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Sevilla

Marcos Pacheco Morales-Padrón

Entre asombro y desconcierto: extranjeros ante la Semana Santa

Las túnicas largas y los capirotes de los nazarenos son los elementos que más sorprenden

La Semana Santa en Sevilla (1838).
La Semana Santa en Sevilla (1838). / Vicente Castelló y González del Campo. Biblioteca Nacional de España

08 de marzo 2026 - 06:00

Cada año, cuando se acerca la Semana Santa, Sevilla vuelve a convertirse en un escenario singular donde tradición, religiosidad, arte y emoción se mezclan de una manera difícil de explicar con palabras. No es extraño, por tanto, que viajeros extranjeros hayan intentado describirla durante siglos, con resultados tan variados como reveladores. El profesor Francisco Morales Padrón recopiló muchas de esas miradas en su libro Otra imagen de Sevilla. La visión de los viajeros extranjeros (1500-1850).

Hablar de la Semana Grande de nuestra ciudad nunca ha sido tarea sencilla. Ya lo advertía el escritor sevillano Rafael Laffón (1895-1948): “comprenderla exige no solo información, sino también sensibilidad”. En ella confluyen elementos religiosos, sociales, estéticos y culturales que forman parte de la identidad colectiva de la capital andaluza. Por eso, muchos viajeros que la observaron desde fuera se enfrentaron a una realidad compleja que no siempre lograron descifrar del todo.

Lo primero que sorprendía al forastero era la transformación de la ciudad. Las calles se llenaban de gente, el ritmo cotidiano cambiaba y la ciudad parecía vivir volcada hacia sus procesiones. Esta impresión de transformación urbana ya fue descrita por viajeros del siglo XIX, mayormente franceses, que señalaban la enorme afluencia de visitantes y el ambiente extraordinario que se respiraba durante esos días. De hecho, la idea de una Sevilla “invadida” por el turismo no es en absoluto un fenómeno reciente. Un artículo publicado en el diario La Andalucía en 1858, y dado a conocer por la cuenta de X El Cajón de los Misterios, describía con ironía el tumulto de forasteros que llenaban las calles estrechas para ver pasar las cofradías:

“Más vale sufrir la carga de yerno, cuñado y suegra, celebrar segundas nupcias, y ser mozo de taberna, que hallarse en las cofradías y por una calle estrecha delante de una comparsa de la plebe forastera. Muchachuelos hotentotes, patagónicas mozuelas, madres y padres caníbales empujándose en hilera, os impelen vigorosos; contra la gente os estrellan; y vais de la horrible oleada por espumosa cabeza; expuesto a que, separando mercedes a embestida fiera a un amoroso Quijote de su amada Dulcinea, o apoyando vuestras manos en la redonda cadera de una mujer de don Pánfilo que atrás a Otelo se deja, os sacudan las costillas, u os aplasten la mollera. Si os paráis para evitar tan amarga contingencia, y elegís sitio propicio para ver los pasos cerca, os quitará el primer término una legión forastera, y os abrumará a preguntas, os hará un trapo el de felpa, y saldréis para la cama de su inexorable prensa”.

Entre las imágenes que más impresionaban a los viajeros estaba la de los nazarenos. Sus túnicas largas y los característicos capirotes resultaban desconcertantes para quienes no conocían el significado de esta tradición penitencial. El escritor estadounidense James A. Michener (1907-1997), por ejemplo, confesaba que aquel atuendo le recordaba inevitablemente a las vestimentas del Ku Klux Klan; una comparación nacida del choque cultural más que de un análisis histórico. También observaba que la indumentaria parecía remontarse a la Edad Media, recordando los hábitos utilizados por los penitentes en tiempos de la Inquisición. La monja francesa Magdeleine Hutin (1898-1989) consignó que el nazareno no podía descansar, hablar, humar o beber, y añadía que quienes conocieran las aficiones de los españoles, sabrían cuánto suplicio significaba para estos privarse de todo ello.

El aspecto artístico de las procesiones también provocó reacciones muy distintas entre los observadores extranjeros. Algunos quedaron impresionados por el esplendor de los pasos y la riqueza de los bordados, mientras que otros lo interpretaron como un exceso decorativo. Para el viajero francés Eugène Louis Poitou (1815-80) lo que más admira es el “mal gusto con que están vestidas las vírgenes, porque parecen verdaderas muñecas”, describiendo mantos de terciopelo bordados en oro, diademas, encajes y joyas que, a su juicio, ocultaban la esencia espiritual de la escena. Sentenciaba diciendo que «es difícil, incluso para el cristianismo más sincero, no sentirse entristecido viendo las grandes escenas de la Pasión así disfrazadas (…) La imagen más venerada será la que impresione más los ojos por el lujo real de sus vestidos, o por la repugnante naturalidad de sus heridas sangrantes, de sus miembros maltrechos y destrozados”. Estas críticas reflejan en realidad un choque cultural entre distintas formas de entender la religiosidad popular.

Las crónicas de los viajeros también recogen escenas curiosas. Algunos autores mencionaban disputas entre cofradías cuando coincidían en una calle estrecha y discutían cuál tenía prioridad para pasar. Otros describían la impresión visual de los pasos en movimiento; el escritor francés Henry de Montherlant (1895-1972) llegó a compararlos con enormes insectos al observar las decenas de pies de los costaleros moviéndose acompasadamente bajo el paso.

La Semana Santa sevillana es, en realidad, una compleja mezcla de penitencia y fiesta, silencio y música, multitud y recogimiento. Tal vez por eso tantos viajeros extranjeros quedaron fascinados y desconcertados a la vez ante una celebración que no puede entenderse únicamente como un desfile procesional, sino como una expresión cultural profundamente ligada a la historia, el arte y la sensibilidad de Sevilla.

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