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Soy hincha, luego existo

  • El fútbol no deja de ser, pese a la grotesca hipertrofia de dinero, un acto de comunión. Y esa es la mirada que ofrece Simon Critchley en este ensayo

Un niño juega con un balón de fútbol ante la Catedral de San Basilio en la Plaza Roja de Moscú. Un niño juega con un balón de fútbol ante la Catedral de San Basilio en la Plaza Roja de Moscú.

Un niño juega con un balón de fútbol ante la Catedral de San Basilio en la Plaza Roja de Moscú. / Efe

Da pereza recordarlo. Pero pensamiento y fútbol se han visto casi siempre como operaciones antitéticas. El tópico sobre qué preferir, si Goethe o un partido, hace tiempo que dejó de ser un dilema. Si nos apuran, podríamos decir que hoy por hoy nos fiamos más del hincha religioso de cualquier equipo que de esos escritores afines a la causa redonda y que suelen responder al insoportable arquetipo. Existen excepciones en español (caso de los admirados Juanes, como Juan Villoro y Juan Bonilla). Pero la peor especie suele aflorar, como ahora, con ocasión de los Mundiales.

Por lo general debemos mostrar cautela cuando un filósofo se pone a platicar sobre fútbol. Digamos que la academia Valdano -el valdanismo- hizo mucho daño al fútbol cuando confundió el respeto cultural debido al balón con cierta prosodia vana y culturoide. Ya no soportamos que nos hablen de fútbol al porteño modo. Es cierto que en otra época lejana, comprensiblemente calenturienta, aquel acento cremoso nos ponía de lo lindo cuando escuchábamos hablar al sexo opuesto (o al propio, para quienes gustaran).

El filósofo inglés Simon Critchley escapa del resabio dulzón que dejó la citada academia. Pero es que el propio Critchley escapa del canon filosofal (en realidad casi no existen ya cánones de nada). Su obra forma parte de la otra filosofía, que no rehúye ni la cultura popular ni la luminaria mediática en la que suelen manejarse artistas y estrellas.

En este sentido se compara a Critchley con Slajov Zizek. El pensador esloveno, ejemplo del nuevo homo philosophicus, lo mismo gravita sobre Lacan que sobre Matrix. Por su parte, Critchley ha escrito ya anteriores obras sobre el suicidio o sobre David Bowie, el icono moderno. Ahora nos encontramos con el último libro de este hincha culposo pero "supremacista" del Liverpool. El título se nos antoja un perfecto pase en largo de cuando Bernd Schuster: En qué pensamos cuando pensamos en fútbol.

Critchley aplica la hermenéutica de Gadamer al fútbol. Pero que nadie salga corriendo. El lector sale indemne del envite. En su opinión, el documental Zidane de D. Gordon y P. Parreno refleja a la perfección la era actual (podríamos decir que era post-actual). O sea, el mundo como plasma y como representación autónoma del propio plasma. Dice Critchley que la naturaleza de la imagen se ha convertido en la naturaleza constantemente mediatizada de la imagen misma. "Demasiado serio", dijo Zidane al verse en el documental. Algo parecido musitó el taimado papa Inocencio X cuando Velázquez le mostró su retrato: "Demasiado real".

Sabíamos ya por el preclaro Vujadin Boskov que fútbol es fútbol. Pero quizá no habíamos reparado en lo que sugiere Critchley: fútbol es socialismo. "Existe una contradicción -afirma- entre la forma del fútbol en cuanto a asociación, socialismo y praxis colectiva, y su contenido material, que no es otro que el dinero en sus manifestaciones más excesivas y grotescas". El fútbol no deja de ser, pese a todo, un acto de comunión por parte del conjunto: los once apóstoles. Más allá de todo jugador estelar, el equipo acaba triunfando como balompédico kibutz. De ahí esta especie de socialismo futbolero y mosqueteril del todos para uno y uno para todos. Y, todo ello, con la colaboración de ese graderío de la democracia que o grita exultante con mil gargantas o sufre tristeza y escarnio con el necesario amargor de la derrota. El público es el apóstol número doce.

Si a algo apela Critchley es a la preciada víscera: el corazón del hincha. Por supuesto que hay quienes pervierten el culto del dios redondo (nacionalismo, violencia, crimen organizado). Pese al gran basural que lo rodea, siempre prevalecerá la víscera, la pasión candorosa y pura del hincha auténtico. Heidegger, como recuerda Critchley, hablaba de un tipo distinto de ansiedad. Todo hincha de pro no muestra temor en el sentido convencional. Ante un partido crucial de su equipo suele mostrar esa "valentía de la ansiedad" a la que se refería el autor de Ser y Tiempo (por cierto, Heidegger escondía en su despacho un televisor en el que solía ver los partidos de Alemania).

Hemos dicho antes que Critchley pedía disculpas por ser un hincha "supremacista" del Liverpool. El pueblo de Anfield suele mostrar un admirable fielato a sus colores (a veces, cuando sobreactúan con su halo, nos invitan a apoyar al vecino Everton). Dicho lo dicho, uno respalda su opinión acerca de que quizá haya que revisar el lugar común de que el fútbol lo inventaron los ingleses (como fútbol asociado, sí; pero es probable que hasta los broncosaurios sintieran cierto morbo por la roca redonda).

Ernesto Giménez Caballero, camisa vieja y escritor olvidado, dijo que el fútbol lo inventaron los holandeses cuando se les cayó al suelo un queso de bola. Quizá nuestro filósofo inglés esté de acuerdo.

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