El vino, mejor que tenga nombre y apellido

  • El bodeguero vallisoletano Carlos Moro presenta a los hosteleros sevillanos sus novedosos caldos elaborados en La Rioja

Carlos Moro (derecha), en la presentación de los vinos CM y Oinoz con Miguel Merino, de Distribuciones Merino. Carlos Moro (derecha), en la presentación de los vinos CM y Oinoz con Miguel Merino, de Distribuciones Merino.

Carlos Moro (derecha), en la presentación de los vinos CM y Oinoz con Miguel Merino, de Distribuciones Merino. / juan carlos vázquez

"De beber, póngame un riojita". Y si uno dice un "riojita", otro dice un "riberita". Elaborar un vino, un buen vino, es tan complejo, tiene tanta física y química, tanta cabeza y a la vez tanto corazón, que negarle el nombre y el apellido es empezar a faltarle al respeto.

En Sevilla, la frase que encabeza esta información resuena en almuerzos y cenas, sea el restaurante que sea. Aunque va a menos. Los comensales tienen cada vez más celo por pedir la carta de vinos, se preocupan por las uvas que obraron en ese pequeño milagro… o ese gran pecado. Esa creciente inquietud se refleja en el éxito que suelen tener las catas organizadas.

Si hay alguien que sabe de vinos con nombre propio es Carlos Moro, fundador de las Bodegas Matarromera en 1988 (Valbuena de Duero, Valladolid) y que firma vinos en diferentes denominaciones de origen: Ribera del Duero, Rueda, Cigales, Toro, vinos de la Tierra de Castilla y León. En 2014, este bodeguero y empresario, reconocido este año con el Premio Nacional de Innovación por el Ministerio de Economía (galardón que le entregó el rey Felipe VI), quiso ir más allá. Nada menos que a los pagos de La Rioja. Fundó otra bodega más y la nobleza de su aventura se graba en la etiqueta, que lleva su nombre y su primer apellido.

Hoy, tras años de investigación y dedicación, de pruebas, descartes y refinamiento, Bodegas Carlos Moro presenta en Cádiz y Sevilla sus variedades de Rioja con el apoyo de Distribuciones Merino. Cerca de 70 hosteleros sevillanos ya han catado sus novedodos caldos.

Dos son las etiquetas, CM y Oinoz ("vino" en griego), y cada una contiene a su vez dos vinos. Por un lado, están CM 2015 y CM Prestigio, caldos de inspiración más tradicional, bajo una producción muy limitada. El propio Carlos Moro, que ofició de maestro de ceremonias ante la prensa en un almuerzo en el trianero restaurante María Trifulca, definía sus nuevas creaciones mientras avanzaba la cata, que prologó un Oinoz verdejo fermentado en barrica, de estilo borgoñón.

Los vinos CM llevan las iniciales del bodeguero porque ha sido él, como experto enólogo, quien ha dirigido paso a paso la gestación de ambos. Desde la elección de la tierra, pasando por el momento de la recolección de la uva tempranillo, su maduración en barricas. Y su embotellado. Un vino de autor con todas las de la ley.

"Estos vinos reflejan toda la personalidad propia de la zona de La Rioja más cercana a la Sonsierra, viñedos llenos de fruta e intensidad, pero con el estilo nuestro", detalla Carlos Moro. Los vinos de la línea CM, color picota y con un largo retrogusto, mantienen un estilo más tradicional.

Los dos de la línea Oinoz, el Oinoz Crianza y el Oinoz by Claude Gros -el enólogo francés aporta su creatividad y los firma-, son de inspiración más moderna y proceden de parcelas bajo la Sierra de Cantabria. De color cardenal oscuro, en boca dominan los frutos rojos y aparecen los minerales.

En realidad todos, los cuatro vinos, nos hablan del terruño. "Cuando las raíces de tu tierra se aferran a tu alma, es difícil no escuchar la palabra 'vuelve", reflexiona Carlos Moro. Él vuelve a la tierra con sus nuevos vinos. En ella entierra sus manos. De ahí que les ponga su nombre y su apellido.

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