvaje”. Que a pesar de su rebeldía, o por encima de ella, la belleza, la elegancia de su cuerpo y su magnífica danza brillan de principio a fin. Tal vez porque, paradójicamente, la danza no forma parte de su domesticación, sino de su ADN.
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