La tribuna

José Luis Valverde

No hay salida sin Europa

DESORIENTACIÓN y perplejidad pueden ser los dos términos que definan la situación anímica de los ciudadanos españoles. No se visualizan coordenadas firmes y claras, donde se puedan ir situando los caprichos cotidianos de la fortuna o de la desgracia. El resultado es una incertidumbre general en lo económico, lo político y lo social.

Los acontecimientos de estos días están dando cierta relevancia a lo exterior. Tal vez, se podría aprovechar la ola para preguntarnos ¿por qué no somos coherentes en un ámbito esencial para la identidad y el futuro de un país como es su política internacional?

El ingreso de España en la UE, en 1986, fue una decisión trascendente y decisiva para nuestro país. Significaba renunciar a partes esenciales de nuestra soberanía nacional para ejercerlas en común por las instituciones de la UE. Era el reconocimiento expreso de la renuncia de nuestro país a seguir caminando en solitario, para participar en el proyecto político más sugestivo de nuestra época como factor de paz y de prosperidad. Sin olvidar que es un proceso en marcha, por ser una obra inacabada, tiene debilidades e inconvenientes. La única vía de superarlos es seguir avanzando en la construcción del gran edificio de la UE.

La fuerza, la importancia y la influencia de todos los países europeos -de todos, incluidos Gran Bretaña, Francia e Italia y, por supuesto, España- está en actuar conjuntamente. Esta es la realidad actuante. Lo demás son delirios de grandeza injustificada, carentes de toda base.

La situación internacional privilegiada en las Naciones Unidas y en el G-8 y otras instituciones internacionales, de países como Gran Bretaña y Francia, proceden de las reminiscencias históricas de la Segunda Guerra Mundial. Pero no tienen ninguna base sólida en el mundo actual.

España ha de buscar su fuerza y su influencia en el seno de la UE y no fuera. Lo demás son puros voluntarismos, espejismos y el renacimiento de un nacionalismo trasnochado, que no conduce a ninguna parte. Tampoco es nada positivo cultivar el victimismo internacional y, mucho menos, culpar de nuestras deficiencias, errores y poquedad a los demás.

España ha de centrar su política internacional y nacional en los valores, principios y objetivos marcados en los Tratados de la UE.

Los países europeos sólo podrán ejercer su influencia hablando con una sola voz en la ONU y en los demás foros internacionales. Es una gravísima desorientación y pérdida de tiempo situar nuestra política fuera del marco de la UE.

España debe liderar dentro de la UE una presión permanente y constante para que sean todos los países de la Unión los que decidan conjuntamente y no que sea el Directorio de Alemania, Francia y Gran Bretaña, con o sin Italia, el que marque las pautas. El intentar volver al Directorio europeo es un grave error y una desorientación histórica y política. Es volver al escenario de la Segunda Guerra Mundial. Es un retroceso inaceptable.

En cualquier escenario de negociación mundial hay que asegurarse de que Europa tenga una sola voz. Y su peso ha de ser la realidad conjunta, mejor o peor, de sus veintisiete Estados miembros. De sus quinientos millones de ciudadanos.

Es un error de España mendigar. España puede y debe articular una reacción en el resto de países europeos para exigir que los países de la UE que, por razones históricas, están representados en los foros internacionales se comprometan a ser la voz única de la posición de la UE.

No hay otra salida ni para España ni para ningún país europeo. Gran Bretaña y Francia no representarán nada como naciones individuales si no tienen el apoyo del resto de países de la UE. Esto hay que dejarlo claro también a estos países.

Tal vez Alemania también reflexionaría. Cuentan con ella en los foros económicos, pero está sin voz en la ONU. No se puede seguir anclado en el pasado, cuando la realidad camina hacia otros derroteros. La UE ha de trabajar, con energía, también, para reformar la ONU. Tiene el modelo y el ejemplo de ejercer soberanías compartidas en ámbitos concretos.

La UE tiene la suerte de haber tenido un puñado de hombres de Estado que, en los años cincuenta, vieron claro que si queríamos que los países europeos conservaran su influencia y se evitaran las guerras, lo tenían que hacer de forma conjunta, en el seno de una Europa unida.

Esta enseñanza no la debería olvidar nadie y menos los gobiernos. La UE puede y debe tener una sola voz a nivel mundial. Lo demás es un puro anacronismo histórico suicida. Los ciudadanos han de exigir coherencia y responsabilidad a sus gobiernos y olvidar orgullos nacionalistas, carentes de toda base y que sólo nos conducen al fracaso colectivo.

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