Cristóbal López | Arzobispo de Rabat y próximo cardenal “Es una vergüenza que Europa se esté blindando ante la inmigración”

  • El salesiano, nacido en la localidad almeriense de Vélez-Rubio, será nombrado cardenal el 5 de octubre

  • Fue misionero en Latinoamérica y provincial de su congregación en Sevilla

–¿De quién se acordó cuando conoció su nombramiento como cardenal? ¿Qué le vino primero a la cabeza?

–En pocos instantes pasaron por mi mente muchas personas y situaciones. Mis padres, ya ausentes, y mi familia, largamente entendida… La congregación salesiana, que me ha formado y en la que he crecido, que es mi casa y mi familia. La diócesis de Rabat, que es mi ‘esposa’ actual… Pero también el Papa Francisco, ¡que tiene cada ocurrencia…!

–¿Cómo cambiará su vida a partir del 5 de octubre? ¿Qué supone en lo personal y en lo eclesial convertirse en cardenal? Desde fuera parecen palabras mayores.

–Pues no, no es para tanto. Mi vida va a seguir casi igual, porque yo sigo siendo el obispo de Rabat y realizando la misma tarea que llevo adelante desde hace un año y medio. Ser cardenal, en mi caso, no implica trasladarme al Vaticano ni cambiar de destino. No es tampoco un ascenso, una promoción o una ‘elevación’, como algunos dicen (¡habría que desterrar estos términos!). Suelo explicar que yo no puedo ascender, ni ser promovido ni elevado, porque yo estoy ya en lo más alto. Sí, estoy en lo más alto, porque, como todo cristiano, soy, por el bautismo, hijo de Dios, nada más y nada menos. Ser cardenal, u obispo, o cura… no es más que ser hijo de Dios. Tenemos que comprender de una vez por todas que todos los cristianos somos iguales en dignidad y que el ser obispo o cardenal no nos hace ser superiores a nadie. Simplemente, se nos pide un servicio peculiar y concreto: ayudar al Papa en lo que él nos pida y pensar en la Iglesia universal. Eso me va a exigir mayor autenticidad en la vivencia del Evangelio y total disponibilidad para servir a la Iglesia, hasta, si necesario fuere, derramar la sangre, que de ahí viene el rojo de los hábitos cardenalicios.

–El Papa estuvo en Rabat, de donde usted es arzobispo, en marzo de este año. Usted ejerció de anfitrión, y en una entrevista suya leo que uno de los mejores momentos fue cuando se quedó a solas con el Papa en el coche: ¿le dijo entonces algo de su futuro nombramiento? ¿Intuyó algo sobre su futuro?

–Absolutamente nada. Pero ciertamente ese tiempo sirvió para que el Papa me conociese, porque anteriormente sólo nos habíamos saludado fugazmente en tres ocasiones, que sumadas no llegan a un minuto. Por el contrario, en el coche disfruté de 50 minutos de ‘audiencia personal’, en ambiente distendido y espontáneo. Creo que no tendré nunca una audiencia así ni siendo cardenal. Mira si intuí algo sobre este mi futuro de cardenal que, 15 días antes de ser nombrado, mandé imprimir 500 tarjetas de visita con el escudo de arzobispo. ¡Ahora me las tendré que comer en ensalada!, o mejor utilizarlas hasta ‘ruptura de stock’…

–Como arzobispo de Rabat, servicio que seguirá prestando como cardenal, es usted un testigo privilegiado de las relaciones entre la Iglesia católica y el mundo islámico: ¿cómo es actualmente esa relación y que papel jugará usted en ella cuando sea cardenal?

–La relación de la Iglesia con el mundo musulmán en Marruecos, no puedo ir más allá en mi apreciación porque conozco poco, es muy buena. Intentaré seguir en la línea de las iglesias del Magreb, que pretenden ser iglesias del encuentro y del diálogo, iglesias en salida hacia el mundo en el que están encarnadas. En este sentido, la visita del Papa ha sido ocasión para marcar una nueva etapa en el diálogo islamo-cristiano, etapa que fue muy bien descrita por su majestad Mohamed VI: pasar de la coexistencia y la tolerancia, que son buenas cosas pero que se quedan muy cortas, al conocimiento mutuo, al respecto del otro, a la estima recíproca… para construir juntos la paz y la fraternidad humana.

–Y también debe conocer usted a fondo los movimientos migratorios desde África, que ya se sabe que Marruecos juega en ocasiones un papel puente criticado en muchos aspectos. ¿Cómo de preocupado se mostró el Papa en su visita respecto a este asunto?

