Manuel Vicent. Periodista y escritor

"La felicidad es ir flotando por la vida a través de las pequeñas cosas"

  • Este reputado articulista y autor de títulos como 'Tranvía a la Malvarrosa' considera que "la creación es justo ese punto en el que se confunden dos interpretaciones o dos sueños".

Cuenta Manuel Vicent (Villavieja, Castellón, 1936) que su alumbramiento a lo sorprendente tuvo lugar de niño, en un balneario en ruinas: "Entre aquellas paredes, aún manchadas de sangre, podía encontrar un mosaico con delfines, murciélagos hibernando, espejos velados. Nunca he salido del impacto que fue descubrir que bajo la ciénaga puede existir belleza. Y al contrario". Además de reputado articulista, Vicent -que particitipó estos días en las Presencias Literarias de la UCA- es autor de títulos como Tranvía a la Malvarrosa, Son de mar, Balada de Caín o Aguirre, el magnífico (2011) .

-"Esta crisis ha actuado sobre el cuerpo social como la represión de cualquier dictadura". Es decir: asustando, minimizando. ¿Cómo hemos podido llegar a este estado tan rápido?

-En esta crisis hay un factor real y otro psicológico, que es fundamental. Ambas realidades se interrelacionan y se alimentan la una a la otra, pero es extraordinaria la atmósfera negativa que se ha cultivado, el desánimo. Pero bueno, es lo que ocurre cuando, de repente, la maquinaria va hacia atrás. Aunque hayamos evolucionado y sigamos viviendo mucho mejor que en los 50 o los 60, en aquel momento el compás se abría: de las alpargatas se pasaba a los zapatos, a la radio, a la tele, al 600... Basta que el compás se cierre, el hecho de que la reacción sea de retroceso, para que el clima que se cree sea casi asfixiante.

-Si uno lo piensa, aquello que haya sido capaz de detener los horizontes llenos de grúas grandes como titanes debe ser temible...

-Y hay otra metáfora muy curiosa. Todas estas palmeras que se trajeron de Egipto para ir rellenando urbanizaciones, ahora están amenazadas de muerte. Al famoso picudo rojo le ha pasado como a los especuladores: no ha encontrado depredadores naturales. Es como se dice en la Biblia, siete años de vacas gordas y siete años de vacas flacas, y es la codicia humana la que viene a romper siempre los periodos de bonanza. Pero ahora la crisis no es periódica, es más poderosa, y es global, planetaria. Una de las grandes ironías de este momento histórico es que el capital puede volar por cualquier parte del mundo, pero los derechos, las libertades, las leyes... todavía te vinculan a una determinada tierra. Es decir: que la justicia no es planetaria pero el capital, sí. No sorprende que las cosas terminen de esta manera.

-En Las invasiones bárbaras, uno de los personajes tiene la teoría de que la inteligencia no es una característica individual. "Es un fenómeno colectivo, nacional, e intermitente", dice. No puede ser casualidad que en el mismo siglo, en el mismo sitio, por ejemplo, coincidieran Platón, Sócrates y Eurípides. O Da Vinci, Miguel Ángel y Rafael.

-No se puede entender nada si no es a nivel planetario. Yo no sé si uno, como individuo, puede ser inteligente. Pero sí sé que la humanidad tiene una inteligencia especial que puede desaparecer por el acantilado sin que nadie se dé cuenta. Hay momentos en la historia en los que, en cualquier parte del mundo, se han producido las mismas palabras. Buda e Isaías hablaban del amor fraterno al mismo tiempo y a miles de kilómetros de distancia. Una misma pulsión hace surgir el Renacimiento en Italia y en los Países Bajos... Existe una especie de fusión cultural que te fuerza a explorar, a experimentar y a decir. No sé si es que hay algún tipo de inteligencia colectiva, o de subconsciente colectivo, como diría Jung, pero desde luego hay momentos de pulsión única en la humanidad.

-¿No está tentado de acudir al Parlamento y hacer un buen bestiario?

-(Risas) Hice crónicas en la época de la Transición y, últimamente, hago perfiles varios para el periódico (la serie Mitologías para El País). Me gustan mucho los perfiles porque te permiten mezclar varias cosas en un mismo género: puedes hacer crónica de actualidad, retratos psicológicos, retratos sociales, análisis político... Pero todo tiene que pivotar alrededor de un personaje que sea capaz de captar toda una atmósfera colectiva.

-Hablando de mitologías. Siempre he pensado que, al enterrar a los dioses clásicos, enterramos la sensualidad. Hasta que resucitaron en pantalla, mudos y en blanco y negro, la sensualidad se consideró una venialidad propia de espíritus débiles...

-Tanto la judeocristiana como la islámica han sido culturas históricamente sexofóbicas, erotofóbicas. Mientras eran culturas en expansión, se entendía el sexo como un tabú. En épocas militaristas se ha visto el sexo como una caída, como pura debilidad. Sin embargo, en las llamadas "épocas de decadencia", poco heroicas, la sensualidad y el erotismo -entendidos como placer por la vida- campaban a sus anchas.

-Claro: el tipo más rápido del Oeste deja de serlo en cuanto conoce a la chica. Se pone nervioso y empieza a temblar...

-(Risas) Por supuesto, el héroe ha de ser puro, ha de estar por encima del placer, de la sensualidad, del goce. Ha de ser un conquistador, no un conquistado, conceptos que también tienen contenido bélico. Pero ahora mismo, vivimos una cultura del cuerpo, muy enfocada a lo exterior.

-Seremos unos estetas pero... ¿sabemos disfrutar?

-Unos sí y otros no. Ahora bien, cuando uno disfruta de verdad no se da cuenta de que está disfrutando. Ese verano que recuerdas como perfecto... ni siquiera tuviste que ser totalmente feliz. La felicidad es ir flotando por la vida a través de las pequeñas cosas. Todo a un nivel casi insignificante, no en grandes conquistas.

-"Una de las maneras más efectivas que el ser humano ha encontrado de parar la neurosis de la muerte es contar historias". El ser humano lo es porque crea. Y se recrea.

-En el acto de creación siempre, siempre, han de encontrarse dos personas. Es una conexión: el actor necesita público; el escritor que lo lean... La creación es justo ese punto de encuentro en el que se confunden dos interpretaciones o dos sueños, y en ese encuentro la propuesta primigenia puede seguir siendo la misma o transformarse... Toda obra de arte, toda creación, es la misma y distinta, e implica a dos.

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