La casa de jack | crítica Von Trier regresa del Purgatorio

Una gran broma macabra, eso es, entre otras cosas, este nuevo filme de Lars Von Trier con el que regresa de un particular infierno personal (el veto en Cannes, las acusaciones, el descrédito y la humillación pública, la depresión y el alcohol) para sublimarlo, no sin sorna y altas dosis de humor negro, en la forma libre de un ensayo fílmico disfrazado de película con asesino en serie y salpicaduras gore.

Quien no lo entienda de esa manera difícilmente podrá acceder a las claves, más o menos explícitas, más o menos retorcidas, que mueven y construyen esta Casa de Jack que no es otra que la propia obra del cineasta danés, un tipo no precisamente carente de modestia. Una obra expuesta al escrutinio y el autoanálisis irónico, al debate interno, a la dialéctica conceptual encarnada en esa figura criminal, fría y anempática que interpreta Matt Dillon, asesino despiadado y metódico empeñado en justificar sus actos (narrados en cinco incidentes a prueba de melindrosos) en nombre del Arte, y el Verge que compone Bruno Ganz, segunda voz, ángel guardián y espejo moral de una cierta ética (y estética) biempensante que, en el tablero entre el Bien y el Mal, entre lo correcto y lo prohibido, en el que se libra esta partida, juega a devolver la pelota y contribuye, de paso, a poner al espectador ante el abismo discursivo de la propuesta.

Una gran broma macabra a costa, una vez más (desde Bailar en la oscuridad, las películas de Von Trier están instaladas en el imaginario yanqui), de otro de esos grandes géneros del cine de la barbarie, las películas de asesinos en serie, de sus claves, trampas y dinámicas (depredadoras, misóginas, voyeurísticas), sometidas aquí a un jocoso zarandeo y puesta abajo a costa de la estupidez policial o los elementos y recursos para el suspense que lo han convertido, como nos ensañaba hace poco una curiosa estadística, en uno de los preferidos por las masas en las últimas décadas.

Nunca ha estado Von Trier, y que no se escandalice aquí nadie, tan cerca de Godard como lo está en La casa de Jack, nunca tan cómodo, lúcido y fluido en el manejo de esa forma ensayística, musical y de montaje capaz de hacer pares entre la Historia, la Estética, la Biología, la Arquitectura y el asesinato como una de las Bellas Artes, nunca tan conscientemente provocador con los límites y excesos de la representación (del horror, explícito y brutal hasta lo grandguignolesco; pero también de la belleza, saturada de referencias pictóricas, bíblicas o literarias, especialmente en ese tramo final en los Círculos del Infierno), como estrategia para una suerte de catarsis paródica sobre su imagen como gran autor iconoclasta del cine de las tres últimas décadas.

Habrá quien piense que la egolatría y la misantropía del director de Europa, Rompiendo las olas, Dogville, Anticristo, Melancolía o Nymphomaniac alcanzan aquí unas mismas cotas de soberbia y ensimismamiento. También quienes, como el que suscribe, sigan disfrutando y, sí, riéndose a carcajadas, de la inagotable capacidad de invención, inteligencia, sarcasmo y autoconfesión de un visionario de los relatos y las formas cinematográficas sin reparo en juntar a Bach y Glenn Gould con Bowie y Ray Charles.     

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