Torres Morote Una saga legendaria en el Ciencias del doblete

El Monte ya asaltó la liga en el 92, pero dos años más tarde duplicó el botín añadiendo el título copero Javier, David y Coco, los hermanos Torres Morote, recuerdan aquella maravillosa etapa del rugby sevillano

Torres Morote Una saga legendaria en el Ciencias del doblete
Torres Morote Una saga legendaria en el Ciencias del doblete
Juan De La Huerga

23 de marzo 2014 - 05:02

La Sevilla deportiva siempre guardará en la memoria aquellos primeros 90, cuando un club paseó el nombre de la ciudad por el país con la vitola de ser el mejor equipo de España, rompiendo moldes y siendo pionero al emerger en el Sur un proyecto ganador y por el juego preciosista, atractivo, distinto a lo visto en los campos vascos, madrileños, catalanes, donde se partía el bacalao en el rugby patrio. El Monte Ciencias sacó pecho entonces, cumpliéndose ahora 20 años desde el doblete, Liga y Copa, aunque en el 92 presumiera ya del título en División de Honor.

Muchos nombres y hombres elevaron este club a cotas insospechadas. Algunos, en un deporte en el que la palabra familia es sagrada, eran hermanos. Hijos de Manolo Torres y Loli Morote, formaron una saga de tres ruggers -cuatro cuando llegó el menor y cinco si se incluye al mayor, que hizo sus pinitos- que participó en esos logros: el Ciencias ganó su segunda liga el 27 de marzo de 1994 y el 11 de junio, con el campo de la Cartuja a reventar, estrenó su palmarés copero. Javier (4-10-67), David (11-10-68) y Jorge (18-4-70) -el medio de melé era y es Coco-, los Torres Morote, charlan de aquellos maravillosos años, argumentan el porqué hubo en Sevilla esta eclosión, elogian el sacrificio de sus progenitores y se les hace la boca agua al rebobinar su vida para decir que mereció la pena. Éste el resumen de tres cuartos de hora de conversación y cuatro cervezas por barba, un tercer tiempo con aroma a pasado.

A los Torres Morote les venía la afición deportiva por vía paterna, aunque no fue su padre quien les metió el rugby en las venas, como cuenta Javier: "Yo estaba en los boyscouts en Felipe II. Hacíamos acampadas y alguno sacaba el balón de rugby. Formamos un club con Luis y Ricardo Zarzo. Empiezo con ocho años. Pero hay otro acontecimiento: mi padre era cirujano cardiovascular y con él trabajaba un fisioterapeuta que una vez vino a nuestro chalé de Dos Hermanas; se nos embarcó el balón de fútbol y pilló del maletero uno de rugby. Ese hombre era... Paco Miralles -también médico y muy vinculado al Ciencias-. Yo seguí y mis hermanos se fueron incorporando".

David apunta que "yo hacía remo en el Labradores con Anchoa y con Climent. También jugaba al futbito y terminé en el rugby con mi hermano, formamos una panda muy buena". "Acabamos en el Ciencias porque Luis Zarzo era del club", matiza Javier antes de que entre los tres relaten clubes de la época: "Estaba el CAR", dice uno; "el Medicina, el Colegio Aljarafe con Antonio Mejías", replica otro; "vaya campos había, droga dura", suelta Javier. "¿Os acordáis cuando entrenábamos en el descampao de la Feria con las botellas partidas tiradas...", afirma entre carcajadas David, quien se acuerda de los otros hermanos: "Somos seis, cinco niños y una niña; hacíamos tres contra tres y Miriam jugaba". "Antonio es un año mayor que yo", comenta Javier, "no llegó al primer equipo, pero un muy buen ala".

Aquel Ciencias era un torbellino: arrasaba y generó pasión por el rugby en Sevilla. Coco da su punto de vista: "Tres o cuatro años antes de ganar la primera liga estábamos en División de Honor B, pero llevábamos con el mismo grupo en una dinámica positiva mucho tiempo. En el primer año en División de Honor hicimos un buen papel y en el siguiente se nos fue la liga en el último partido contra el Arquitectura, movimos cuatro autobuses a Madrid, con la gente sin dormir, impresionante. Había veteranos que llevaban toda su vida en campos de segunda, habían llegado arriba y no lo querían dejar escapar. Dominaban los equipos del País Vasco, Barcelona y Madrid, y rompimos ese triángulo. El compromiso era tal que muchas veces los compañeros renunciaban a la selección por no lesionarse. Eso es impensable ahora".

