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Vuelvo a Sevilla | Crítica de arte Los árboles de Juan Romero

  • El veterano regresa a Birimbao con 'Vuelvo a Sevilla', una exposición en la que exhibe su maestría en el dibujo, su dominio del color y su capacidad para dar unidad al espacio pictórico

‘Los grandes peces se comen a los pequeños’. ‘Los grandes peces se comen a los pequeños’.

‘Los grandes peces se comen a los pequeños’.

Del profesor Pérez Aguilera se cuenta que cuando veía a un alumno enzarzado en dibujar los detalles de un arabesco, lo interrumpía para decirle que el problema a resolver no era ese sino cómo hacer que la entera figura creciera sobre el papel y le diera vida. Si es verdad lo dicho, Juan Romero (Sevilla, 1932) asimiló perfectamente las recomendaciones del venerable profesor. La eficacia de las obras expuestas, recamados de acrílico sobre lienzo, no brota de la saturación de formas sino de la acertada distribución y ordenación que hacen de las pequeñas figuras y los inesperados matices de color una sola cosa.

Hay en Romero tres valores de alcance. Uno de ellos es esta capacidad para dar unidad al espacio pictórico. A veces, como en Tigre, una sola figura define la obra y para ello parece hundir el fragmento que le sirve de fondo, otras veces hace reposar el cuadro en formas geométricas y aun en el caso que quiere figurar un desorden (A través de la ventana, Y tembló la tierra), lo encaja perfectamente en la cuadrícula de lienzo. El segundo valor a reseñar es el dibujo. Relacionado estrechamente con el anterior, le añade, sin embargo, la firmeza del trazo, esa capacidad del dibujante para llevar a la luz lo que estaba oculto. El tercer aspecto a destacar es el color y en él quiero detenerme.

Hay en la muestra algunos cuadros cuyo protagonista son los árboles. Puede que Romero recurra al árbol porque su estructura, troncos y ramas, facilitan definir el esquema espacial del cuadro. Pero saquémoslos de ese lugar secundario o al menos, auxiliar, y veámoslos en detalle. En El árbol del zoológico, el gran tronco anaranjado es una fuente de luz, matizada por las delgadas líneas azules (por fuera) y rojas (por dentro) que sutilmente lo perfilan. En Cálido verano es el mismo color de las ramas el que va cambiando según las alternativas de luz del fondo y los variados colores de los pájaros: el espectador atento verá sienas, ocres, pardos, azules, verdes, que se suceden casi insensiblemente.

‘Palmera Vera’, una de las obras que Juan Romero expone en Birimbao. ‘Palmera Vera’, una de las obras que Juan Romero expone en Birimbao.

‘Palmera Vera’, una de las obras que Juan Romero expone en Birimbao.

Más interés tiene aún lo que ocurre en Olmo X. La copa del árbol es una gran nube de formas geométricas –círculos y breves líneas cruzadas por otras tres más pequeñas– que alojan manchas rojas, que no llegan a ser flores ni aves. El paisaje se reduce a tres frisos sucesivos, rosa, gris y azul, cuya cadencia continúa la de la copa del árbol, mientras tronco y ramas tienen un extraño color, a veces azul, a veces violáceo, que parece contaminarse por los fantásticos líquenes que tachonan uno y otras. Una delgada línea verde perfila el tronco añadiendo un nota más de color.

Finalmente, en Palmera Vera manda en primera instancia la línea. Con suave firmeza se van deslizando cada una de las hojas hasta construir una forma circular, flexible que ocupa toda la parte alta del cuadro. El color interviene entonces poniendo luces amarillas y rojas en el verde de las hojas. Cuanto he dicho antes del tronco y las ramas de Olmo X cabe decirlo ahora del festival de color de la copa de la palmera. Los árboles son así, a mi entender, protagonistas de la exposición aunque en competencia con una ambiciosa obra: la personal versión (por el color) de un célebre grabado de Pieter Brueghel que Romero titula Los grandes peces se comen a los pequeños.

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