Y el mejor actor secundario es...Alfonso Guerra

Juan M. Marqués Perales / Sevilla

01 de marzo 2011 - 05:03

El cine también se contagia de la obsesión humana por la numerología: Colin Firth, el actor que interpreta a Jorge VI en El discurso del rey, había ganado la noche anterior el Oscar al Mejor Actor, aunque su secundario -llamado ahora de reparto-, Geoffrey Rush, es tan determinante en el desarrollo de la historia como el primero. Un logopeda excéntrico interpretado por un magistral Rush que, por eso de la numerología, es el segundo. ¿Y quién decide esta jerarquía? Alfonso Guerra fue durante años el número dos de Felipe González, aunque casi mandó más que él. Al menos, en el partido. E, incluso, le gustaba más a la franja izquierdosa del PSOE. Trece años después de que al number one lo nombrasen Hijo Predilecto de Andalucía, ayer le llegó el turno a Guerra. Y como un amante del teatro que ha forjado en su vida a un personaje indistinguible ya del real, Guerra interpretó su papel magistral.

"Para que no se me escapasen las lágrimas, me tuve que acordar de todas las (...) que me hizo", bromeaba ayer un ex alto cargo del PSOE andaluz al comentar el discurso de Guerra y relacionarlo con los tiempos en que gobernaba su organización con puño de hierro y guante de arpillera. Un niño de posguerra -se definió- que salía a cazar pajarillos para llenar la olla. "El más humilde de los andaluces", contó de él, en lo que sin duda fue el pasaje más comentado de su discurso minutos después en el ágape que Griñán ofreció en el palacio de San Telmo, un ágape que, por esto de la crisis, prácticamente fue de la posguerra rememorada por el Hijo Predilecto. Si no fuera porque está prohibido, algunos habrían puesto algunas perchas en el mismísimo jardín de los Montpensier.

Pero con independencia de las licencias literarias sobre la humildad, Guerra se salió: no sólo se definió como andaluz y español, sino que defendió la complementariedad de las indentidades; recordó el papel de una generación de socialistas -la suya-, que se encontró una Andalucía subdesarrollada dirigida por "élites indolentes" y la llevó, con el resto de España, al seno de la Unión Europea; puso como ejemplos al rondeño Francisco Giner de los Ríos y a Pablo Iglesias, y definió la Transición por medio de su amistad con Fernando Abril Martorell, ese segundo de Suárez con quien deshizo los nudos más difíciles de la Constitución de 1979 para que pudiera aprobarse, por primera vez en la Historia de España, una Constitución de consenso. Después, casi como un obispo laico, fue felicitado en San Telmo por una fila de correligionarios entre los que se encontraban leales, damnificados y otros que ayudaron a darle el puntillazo a algo que, según él, nunca existió: el guerrismo. A su esposa, a sus dos hijos y hermanos les dedicó el discurso, "a los que no me abandonaron -dijo- cuando tuvieron que sufrir tantos ataques".

Si no fuera por Alfonso Guerra, al acto del Día de Andalucía en el Teatro de la Maestranza, y su posterior tentempié en San Telmo, le hubiera pasado como a la ceremonia anterior de los Oscar: más que sosa, un tanto antigua, acartonada, prolongada en exceso por el discurso de José Antonio Griñán. Su mensaje autonomista hubiera quedado más limpio con unos cuantos minutos menos.

Tras la lluvia de encuestas del fin de semana, y todas en el mismo sentido -en el PP, camino de la mayoría absoluta en Andalucía-, cabía esperar que los socialistas y los componentes del Gobierno anduvieran como fantasmas perdidos por el jardín de San Telmo. Griñán, relajado como en sus tiempos de vicepresidente, sacó el capote, y toreó a todos los astados: las encuestas, los ERE y lo que le echasen encima.

Los socialistas, sí, porque los populares, como ya es costumbre, no asisten al acto de entrega de medallas en el Maestranza. Sólo van al Parlamento. Quizás sea el paso que les falta para somatizarse como un partido de gobierno en Andalucía: que este tipo de actos institucionales no son ni de unos ni de otros. Vale que Santiago Herrero, presidente de la patronal andaluza, decidiera no ir porque no había ninguno de los suyos entre los premiados, pero Javier Arenas debería de haber estado para sacar conclusiones de la historia verdadera que Alfonso Guerra contó sobre su fructífera amistad constitucional con Abril Martorell.

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