Nuria Espert | Actriz

"Lorca abre todas las puertas"

Nuria Espert.

Nuria Espert. / Sergio Parra

El teatro español no se entiende sin la figura de una gran dama como Nuria Espert (Hospitalet de Llobregat, Barcelona, 1935). Aterrorizada, empezó en las tablas de cría en su tierra y ahí sigue, sobre el escenario y con los temores propios de una primeriza. Ha ido de la mano de Lorca durante su prolífica carrera y ahora llega al teatro Lope de Vega de Sevilla el próximo fin de semana para interpretar Romancero gitano. Merece la pena verla para sentir en directo su fuerza dramática.

-Es Romero de segundo apellido, como Curro. ¿Me deja escribir Nuria sin tilde?

-Claro. En mi familia nunca la pusimos.

-José Sacristán asegura que lleva 60 años sin dejar de jugar. ¿Se identifica con esta definición?

-No tanto. Me parece un juego muy serio.

-Y sufrido.

-En mi caso sí, sufrido e inquietante.

-Julieta Serrano la recuerda como una joven "muy torrencial y volcánica". ¿Qué queda de aquella moza?

-Seguramente todo. La manera de ir hilvanando una carrera va mostrando quién eres realmente. La elección ya te va marcando el camino.

-Cuesta creer que dude aún si va a estar a la altura.

-Desgraciadamente es así. Me pongo muy inquieta, con mucho malestar unas horas antes y temerosa cuando llega el momento.

-Desde la Yerma que la consagró en los 70 a este Romancero gitano, su carrera no se entiende sin Lorca.

-No, mi carrera sería muy pobre porque me ha dado muchísimo. Sus poemas los he recitado casi toda mi vida, he hecho dos funciones maravillosas, Doña Rosita la soltera y Yerma. Y me eligieron para dirigirlo en Londres (con Glenda Jackson de actriz principal). Él abre todas las puertas y yo me cuelo por detrás.

-El director Jorge Naranjo opinaba que por su muerte tenemos de Lorca una imagen trágica, pero reivindicaba que fue una persona vitalista, luminosa. ¿Qué retrato hace de él?

-Un misterio que le encuentro a él y a su poesía es conectar con todo tipo de público, de lenguas, de países. Ahí he encontrado a sus seguidores, a sus estudiosos, a sus académicos... Es una figura internacional en el sentido más elevado y precioso de la palabra.

-En su discurso del Princesa de Asturias, aseguró que el teatro era "un dueño muy duro" y que se había "lastimado muchas veces" al servirlo. Y sigue ahí.

-Sí, soy masoquista pura.

-¿Cuál es el personaje de su vida?

-Casi todos cuando los represento. Después llega otro que se hace su sitio, necesita una nueva disposición del ánimo y se convierte en el personaje de mi vida. Ahora es el del Romancero gitano.

-Dígame el mejor actor y la mejor actriz con los que ha compartido cartel.

-No me decanto, no se puede decir el mejor. Depende. Todas podemos ser la mejor actriz para una determinada obra pero no para todas.

-Ha recibido los reconocimientos más importantes y suscita un gran respeto. Pero, ¿últimamente su profesión se ve con peores ojos por temas ideológicos?

-No, cada uno tenemos nuestras ideologías pero el arte las une todas. La cultura hace que las diferencias desaparezcan.

"Necesitamos respeto, escuchar; no un decálogo, sino un 'treintálogo' de condiciones para calmarnos"

-Hay adaptaciones de Shakespeare en las que el rey de Inglaterra va en vaqueros y masca chicle. ¿A veces no se va demasiado lejos?

-La renovación es importantísima. Desde un modesto pintor a Picasso están cambiando y poniéndose los vaqueros y la camisa. Depende. Entiendo la renovación, de pronto funciona y de pronto no. Las acepto o reniego en función del talento de quien lo hace, de si transmite los mismos sentimientos que esos textos en el pasado o si sólo es un director que, a falta de otros talentos, se pone los vaqueros.

-¿Por qué tanta tragedia y tan poca comedia? No será un espejo de su vida, ¿no?

-No, qué va. Eso fue el destino. Mi primer éxito fue una tragedia y me marcó tantísimo que realmente he hecho el género dramático mucho más que la comedia.

-Suena un móvil en plena representación. ¿Pena de muerte al dueño o se conforma con cadena perpetua?

-Ocurre, y es malo para actores y público, pero es una educación que llegará a la larga, porque los móviles casi acaban de aparecer. Es curioso que la gente que ama la música clásica no tiene ese problema;su público ya está educado.

-¿Cómo alguien tan anclada a la familia ha podido llevar una vida tan errante?

-No sé, va ocurriendo, uno no toma la decisión y se dice "ahora voy a ser actriz...".

-Pero es muy familiar.

-Sí, y qué suerte tan extraordinaria que hayan aguantado la vida difícil de una actriz que viaja permanentemente, que se mueve incluso dentro de sí misma. Se dice que al llegar muy arriba en una de las artes, uno se vuelve gruñón y pretencioso; de eso me han ayudado a escapar dos maravillosas hijas, un hombre importantísimo y una nieta adorable. Eso me ha salido bien.

-Tanto que se habla del feminismo y usted siempre ha dado mucho valor a la ayuda de su marido.

-Sí, aunque lo del feminismo trajo alguna discusión alta de tono. Pero me ayudó muchísimo. Creó la compañía Nuria Espert, la hizo funcionar y la llevó por el mundo entero. Armando me dio confianza en mí misma, autoestima y seguridad.

-"Tengo paciencia con los actores y los técnicos, pero ninguna con los políticos". ¿Éstos se han ganado a pulso su mala fama?

-No se debe generalizar, como hice yo. Los políticos son necesarios, hay que desembarazarnos de los memos y apoyar a los aptos que hacen que el país tire adelante.

-Aunque vote socialista, ¿no le habría seducido montar un partido no nacionalista en Cataluña con gentes de las artes como Boadella?

-Boadella ha dejado espectáculos buenísimos. Ahora no sé si hace algo, pero su nombre me trae sonrisas porque es verdaderamente un gran hombre del teatro.

-Una abuela decía a sus nietos cuando se quejaban: "Un año 40 os daba yo". ¿Los hijos de la democracia somos unas plañideras?

-No, hemos resistido todos los vaivenes de una democracia joven, visto gente de valía y otros que no valen nada, y seguido viviendo y luchando. Y espero que los dos extremos violentos de los partidos no hagan demasiado daño porque necesitamos calmarnos y aprovechar las oportunidades. Necesitamos respeto, escuchar al otro; no un decálogo, necesitamos un treintálogo de condiciones para calmarnos y ser útiles en Europa.

-Y no volver a tiempos oscuros.

-Ay, no, por Dios. No, no, no.

-Los políticos deben rebajar el tono.

-Claro, la educación es muy importante, no se puede tirar por tierra. La persona que en un cargo público pierde la educación, pierde el derecho a ejercerlo.

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