"Había un grupo de mucha gente", sostiene Javier, "de más de 70 tíos, no 15 ó 20. Había gente que no entraba en el primer equipo y jugaba en el segundo, en el tercero". Añade David que "luego muchos participaron en la vida del club: Paquichi, Miguel Aldecoa, Luis Zarzo, Horacio González Alemán, Pichi... Infinidad de gente que había luchado por esto. Además, coincidieron veteranos muy buenos, Bosco Abascal, Ontiveros, José Ramón Núñez, Manolo Valencia, con jóvenes, entrelazándose vínculos de amistad. Javier tenía a sus dos o tres íntimos, como Pablo Martín, conmigo estaba Miguel Sánchez, colega de siempre, con Coco estaba Keko... Javi Campeón, Javi Ferrer, Javi Turmo, Eduardo Cecilia, Alejandro Miño. Éramos como hermanos".

Javier incide en este aspecto y suma otra variable: "El compromiso que dice Coco es fundamental y la dinámica del juego... La figura de Juan Antonio Arenas es muy relevante en esta historia. El juego a la mano de aquella Francia, el rugby champán con Phillippe Sella, Serge Blanco, fue el que intentamos copiar y lo hicimos bien, creo: una delantera muy aguerrida y la tres cuartos muy activa; era muy bonito y divertido, nos enganchó a todos".

Valora Javier, zaguero de aquel legendario equipo, "el apoyo del espónsor. El Monte tenía de presidente a Isidoro Beneroso, que fue jugador y apostó por el club antes de los títulos". Coco busca un punto más en esta bonita historia de amor entre Sevilla y el rugby: "También entonces, ya no, en esta ciudad no se ganaban títulos en otros deportes. Después llegaron los del Sevilla, pero en esa época, ninguno. El público se asocia mucho a lo que gana. Y es divertido irte un domingo por la mañana al solito con una cerveza viendo cómo se pelean por un balón 15 contra 15. Si encima vences... Aquello estaba siempre hasta arriba".

David agrega que "el rugby es un deporte con origen universitario, estábamos estudiando y arrastramos a mucha gente. Al final eres conocido por todos lados".

Los hermanos, ¿las tienen tiesas en el campo o están pendientes del otro? "Era un apoyo. Hay que ayudarse. La sangre tira siempre, no se puede obviar", dice David. Recuerda Javier que "hay una foto contra el Arquitectura (la buscan en el móvil)... Uno enganchó a Coco por el cuello y se ve a David metiéndole mano y yo llegando por detrás". "Al revés, al revés, era yo el que llegaba", contradice el segundo. "Es igual", continúa Javier, "a un hermano lo defiendes más, pero existe un concepto de hermandad entre todos. Tú defiendes a los tuyos y ellos a ti, aunque nuestra hermandad ha sido más importante en el juego. La intuición para saber los movimientos de tu hermano. Yo era zaguero, jugaba detrás de David, que era centro y generaba el juego, cuando él rompía la línea de ventaja, no era fácil adivinarlo, y estar en el momento de apoyo tampoco. Jugando cerrado con Coco, que era el medio de melé, igual. En muchos casos, eso ayudaba un montón".

David observa que "más que entre nosotros, se notó cuando entró Alejandro, el pequeño, ahí estábamos más pendientes. Con Javier llevo jugando desde los 12 años y con Coco casi igual". "Coco empezó pidiéndole permiso a Bosco Abascal para sacar el balón de la melé", rememora Javier.

"Ésa era otra de las cosas que había antes, mucho respeto a los veteranos. No podías fallarles. Estabas entregadísimo", asegura Coco, quien ensalza al líder de aquella tropa: "Teníamos a Bosco y era muy respetado... La hostia. Llegábamos a los campos, salíamos y él a veces se quedaba el último. Los rivales estaban pendientes y sacaban una sonrisilla pensando que no había venido... hasta que lo veían". "Era y es el carácter, la fuerza, el compromiso, el respeto", confirma David.