–El hecho de que quisiese que en el programa de la visita hubiese un encuentro con personas en situación de migración lo dice todo. Y le gustó que yo le hablase de “personas en situación de migración” y no de “migrantes”, porque, me dijo, “vivimos en una cultura del adjetivo, en la que etiquetamos y definimos al otro a partir de adjetivos: migrante, homosexual, etc, olvidando que son personas (sustantivo), seres humanos, hermanos nuestros”. Y es que a fuerza de hablar de migrantes vamos a acabar pensando que son como marcianos, o seres extraterrestres… Y no, son personas, con todos los derechos de un humano; son seres humanos, y por tanto hermanos.

–Todavía hay personas en Europa, creo que no me equivoco si digo que cristianos incluidos, que no ven como un drama este tránsito continuo de personas que está haciendo del Mediterráneo una gran fosa. ¿Dónde está la clave en este tema?

–En la visión del mundo y de la humanidad. Mientras no veamos y creamos que “mi casa es el mundo y mi familia, la humanidad”, mientras veamos al otro como un potencial “enemigo, contrario, adversario”, como una amenaza, pues intentaremos defendernos, protegernos… como reacción natural de miedo.

Sí, hay cristianos que desgraciadamente tienen esa visión… y es una vergüenza. Quizás han olvidado que, en el examen final que todos pasaremos, hay una pregunta fija que dice: “¿Me acogiste cuando fue forastero, extranjero, emigrante…?”. Y es Jesús quien nos hará esa pregunta.Es una vergüenza que Europa se esté blindando de la forma en que lo está haciendo, sin buscar soluciones globales, sin querer cambiar las leyes del comercio internacional y el funcionamiento económico-ecológico del planeta.

Y lamento las voces que se levantan para atemorizar a la población con supuestas invasiones, con alarmas infundadas porque 50.000 u 80.000 personas entran en España sin papeles (de los cuales, más de la mitad pasan a Francia u a otros países en cuanto pueden). En este mes de septiembre, Ecuador, un país con 16 millones de habitantes (un tercio de España) se apresta a regularizar (acoger) la presencia de 250.000 venezolanos; en esa escala, España podría acoger 750.000 personas. El Líbano, con una extensión solo como la provincia de Huelva, ha acogido a 1.300.000 sirios, que son el 21% del total de sus seis millones de habitantes actuales. En África, Uganda acoge 1.200.000 refugiados. España, durante la crisis siria, se ofreció a acoger, ‘generosamente’, 17.000… y dos años después no había recibido ni 3.000. ¿De qué invasión estamos hablando? ¿A qué tenemos miedo?

–También conoce usted bien el mundo latinoamericano, pues fue misionero, no sé si antes de fraile, en Paraguay y Bolivia: parece que será un cardenal portavoz de muchas voces y realidades: ¿será así?

–Fui, y soy, misionero porque soy fraile, concretamente salesiano. Dios me ha regalado el poder vivir tres experiencias socio-religiosas muy diferentes: la europea, que es la de origen; la latino-americana, en la que me encarné profundamente; y la árabe-musulmana en la que espero disolverme haciéndome “tierra marroquí”.

–No podemos olvidar España: nace en Almería, estudia en Barcelona, es inspector provincial de los Salesianos en Sevilla, en una provincia que ocupa todo el Levante... ¿qué retos le supondrá este aspecto de su trayectoria en el colegio cardenalicio?

–Volví a España (concretamente a Sevilla, pero en el contexto mediterráneo que indicas) después de 30 años de ausencia. Y me encontré una España que tiende a obsesionarse con las estadísticas socio-religiosas y se deprime: escasas vocaciones sacerdotales, caída en picado de los matrimonios religiosos, disminución de los bautismos y de toda práctica religiosa… Yo quisiera decir a la Iglesia española: “No te desanimes, deja de lado la estadística religiosa, Dios no nos hará un examen de matemáticas al final de nuestra existencia; vive con autenticidad tu vida cristiana, centra tus esfuerzos en construir el Reino de Dios junto a toda persona de buena voluntad, trabaja por la paz y la justicia, por la vida y la verdad, por el amor y la fraternidad”. El Papa nos dijo en Rabat: “No es un problema ser pocos; el problema sería ser insignificantes, es decir, ser sal que no sala, ser luz que no ilumina a nadie”. Somos levadura en la masa… ¡y la levadura no es todo en el pan, pero hace fermentar toda la masa!

Si como cardenal puedo de alguna forma animar a mis hermanos cristianos en España en esta dirección, estaré muy satisfecho, porque sería un “servidor de la esperanza”, que es el título que le dimos al Papa en su visita a Marruecos, y el objetivo que nos proponemos las iglesias del Magreb.

–¿Cuáles son a su juicio los grandes retos globales de la Iglesia católica en el mundo?

–No tengo un conocimiento de todo el mundo, pero me atrevo a decir un par de cosas que son genéricas, válidas para todos y siempre.

