Esperando el gran cimarrón
Las almadrabas trabajan ya en las trampas para el atún rojo sin conocer aún cuánto les corresponderá del primer aumento de las cuotas de captura en años
Paul Watson, el capitán pirata de Greenpeace, pesadilla de los balleneros, lleva veinte años sin comer pescado y, es más, considera que todo aquel que come atún rojo, o cimarrón, como le llaman en el norte, es un delincuente. La especie se recupera, pero Watson mantiene su cruzada: dejemos a los atunes en paz. Mientras, Kiyoshu Kimura, propietario de la mayor cadena de restaurantes de sushi de Tokio, pagaba 1,3 millones de euros por un ejemplar gigante de atún rojo y animaba a los pescadores a seguir buscando piezas de este calibre.
Kimura es rico. Vende pescado en un país que consume 11 millones de toneladas de pescado al año y de ellas apenas 30.000 toneladas son atunes, un manjar. De esos 30.000 una pequeña parte proviene de las almadrabas de Cádiz, autorizadas a capturar 650 toneladas en la migración de colosos al Mediterráneo. Esa ínfima parte del mercado japonés es el 70% de lo que vende este sector asfixiado por años de recorte de cuota y del que en la actualidad viven poco más de 200 familias entre Conil, Barbate, Zahara y Tarifa.
Fueron las almadrabas las primeras en anunciar que se estaba esquilmando la especie cuando vieron que cada abril era menor el número de ejemplares que caían en unas trampas que se colocan en el mismo lugar desde hace 3.000 años. Algo estaba pasando. Los científicos reconocen a las almadrabas como el mayor laboratorio ecológico de atún del planeta. Sin embargo, han sido las almadrabas las que han pagado la avaricia de los grandes buques industriales con inmensas cámaras frigoríficas que cazaban el atún en cualquier punto del planeta. Watson y Kimura, el primero con su radicalismo y el segundo con su voracidad, son las dos caras de una moneda que han estado a punto de acabar con una riqueza que se pierde en la noche de los tiempos.
En la taberna Abelardo de Barbate, situada junto al río donde hibernan los barcos almadraberos, no conocen a Watson ni a Kimura. Abelardo no tiene el glamour de El Campero, que, de la mano de José Melero, ha puesto al atún rojo en la galaxia de los paladares selectos, pero sí atesora buena parte de la historia de la industria almadrabera. Aquí se despachan tapas de atún mechado y encebollado sin adornos ni emulsiones. En sus paredes se ven imágenes de las levantás, aguas rojas de sangre. En las fotos de colores desmayados por el tiempo, los atunes viejos que han caído en la trampa son arponeados por los almadraberos. Sudor y muerte.
Junto a estas fotos, un pequeño recuadro con una reliquia: "Monedas emitidas por el Consorcio Nacional Almadrabero en tiempos de guerra". Es una joya numismática, una rareza. "Durante la Guerra Civil no circulaba la moneda. Barbate tenía la mayor industria de atún de Europa y mantuvo su funcionamiento, por lo que el Consorcio, que era estatal, emitió su propia moneda para los trabajadores, que eran muchos, más de 500 sólo en las almadrabas, y que servía para intercambiar por alimentos en una especie de economato", conferencia mientras sirve vinos el mesero de Abelardo.
La familia Crespo se dedica a las almadrabas desde hace generaciones. Cuenta Patricio, uno de los hermanos, que "cuando el Consorcio Almadrabero era estatal nosotros nos fuimos a Larache y anclamos allí nuestras almadrabas". Marta Crespo es la que ejerce, desde Sevilla, de portavoz de la que hace la número 51 de las organizaciones de productores pesqueros españoles, la de los almadraberos de Cádiz, OPP-51. Su mensaje es nítido: "Fuimos los que dimos la voz de alarma y somos ahora los que avisamos de la recuperación del atún".
Durante la pasada campaña miles de atunes fueron devueltos al mar. La escasa cuota que se otorgó más la que se adquirió en la subasta de otras cuotas, el Fondo de Maniobra, se cubrieron en pocos días y apenas dieron, como en las anteriores campañas, para cubrir los gastos de esta actividad.
Diego Crespo, gerente de la OPP 51 y otro de los hermanos de esta familia almadrabera, enseña la superficie de la malla de una de las redes en la chanca en la que se guardan las artes de esta trampa. Es un gran cuadrado por el que cabe holgadamente el gran puño de un lobo de mar. "Aquí no cae ningún pezqueñín. Este tipo de captura es la más ecológica que existe. A nosotros no nos interesa un ejemplar de 70 kilos. Capturamos atunes mayores, de unos 180 kilos, todos los que no sean reproductores". Los hermanos Crespo siempre recuerdan la frase de uno de sus capitanes más veteranos, el capitán Ramón, que gritaba a los almadraberos en las levantás: "¡Sólo atunes menopáusicos!".
Sin embargo, pese a la certeza de la recuperación de esta pesquería, científicos y ecologistas han sido prudentes en la reunión del Icaat (Comisión Internacional para la Conservación del Atún Atlántico) el pasado noviembre en Agadir. Se decidió aumentar la cuota tras años de drásticas reducciones, pero en una cantidad ínfima: 600 toneladas, cien de ellas para los españoles. Carlos Domínguez, secretario general de Pesca del Ministerio que dirige el gaditano Miguel Arias, considera que "los estudios científicos disponibles son extremadamente conservadores a pesar de los síntomas de mejora del stock que pueden apreciarse en el caladero". Con la ambigüedad de la recomendación científica, España logra 2.500 toneladas para 2013. ¿Cuántas corresponderán a los almadraberos de Cádiz? No se sabe.
