Sahara, el Iraq de Zapatero

El Gobierno ha dado una imagen de debilidad hacia Marruecos que le ha perjudicado ante la opinión pública aunque todas las informaciones objetivas descartan que se haya producido un genocidio como dice el Polisario

22 de noviembre 2010 - 05:05

Lo reconocen los propios ministros: el problema del Sahara ha provocado que la euforia que sintieron los socialistas ante el nuevo Gobierno, con un equipo políticamente más sólido, se haya quedado en nada. Dirigentes regionales del PSOE han mostrado públicamente su solidaridad con el pueblo saharaui y no han dudado en mantener públicamente una posición contraria a la del Gobierno; los "actores de la ceja" se han echado a la calle para expresar su disconformidad con la política de Zapatero respecto al Sahara y el propio Alfonso Guerra, que ha criticado al Frente Polisario, añade que el problema del Gobierno no es su alejamiento de las tesis de apoyo a las saharauis, sino su falta de criterio respecto a la posición que deben mantener.

Trinidad Jiménez en su comparecencia parlamentaria se ha mostrado absolutamente dubitativa y sin consistencia, y Rubalcaba ha provocado las iras de los medios de comunicación al aceptar la propuesta de Marruecos de permitir la entrada a periodistas españoles "a la carta", solo aquellos que Marruecos considera aceptables.

El Sahara puede ser para Zapatero lo que fue Iraq para José María Aznar. Si no lo es ya.

Los ministros marroquíes de Interior y Asuntos Exteriores que se han reunido con Rubalcaba, Jiménez y el ex ministro Mora tinos han dado una versión de los hechos muy distinta a la ofrecida por los portavoces saharauis, y desde luego completamente diferente a la de los activistas que se encontraban en el campamento de Gdaim Izik.

Según Marruecos, el campamento estaba habitado fundamentalmente por familias de gran precariedad económica que exigían una serie de prestaciones sociales que el Gobierno marroquí pretendía negociar, hasta que intervino el Frente Polisario y puso eran el listón excesivamente alto. Siempre según las explicaciones a los ministros españoles, el problema de los saharauis es que los hijos de los desplazados ya no comparten su idea de lucha por la independencia, y gradualmente se han incorporado a la sociedad marroquí, en el proceso de marroquización del Sahara que inició Hassan II y continuó su hijo Mohamed VI. Eso provoca una fuerte radicalización del Polisario. El campamento, inicialmente pacífico, se vio invadido poco a poco de delincuentes y activistas, hasta que el gobierno decidió su desmantelamiento enviando fuerzas policiales que -siempre según Marruecos- no portaban armas. Al principio el desalojo se produjo sin incidentes, hasta que elementos extremistas se enfrentaron a la policía con armas blancas y caseras, produciéndose una batalla campal que acabó con dos saharauis y diez policías muertos.

Según Marruecos, no ha habido torturas, aunque sí detenciones, y por supuesto rechazan el supuesto genocidio. Se sienten víctimas de una campaña organizada por los dos activistas que se quedaron en El Aaiún, y explicaron a los ministros españoles que la prueba de que la vida de esta pareja no peligraba y eran conscientes de que no peligraba es que hablaban por sus teléfonos móviles con medios de comunicación españoles, a sabiendas de que la Policía marroquí podría localizarlos a través de satélites de forma inmediata.

Uno de los ministros llegó a decirle a su colega español: "Dame datos, dime nombres, fechas y hechos, que los investigaremos". Marruecos no ha permitido que los periodistas españoles trabajen sobre el terreno, pero sí dos periodistas franceses, de Le Monde y de Le Figaro, y ninguno de ellos ha encontrado más muertos que los oficialmente reconocidos, ni testimonios de torturas ni persecución de saharauis en las calles de El Aaiún. Aunque sí se han producido detenciones.

Tampoco el CNI ha encontrado indicios de torturas, asesinatos masivos -los activistas hablan de 300 muertos en una morgue- ni búsqueda de saharauis casa por casa. Y eso que los servicios españoles cuentan con material de alta tecnología que les permite escudriñar los lugares más recónditos. Por otra parte, tanto los españoles como los servicios marroquíes, norteamericanos y de los más importantes países europeos, están muy pendientes de lo que ocurre en el Sahara porque la cercanía del Sahel, donde se ha hecho fuerte Al Qaeda, obliga a estar muy pendiente de las actividades de grupos radicales que, si no logran sus objetivos, podrían acercarse a la organización terrorista islamista.

¿Es creíble la versión de Marruecos? Desde luego no coincide con la que difunden los portavoces del Frente Polisario ni tampoco los activistas prosaharauis. Pero también es cierto que ni el Polisario ni los activistas han aportado pruebas de que se esté produciendo un genocidio.

El Gobierno español ha escuchado al marroquí y ha decidido no condenar el desmantelamiento del campamento hasta que no se aclaren los hechos. En el lenguaje diplomático, una condena pública puede provocar una crisis de graves consecuencias entre el país que condena y el condenado, y es un paso que Zapatero no quiere dar. Pero dice el Gobierno que, en los encuentros con los ministros, los españoles han sido muy duros con sus colegas marroquíes. Dice el Gobierno. Pero ni hay pruebas de más muertos que los dos saharauis y los diez policías marroquíes, ni hay pruebas tampoco de la dureza de Rubalcaba, Jiménez y Moratinos con sus interlocutores marroquíes.

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