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ESTAMBUL. LA CIUDAD DE LOS TRES NOMBRES | Crítica

La ciudad y sus nombres

  • Con el reconocible sello de la historiografía británica -voluntad de estilo sin pérdida de rigor- Bettany Hugues recorre en este libro la fascinante historia de Estambul

La autora del libro, la historiadora y divulgadora británica Bettany Hughes (Londres, 1967). La autora del libro, la historiadora y divulgadora británica Bettany Hughes (Londres, 1967).

La autora del libro, la historiadora y divulgadora británica Bettany Hughes (Londres, 1967). / D. S.

Decía el historiador británico Steve Runciman que en el Bósforo, abrevadero de la Propóntide, se apagaba la alegría natural de los griegos. El fin de Bizancio (1453) se columbraba ya. Podía olerse el humus de la era cristiana. El joven sultán otomano Mehmet II trotaba con su corcel por los ribazos del Cuerno de Oro. Runciman es autor, entre otros, de la impagable La caída de Constantinopla y La civilización bizantina.

Su colega y compatriota Bettany Hughes (Londres, 1967), autora de Estambul. La ciudad de los tres nombres, prefiere hablar no de tristes nebulosas, sino de una fuerza ignota, vibrante, polifónica. Es lo que hace que este lugar del mundo sea lo que es: un vasto yacimiento de generaciones. La historiografía británica suele tener su sello propio: voluntad de estilo sin pérdida del rigor.

El libro de Hughes tiene un imponente lomo (mil páginas). "Tardé diez años en investigar y en escribirlo. Opté por capítulos cortos. ¿La razón? Soy madre trabajadora y el tiempo casi no existe. Espero ganar lectores con estos capítulos cortos". La autora es un rostro conocido en documentales del ramo (BBC, Channel 4, National Geographic, Discovery). Se confiesa lectora de Orhan Pamuk, uno de los motivos por los que decidió viajar a orillas del Mármara.

Mosaico con Constantino el Grande, fundador de Constantinopla. Mosaico con Constantino el Grande, fundador de Constantinopla.

Mosaico con Constantino el Grande, fundador de Constantinopla.

Su Estambul es un fabuloso friso sobre la ciudad de los tres nombres (Byzantion, Constantinopla y Estambul) y de los cuatro imperios (Roma, Bizancio, el Latino Cruzado y el Otomano). "Para mí el nombre de este lugar sería La Ciudad, con mayúscula. Podríamos hablar de Cosmópolis también" (recuérdese que el término cosmo-polis fue acuñado por Diógenes el Cínico, oriundo de una de las colonias jónicas del Mar Negro).

Resulta curioso que la ciudad más antigua del mundo no tenga referencia alguna en la Biblia ni en el Nuevo Testamento. Cierta tradición no fundada señala que el demonio habría tentado a Cristo en el desierto con visiones del Cuerno de Oro y del Bósforo (un panorama visto desde la actual zona de Çamlica). Alejandro Magno pasó de largo por Byzantium como conquistador. Mahoma no puso pie nunca en este lugar. Pero en sus hadices el imperio bizantino aparece citado veintiocho veces y Constantinopla en otras doce.

Hughes refiere la mitología del lugar (la cólera de Hera, esposa de Zeus, encaprichado de la sacerdotisa Ío). Más concluyente es la fundación de la ciudad por el tracio Bizas y los megarenses (657 a.C.). Pausanias, Alcibíades y Jenofonte tienen su crónica personal en Byzantium (la amenaza de los persas aqueménidas será continua). Tras vencer a Majencio en el puente Milvio de Roma y rendir luego a Licinio en Crisópolis, junto al Bósforo, Constantino el Grande, especie de Apolo cristiano, fundará Constantinopla (331 d.C). Durante siglos, con sus horas turbias, se desarrollará la esplendente civilización bizantina.

En castellano lo bizantino resulta a veces peyorativo (adorno, proclive a la discusión). Hughes señala que "en Francia y en Inglaterra lo bizantino tiene también otro significado asociado a lo opaco y lo oculto. Amaban el placer. Pero hablaban sobre Dios hasta cuando iban a comprar el pan". El problema de Bizancio es que su historia ha sido escrita desde fuera. "Demasiado oriental para ser fiable. Demasiado exótica. Por ejemplo, los eunucos, que duraron hasta 1922, ocuparon un lugar relevante en su seno. Eran un reflejo de lo extraño que podía resultar aquel mundo para occidente".

La IV Cruzada supuso para Constantinopla un cataclismo igual o superior a su caída ante los otomanos. En 1204 la ciudad fue devastada con una saña inaudita por parte de los apestosos cruzados latinos (era famosa su falta de higiene, lo que explica que Saladino, ya en 1187, purificase la Cúpula de la Roca en Jerusalén con agua de rosas). Para la mente cristiana más indolente, el nefasto imperio latino de Bizancio suele pasarse por alto.

Solimán El Magnífico retratado por Tiziano. Solimán El Magnífico retratado por Tiziano.

Solimán El Magnífico retratado por Tiziano.

La huella otomana en Estambul (1453-1922) ocupa buena parte del volumen. El renacimiento a la turca (Solimán el Magnífico), el sultanato de las mujeres o la era de los tulipanes son sólo algunos de los capítulos abordados. "A mí en particular –sugiere Hughes– me agrada la Turquía otomana del XIX que coincide con la guerra de Crimea (1853-1856). La británica Florence Nightingale, creadora de la enfermería profesional moderna, realizó una gran labor en los hospitales de Estambul".

Los sultanes otomanos no han gozado en general de buena imagen. Taimados, lascivos, sumidos en las intrigas del Serrallo. "No fue fácil para ellos. Vivían en una jaula de oro. Muchos se suicidaron. Al ser una corte cerradísima, la tuberculosis hacía estragos. El harén fue muchas veces un paraíso envenenado".

En 1922 Mustafa Kemal Atatürk, fundador de la actual República de Turquía, cerró de un mazazo el periodo otomano. Estambul fue castrada. Perdió su capitalidad de siglos a favor de la anodina Ankara, en el centro de Anatolia. No obstante, para Hughes Estambul sigue siendo la capital, no ya de un país, sino de un poliedro de civilizaciones. Ni siquiera el urbanicidio de hoy puede con ella.

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