la esquina

José Aguilar

La solvencia y la eficacia

NO participo del pensamiento, muy extendido, de que la solvencia profesional de un hombre o una mujer sea virtud suficiente para garantizar que vaya a ser un buen cargo público. De ser así, el nombramiento de un ministro estaría tirado: se nombra al número uno de su promoción en cada ramo (médico a Salud, ingeniero a Fomento, abogado a Justicia, etcétera) y la eficacia del Gobierno estaría asegurada.

El pensamiento opuesto resulta, sin embargo, más peligroso todavía. La idea de que cualquier militante del partido que haya ganado unas elecciones valga para cualquier puesto de responsabilidad es nefasta. "Lo importante es que sepa de política", se argumenta en sustento de esta tesis, lo que viene a significar que una persona baqueteada en el sectarismo, la vida orgánica, la lealtad perruna al jefe y el navajeo político está suficientemente capacitada para llevar un ministerio en la España del siglo XXI.

Algunos de los nombramientos de Zapatero se han demostrado reiteradamente rehenes de esta concepción. Zapatero designó ministros y ministras con escaso equipaje. No ya intelectual o profesional (tampoco hace falta haberse doctorado en Harvard para entrar en un gobierno), sino incluso vital. Gente con poco bagaje de conocimientos y de experiencia, pero "muy del partido", que es un soniquete que se repite a falta de mejores prendas que esgrimir. De este modo han accedido a ministerios miembros fidelísimos del partido gubernamental o independientes de su órbita que tal vez fueran valiosos por diversos conceptos, pero que en su vida habían gestionado ni su comunidad de vecinos. Sin haber trabajado en ninguna Administración ni haber manejado un presupuesto es difícil irrumpir en la cúspide del poder político y hacerlo bien. A Zapatero le perdía también otra debilidad: no buscaba a los mejores, sino a los que convenían a sus necesidades de cuotas y sus fantasías ideológicas (la igualdad de la mujer, el brillo mediático, la carcasa y el escaparate).

En este sentido creo que hemos salido ganando con el primer Rajoy presidente. Casi todos los ministros que ha designado tienen currículos brillantes, vida propia fuera de la política y experiencia en escalones inferiores de las administraciones públicas. También son personajes moderados en general, ideologizados en un grado no insoportable para quien no piense como ellos. Rajoy no nos ha castigado con ninguna ocurrencia ni excentricidad. Insisto en que todo eso no asegura que vayan a hacer una magnífica gestión de sus carteras. Pero el error posible, yo diría que seguro, de algunos de sus nombramientos será siempre preferible a la equivocación innegable que acompaña el criterio utilizado con anterioridad.

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