"El gran capitán", lo califica Javier, "con un concepto de la dignidad tremendo. En un campo de rugby al ser humano se lo ve perfectamente, somos transparentes. El mangante en la vida lo es en el campo; el tunante, igual; el buen compañero, lo mismo. Tú das dos guantás y te llevas tres. Es muy justo, muy equilibrado. Es una enseñanza muy importante en la vida". "Digno de admirar", remarca David.

En la Cartuja se urdió una variante en la filosofía del rugby nacional. "El concepto de la tres cuartos era muy nuevo en España, donde se solía jugar con el balón delante, se escondía con el maul", dice Javier y prosigue Coco: "En el País Vasco los campos eran muy embarrados, no podían liberar tanto la pelota, era todo pum pum pum y patada arriba. Aquí disfrutábamos del sol y del césped, eso ayudó". Retoma la palabra el mayor de la terna. "Yo era más alto y más pesado que los zagueros normales, pero teníamos a gente con envergadura en la tres cuartos: Alejandro Miño, Pablo está entacado, Keko. Y muy veloz: Nacho Vargas, Eduardo Cecilia, Teo Olivares, Coco... En el campo se movía el balón muy rápido, pero en los entrenamientos recuerdo que volaba". "Los entrenamientos se basaban en abrir, abrir, abrir", zanja Coco.

David abunda en que "eso lo cambió Arenas; a los delanteros les daba duro con el melier y trabajo físico, pero también era mucho balón y a correr detrás de nosotros". Recalca Javier que "obligó a cambiar la fisonomía de la tercera línea; antes eran muy pesados y pasaron a ser más veloces. Marcos Campeón era un ratón. Bosco, el Canijo, Nacho Vidal...".

Se agolpan las historias, como el mastín blanco llamado Lomu, "no era all black", como la leonera de casa, un cuarto en casa con vídeo donde los viernes los hermanos y los amigos se quedaban perplejos con los partidos de las selecciones potentes y repetían las jugadas, como las miles de lavadoras que programó su madre, como las manías de jugar con tales o cuales medias, como la foto de Coco en el metro de Tokio para promocionar un Japón-España, como las internacionalidades de unos y otros, como lo duro de la retirada, por lesión (Javier), trabajo (David) o por voluntad propia (Coco), como la agresión por detrás al medio de melé que le costó dos años de sanción al bárbaro, las palizas en furgonetas hasta Asturias, por ejemplo, y vuelta -"otro fin de semana sin ver a mi hijo", decía Ramón Villanueva al llegar a Sevilla a las tantas, colocarse el traje e irse al trabajo-... En definitiva, andanzas del rugby, pasión por el rugby.

"Sobre este deporte hay un error conceptual: se ven los puñetazos, pero eso no duele. Lo que duele es un placaje duro, cuando te meten el hombro en el esternón, te levantan de los pies y te pinchan en el suelo, o te pasa por encima un ruck", cuenta Javier. El zaguero, con los vellos de punta, se evade en sus pensamientos: "Hay una cosa que no entiende quien no ha jugado al rugby. Mantener en tus manos el mayor tiempo posible el balón mientras corres, evitando a 15 tíos locos por tirarte es mágico, y conectar con éste o el otro, escondiendo el balón, es maravilloso. Por muy mayor que seas o muy gorda que tengas la barriga, la cabeza es aún joven. Les pasa a los veteranos, la cabeza le va mucho más rápido que las piernas, pero cuando las dos coinciden es maravilloso. Hicimos un ensayo, creo que contra Getxo en Sevilla, en el que salimos de veintidós, movemos el balón, entro yo, entras tú, entra Keko y ensayamos. Empieza el balón a moverse por el medio, pam pam pam, los rivales locos por comerte y no huelen el balón... Eso a 120 por hora en 80 metros de carrera. Es precioso. Desde el mejor al peor jugador del Monte Ciencias, si ha estado comprometido, ha sentido esto. El juego es apasionante".

Rugby en estado puro y recuerdos vivos de esta legendaria saga que está en la historia del doblete, en los anales del Ciencias.

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