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El idioma español en sus primeros tiempos | Crítica

Un romance de frontera

  • Vuelve a publicarse, casi un siglo después, la obra de Menéndez Pidal, 'El idioma español en sus primeros tiempos', obra de enorme avizoramiento y varia perspicacia

Menéndez Pidal, junto a Félix Rodríguez de la Fuente y Charlton Heston en el rodaje de El Cid, 1961

Menéndez Pidal, junto a Félix Rodríguez de la Fuente y Charlton Heston en el rodaje de El Cid, 1961

Para explicar, en su completa valoración, cuanto se encierra en estas páginas de don Ramón Menéndez Pidal, ya publicadas en 1927, habría que principiar, quizá, por la modesta y sagaz arqueología filológica que comenzó Petrarca, mucho más penetrante en Lorenzo Valla, cuando refuta con solidez la donación de Constantino, y así hasta llegar a Mabillon y su De re diplomática, donde se rigoriza, de manera incipiente, el estudio de legajos y documentos antiguos. Es este viaje a las fuentes, no tan usual entonces, el que don Ramón practica aquí, para datar una aventura plural y de todo punto extraordinaria: la aventura del español y de las lenguas romances peninsulares, mientras España estaba dominada, en su mayor parte, por el poder musulmán, que sucumbe muy a finales del XV.

Como en la historiografía actual, Pidal explica la arboladura del siglo a través del detalle

En un postrer apéndice, Pidal comenta a uno de los grandes historiadores del XX, cual fue don Claudio Sánchez-Albornoz; y en concreto, sus Estampas de la vida en León durante el siglo X, a quien Pidal debía ponerle un eco verbal, una apostilla dialógica, para que dicha vida se expresara en su verdad social más inmediata. Esta misma inmediatez, y la interpenetración de múltiples factores que componen el mundo de cada época, es lo que Pidal aborda en este ensayo, cuando determina la azarosa evolución de cada lengua romance. No obstante, dicha determinación no viene expresada solo ni principalmente en términos teóricos. Como en la grande y moderna historiografía que hoy disfrutamos, Pidal explica la arboladura del siglo a través del detalle, lo cual comprobamos, no sin asombro, cuando explica la evolución de España, la España fronteriza del siglo VIII y posteriores, con la azarosa ventura de los nombres que recibía entonces la ciruela. A través de esta modestísima tronera, Pidal es capaz de traernos el sabor, la urdimbre y el estrépito de un vasto y fenomenal espectro: la España plurilingüe de primera hora.

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