La Iglesia tiene que ser signo, sacramento e instrumento al servicio del Reino de Dios: esta es su misión ayer, hoy y siempre, en Europa y en todas partes.

Dicho con otras palabras: los cristianos, cada cristiano, tenemos que ser signos y portadores del amor de Dios a la humanidad, testigos vivos de la ternura con que Dios ama a todas las personas.

Y tenemos que llevar el Evangelio (no necesariamente el libro impreso de los evangelios, sino el espíritu del Evangelio) a todos los ámbitos: a la política y a la economía, al arte y a la cultura, a la comunicación y a la ciencia, a la familia y a las asociaciones, al deporte y al trabajo… Lograr que en todos esos ámbitos rijan los criterios evangélicos, que el Evangelio penetre por todas las rendijas de la sociedad: eso es evangelizar, y eso es tarea preferente de los laicos, cuya vocación es llevar el Evangelio allí donde están, viven y trabajan. Evangelizar no es sólo ni principalmente una tarea de micrófono y altavoz, de palabra y de libro; es tarea de vida y testimonio, de trabajo y de relación personal.

–Parece que la iglesia, como institución, siempre está en determinado punto de mira: sobre todo por la pederastia. El Papa, por ejemplo, ha dado pasos en torno al asunto de los abusos, siguiendo los primeros que dio Benedicto XVI con su carta a la Iglesia irlandesa: ¿cree que se entienden bien estos pasos, cree que son los correctos o falta recorrido?

–En este punto debo empezar diciendo que detesto, condeno y rechazo todo acto de abuso, especialmente sexual y particularmente pederasta. Es triste tener que estar repitiendo esto de parte de todas las autoridades religiosas, porque si no, parece que estás de acuerdo.

Yo creo que la Iglesia ha dado pasos gigantescos en este campo y que se ha abierto a una transparencia más que remarcable. Creo que los pasos son correctos, y que se consolidarán con el paso del tiempo. Quisiera que la sociedad en general dé los mismos pasos. ¿Alguna vez el Ministerio de Educación ha pedido perdón por los abusos cometidos en las instituciones educativas públicas o ha tomado medidas con los funcionarios que los han cometido? ¿Y el Ministerio de Salud? ¿Y las asociaciones juveniles? ¿Y los gimnasios y clubes deportivos? ¿Y qué hacer en el ámbito familiar, en el que se producen más del 80% de los abusos?

No seré yo quien excuse a la Iglesia con todo ello, porque “mal de muchos, consuelo de tontos”, pero tampoco puedo dejar de decir que se ha producido en España un encarnizamiento mediático (y yo soy periodista) con respecto a la Iglesia en este tema.

–Intuyo que no es un asunto que le preocupe demasiado, pero los teletipos que anunciaron su nombramiento le calificaban a usted de papable: ¿cómo se lleva con el Espíritu Santo?

–Sinceramente no me lo creo, entre otras cosas porque ¡los teletipos ya no funcionan desde hace años! No hay que entrar en esas quinielas ni ahora ni después. Lo que yo deseo y pido a Dios es que dé vida y fuerzas suficientes al Papa Francisco para continuar todavía unos cuantos años. El dijo que estaría 4 ó 5, pero ya rebasó los seis y, gracias a Dios, se le ve bien, con fuerzas y salud.Con el Espíritu Santo… me llevo bien, pero creo que tendría que dejarle más espacio y darle más libertad de acción en mi vida, para que sea Él y no yo quien hable y actúe. Es una de mis tareas pendientes.

–Veo que es usted licenciado en Ciencias de la Información, periodista. No sé, la verdad, si habrá muchos cardenales periodistas... y si eso le lleva a ser también la voz de los periodistas en el colegio cardenalicio.

–Sí, soy periodista, o más bien comunicador. Veo la comunicación al servicio de la comunión; comunión a todos los niveles, desde el familiar hasta el mundial. Comunicación también al servicio de la educación y de la evangelización. Comunicación al servicio de la verdad y de la paz. Por desgracia, en muchos casos, se constata que la comunicación, algo tan noble y hermoso, está prostituida: se ha vendido y puesto al servicio de la publicidad, del dinero y del mejor postor. Pero no pierdo la esperanza.

No sé tampoco yo si hay otros cardenales periodistas. En todo caso, el serlo no me da ninguna atribución para constituirme en portavoz de nadie: ni de los periodistas ante los cardenales ni de los cardenales ante los periodistas. Pero siempre diré a mis “compañeros” del colegio cardenalicio que procuren ser amables con los periodistas, que respondan a sus pedidos y que se muestren disponibles a “comunicar” lo que llevamos dentro. Es un servicio que hacemos conjuntamente a la sociedad entera. Y si no me hacen caso, todavía tengo otro argumento: “Atiéndanles bien… porque si no, te acribillan después (va con buena onda).

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