Diego Crespo prefiere ser positivo: "Demos por zanjada esta etapa y no cometamos los mismos errores. Los alamadraberos no hemos sido los culpables de esta situación crítica que hemos pasado. No volvamos nunca a los años del todo vale, de permisos, incluso subvencionados, a buques y más buques. Ha cambiado la tendencia, la cuota crece, no mucho, quizá el próximo año sea más elevada, pero éste nos vamos a tener que conformar con lo que toque". ¿Y qué toca? "Pues puede parecer mentira, pero aún no ha salido la orden ministerial. El pasado 11 de febrero llamamos a nuestros trabajadores porque nosotros no podemos improvisar. Instalar las artes lleva dos meses, pero es que además tenemos que saber cuál es la cuota que se nos va a asignar y no nos vale que España tenga cien toneladas má si no sabemos si va a haber nuevos invitados a la mesa". Esos nuevos invitados son los canarios, que llevan años reivindicando un trozo de un pastel ya de por sí pequeño. Sin conocer ese dato, los almadraberos tampoco pueden negociar compra de cuota a otras zonas pesqueras.
Hay actividad en la nave industrial de la almadraba de Barbate, situada en el extremo del muelle marítimo. Antonio, que está trabajando entre montañas de boyas rojas, como la piscina de pelotas de un gigante, lleva en este negocio desde el año 93. Antes se dedicaba a la pesca del boquerón, "mucho trabajo, mucha incertidumbre, muchos días fuera de casa y poco dinero". Mejor la almadraba, lo que en los años 60 no quería nadie en Barbate. Las almadrabas reclutaban mano de obra en Huelva. La pesca de las traíñas naufragó, Europa pagó la factura de los desguaces. No hay trabajo en la mar. "Ya apenas hay gente de Huelva en la almadraba, se han ido jubilando. No habrá más de cuatro o cinco. Casi todos somos de aquí".
Antonio sueña con cabezas. "A los empresarios les interesan los kilos, a nosotros las cabezas: cobramos por cada una de ellas. Habitualmente colocamos tres piscinas, esta temporada quizá haya que poner una más". El aumento de cuota les hace tener esperanzas de ingresos más magros que las últimas temporadas: "Habíamos pasado de coger 15.000 o 20.000 ejemplares a coger 2.000. Vaya ruina". Con las cabezas de los atunes de la última temporada, Antonio se sacó 16.000 euros. Este año tendrá que ser más, aunque 16.000 euros, no siendo mucho, es suficiente para seguir diciendo que no, "que al boquerón no vuelvo. Aquí había lo menos 60 barcos y ahora si quedan media docena... Tal y como se las gasta Marruecos, el boquerón no compensa".
Junto a las boyas, se trabaja en los barcos, entre serpientes de esparto. "¡Agarra el chicote!". Quieren dejarlo todo preparado para empezar a calar las anclas la próxima semana. Lo primero, explica uno de los trabajadores, "es colocar la cruz, que es el lugar donde mueren los atunes. Lo siguiente es ir creando los pasillos de redes, el laberinto, la trampa". El sistema es sencillo. Un pasadizo cuyo final es el más allá. Si el cimarrón es adulto, grande, un coloso, y entra en el laberinto, cuando salga será para morir en una batalla en la que no tiene escapatoria. En los últimos años se ha convertido en un gran espectáculo. Hay mucha demanda turística para presenciar el festín de sangre y sal.
También se llama Antonio el guarda de la almadraba Cabo de Plata, la de Zahara de los Atunes, que custodia trescientas anclas herrumbrosas desde una caseta en la que un perro enano se enfrenta a los visitantes con la fiereza de ladridos infantiles. Antonio le atempera: "Tranquilo, titán". En esta caseta pasa un día entero de cada tres ahora que todo está listo para transportar diez kilómetros hacia el sur grilletes, sogas, boyas... Esta almadraba cuenta con 40 trabajadores y algunos barcos de nombres legendarios, "pero los de ahora son de poliester, aunque aún nos quedan (y los muestra) los de madera, que los carpinteros remendaban tras cada campaña".
Antonio siempre ha trabajado con el atún y eso en Barbate no es tan habitual en personas de su edad. "Claro, entonces Barbate era rica y la pesca funcionaba muy bien. El atún daba trabajo a las mujeres en las conserveras". Pero el caladero se agotó, Marruecos se atrincheró y, a principios de los 70, Antonio lo recuerda, llegaron dos barquitos japoneses. Fue el principio de un cambio de era. "Llegué a trabajar con los japoneses en sus buques frigoríficos. Cortaba las cabezas de los atunes. Pagaban muy bien". Ahora su trabajo es más relajado, cuidando las anclas y a su fiero perro enano.
Un circo alemán se está instalando en las afueras del puerto, al lado de lo que fue el museo del atún, un caserón abandonado que recuerda su pasado porque permanece el mural que representa un pecio hundido y atunes en migración. La esperanza está en el atún. La esperanza está en que se recupere cuota, en que se cree empleo, en que la promoción del manjar rojo genere turismo como el que acude a abarrotar Zahara en la Semana del Atún en mayo.
A pocos kilómetros de aquí, surferas rubias se adentran en un mar enbravecido justo en la zona que la torre del Palmar, una torre vigía, espera desde hace siglos en la primera primavera la llegada de los gigantes. Desde esta torre, los vigías anunciaban con señales de humo la noticia: ya están aquí los atunes.
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