Sínora | Crítica Historia de una frontera

  • Andrés Mourenza explora en 'Sínora' el pasado y presente de los límites entre Grecia y Turquía, espacio que tristemente vuelve a estar de actualidad

Refugiados en territorio turco intentan cruzar la frontera hacia Grecia, en una imagen tomada esta semana. Refugiados en territorio turco intentan cruzar la frontera hacia Grecia, en una imagen tomada esta semana.

Refugiados en territorio turco intentan cruzar la frontera hacia Grecia, en una imagen tomada esta semana. / Dimitris Tosidis / Efe

Al igual que en 2015, la marea de refugiados vuelve a colapsar una de las fronteras más interesantes y sufridas del mundo. La frontera actual entre Grecia y Turquía (esa demarcación política y mental que va del río Evros, en Tracia oriental, hasta Lesbos y las islas del Dodecaneso en el mar Egeo), vuelve a copar imágenes y titulares en los medios.

Como hace cinco años en Idomeni, reatas de refugiados se agolpan de nuevo en la frontera greco-turca (Ipsala, Pazarkule, Edirne, Orestiada), junto al traicionero río Evros. Lo hacen bajo el frío, la mugre y la neblina, en una imagen brumosa que pareciera sacada de alguna que otra película de frontera del griego Angelopoulos (El paso suspendido de la cigüeña). Asimismo, en el mar Egeo, en la isla de Lesbos vuelve a agitarse la desesperación de los migrantes.

Este nuevo empellón de refugiados lo provoca la interminable guerra en Siria. Al noroeste, en la bolsa de Idlib, el ejército turco está viéndose laminado por las tropas de Bashar Al Asad, dopadas por Irán y, sobre todo, por Putin (administrador al fin y al cabo de la finca siria). Turquía se ve sola y acorralada. De ahí que Erdogan –el pérfido Erdogan a ojos de Europa– haya decidido presionar a la UE abriendo su corredor fronterizo con Grecia para permitir que los miles de refugiados que alberga Turquía salten al lado griego. Los mandarines de Bruselas hablan de chantaje.

Mourenza describe otros apuntes que impresionan todavía más que la desgracia del niño Aylan

Este preámbulo es necesario para resaltar la oportunidad casi irónica con la que acaba de aparecer el libro del periodista Andrés Mourenza (autor de muchas de las crónicas que nos llegan justo ahora desde la zona). Entre el ensayo, el pulso del repórter y la literatura viajera, Sínora nos descubre los nudos humanos de la frontera entre Grecia y Turquía. El presente noticioso, siempre urgente, desdibuja hoy el cúmulo de pasado que antes nos remitía a los más espléndidos efluvios: la Grecia clásica, la hora alejandrina, el esplendor bizantino, la media luna otomana…

En Asia Menor, el helenismo histórico acabará con la derrota de Grecia en 1922, tras la guerra contra los turcos iniciada en 1919 bajo el insensato ensueño de la Megali Idea (unir Grecia con la costa turca del Egeo y Anatolia). En 1923, la nueva Turquía de Mustafa Kemal Atatürk y la Grecia de Venizelos firmaron un brutal acuerdo de traspaso de poblaciones para evitar más roces y matanzas. La Sociedad de Naciones, bajo el auspicio del explorador danés Fridtjof Nansen, dio su aquiescencia.

Un millón de griegos turcos (turkosporos, turcos del yogur), que ni siquiera hablaban griego, fueron recolocados en Grecia, en lugares como Orestiada, donde hoy se amontonan muchos de los desvalidos que ansían cruzar de Turquía a la idealizada Europa. Por su parte, los turcos venidos de Grecia (yari gavur, medio infieles), se instalaron en pueblos y ciudades de Anatolia que la guerra de 1919-1922 había arrasado, primero, por la crueldad del ejército griego en su desbandada y, después, por la esperada venganza turca, cuyo epítome tendría lugar bajo el fuego purificador de Esmirna. Mourenza evoca las crónicas que Ernst Hemingway envió sobre el conflicto al Toronto Star o las recogidas por el preclaro Arnold Toynbee para el Manchester Guardian.

Las trágicas consecuencias de la guerra entre griegos y turcos dio pie en todo o en parte a novelas como Tierras de sangre de Dido Sotoriu, Pájaros sin alas de Louis de Bernieres, Cristo de nuevo crucificado de Nikos Kazantzakis o películas como Eleni (de nuevo Angelopoulos) o Un toque de canela de Tassos Boulmetis.

Tropas turcas entrando en la liberada Esmirna en 1922. Tropas turcas entrando en la liberada Esmirna en 1922.

Tropas turcas entrando en la liberada Esmirna en 1922.

Por todo ello, el libro de Mourenza no deja de ser un díptico entre pasado y presente. Aquella Esmirna medio griega, armenia y otomana, acabaría depurada por el republicanismo laico turco (un esmirniota se siente más modernito que un estambulí: son çagdas). En la Esmirna de hoy, la de las mujeres faldicortas y los besos en público, la contemporaneidad chic convive con el maltrecho barrio de Basmane, donde llegaron a arracimarse ¡300.000! refugiados.

El 2 de septiembre de 2015 en Bodrum, la antigua Halicarnaso, el mar arrojó a la orilla un trágico fardo: el niño Aylan. El mundo quedó sin habla. Pero Mourenza, que nos relata la intrahistoria de la tragedia, nos describe otros apuntes que anudan el estómago tanto o más que la desgracia del niño Aylan. En la isla de Kos nos narra cómo ya a distancia se percibía el hedor a humanidad, a pobreza y a inmundicia que desprendían los campamentos de refugiados ("el olor, lo más difícil de transmitir para el periodista").

En Sínora Mourenza nos descubre lugares insólitos, como el cementerio musulmán de Sidiro, curiosa anomalía histórica, que permite que sea regido por un muftí islámico. Bajo "una bonita cancela pagada por el gobierno", le explica el muftí, el cementerio alberga más de 300 fosas de refugiados sin nombre, de supuesta fe coránica. La mujer del clérigo le explica cómo lava y amortaja los cadáveres, muchos de ellos ya putrefactos.

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